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Vida Imaginada de Alejandro Rossi

Publicado por @Shinji_Harper el sábado, 6 junio 2009
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De la Redacción

 

 

Oaxaca, México.-  Hoy en la ausencia de Alejandro Rossi, es el escritor mexicano Juan Villoro quien nos recrea un episodio de vida del filósofo de origen italiano que hizo de México su segunda patria, en una semblanza publicada en el número 75 de la revista digital El Malpensante.com del año 2006.

 

 

Vida Imaginada de Alejandro Rossi

 

Por Juan Villoro

 

alejandrorossi2thumb“¿Se puede vivir sin maestros?”. Varias veces le hice la pregunta a Roberto Bolaño, quien bautizó como “detectives salvajes” a los poetas cuya obra maestra era la existencia que llevaban. Bolaño se veía a sí mismo como un pionero; admiraba a algunos muertos pero no quería que nadie le diera un consejo. Hacia el final de su vida apreció a Nicanor Parra como un chamán irónico; sin embargo, para entonces ya se había formado a sí mismo y era el principal novelista latinoamericano de mi generación.

 

Por oponerse a su idea del arte en soledad, a Bolaño le sorprendía mi devoción por los maestros. Voy a hablar de uno imprescindible. Hace 36 años el azar puso en mis manos una raqueta de ping-pong y me llevó al departamento de Juan José Arreola en la calle de Río Nilo. Aunque mi padre había practicado el deporte en el internado de los jesuitas, el verdadero animador de esas tardes era su mejor amigo, Alejandro Rossi. Al fondo del departamento, en un cuarto hinchado por el humo, se jugaba ajedrez en el inquietante silencio que yo asociaba con los conspiradores de Dostoyevski. En la sala-comedor todo era estruendo: Arreola anunciaba sus estrategias como pregonero de feria mientras Alejandro frotaba la pelota contra el cocodrilo de su camiseta Lacoste y preguntaba por el marcador: “¿Cómo va la vaina?”.

 

 

Jugábamos con suficiente seriedad para participar en los torneos nacionales de tenis de mesa, pero lo mejor eran las pausas en las que Alejandro hablaba con divertidísima mala leche. “La especie humana, misterio perenne, produce el león y la rata”, escribió en su ensayo sobre Ortega y Gasset. En el departamento de Río Nilo el bestiario de las letras era descrito sin desperdicio. Recuerdo la caracterización de un escritor laborioso y desigual: “Es una hormiga satisfecha de sí misma, demasiado llena de miel”. Años después, cuando contemplé una foto de una hormiga mielera, pensé en el escritor que el experto aguijón del cazador fijó en mi mente.

 

 

Supe que merecía una confianza más allá de su amistad con mi padre cuando permitió que limpiara su coche en compañía de su hijo Lorenzo: “Quédense con el dinero que encuentren”, nos dijo. Había logrado desordenar el interior de su Opel a un nivel de fábula. En el caos de papeles y objetos olvidados aparecieron monedas y algún billete.

 

Aunque dio clases con académico rigor, Rossi pertenece al modo socrático en el que se enseña sin horario reconocido por el sindicato. No paraba de hablar a bordo de su coche y se irritaba cuando un vendedor interrumpía el relato de su infancia en Florencia, la relojería de Buenos Aires donde trabajaba un astro del River Plate, las fatigas del general Páez, su pariente que combatió junto a Bolívar. En una ocasión Lorenzo le reclamó: “Qué te cuesta aceptar que te den propaganda”. “Todos los volantes dicen lo mismo”, respondió Alejandro: “¡Compre un puerquito y lléveselo de excursión!”. Era la época en que un negocio llamado Porkylandia prosperaba vendiendo viandas para picnic. El relator no quería que la carne de puerco distrajera sus elaboradas tramas.

 

 

El título de Georges Perec, La vida instrucciones de uso, podría amparar el curso informal que seguí con Rossi. El gran salto vino cuando nos reunirnos sin ping-pong de por medio a tomar un café. Me trató con un interés que nadie me había concedido a los 14 años. Se sirvió dos cucharadas de azúcar y revolvió la taza hasta causar un remolino que acabó en la mesa. Su atención era tan intensa como su protocolo para acelerar el café. Me sorprendí confesando ilusiones que no había compartido con nadie. Como todo gran conversador, Alejandro sabe oír. Durante casi cuatro décadas me ha forzado a mejorar lo que digo por la concentración con que lo escucha.

 

 

En 1973, cuando empezó a publicar en Plural los textos que luego integrarían Manual del distraído, reveló su dominio del género híbrido, mezcla de ensayo, memoria y ficción. Aunque ha cultivado con fortuna géneros canónicos —el cuento, la disertación filosófica—, su gusto por la conversación lo predispone a las zonas donde el pensamiento convive con la metáfora. La lengua inglesa dispone de una expresión para lo que menos le gusta: small talk. Enemigo del diálogo de circunstancias, meramente útil, Rossi habla por placer, sin pontificar ni frotar el terciopelo de la pedantería. Su inteligencia es una lección de humor y escepticismo: pensar distrae.

 

 

Lo he oído hacer análisis perfectos de viajes en trasatlántico, la vida académica en Oxford, los grandes años del Partido Comunista italiano, la posibilidad de identificar a una modelo de Balthus por un pie, la incapacidad de los periodistas españoles de entender el futbol italiano, la belleza de Naomi Watts. Hace 36 años me contó la historia de una iniciación amorosa, tema eterno e inagotable. No olvidé sus pormenores, más por méritos de la narración que por tener buena memoria. Esa historia acaba de ser publicada por el Fondo de Cultura Económica. El título es revelador: Edén; el subtítulo, un programa de conocimiento: Vida imaginada. De nuevo, Rossi se mueve en una zona mixta, entre la ficción y la autobiografía. Una pregunta esencial recorre la obra: ¿Podemos indagar lo que hemos sido sin fabularlo? ¿La veracidad del recuerdo se funda en lo que sucedió o en la manera en que lo recordamos?

 

 

La conversación depende de la voz y el oído que la escucha. La “vida imaginada” es una variante de ese género mestizo; como la red del ping-pong, une y separa dos realidades: la versión propia y la ajena; lo que fue, lo que pudo ser.

 

 

Rossi ha vuelto a su primera patria, el paraíso donde las palabras transforman a su testigo. El joven protagonista, Alex, quiere oírlo todo, escucha como escuchamos a Rossi. Una parábola del edén: el maestro aprende en su libro lo que nos enseñó a nosotros.

 

Fuente:

 

http://www.elmalpensante.com/index.php?doc=display_contenido&id=350

 

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