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Disparen sobre el crítico. Entrevista a Rafael Lemus

Publicado por @Shinji_Harper el sábado, 27 marzo 2010
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Saúl Hernández

 

Oaxaca. México. Existen dos tipos de crítico: el reseñista humilde y el crítico orgulloso de serlo. Así lo dijo, palabras más, palabras menos, Rafael Lemus hace no mucho tiempo, y si me permiten ubicarlo, él pertenece al segundo tipo: al crítico que juega el papel de francotirador desde los márgenes, al personaje que gracias a su incomodidad está permanentemente discutiendo.

 

Confieso, debo confesar, la dificultad a la que me enfrento cada vez que escribo la introducción de alguna de mis entrevistas. Los dejo, entonces, con una cita del “entrevistado”, del ensayista y crítico literario, y más abajo, de golpe, nuestra charla.

 

 

El crítico de arte, Rafael Lemus, aborda de fondo la crítica.

El crítico de arte, Rafael Lemus, aborda de fondo la crítica.

“Yo puedo declarar mi impaciencia: me desespera que muchos, sin duda la mayoría, de los autores de mi generación se propongan escribir libros que funcionen cuando es posible escribir obras que rasguen o exasperen o asombren o desorienten o fracasen brillantemente.”

 

SH: “¿El crítico? Blanco fácil.” El anterior, uno de los comentarios que dejaron en “Disparen sobre el crítico”, en la versión digital de Letras Libres. Aquel comentario es, digamos, síntoma de algo. “La crítica anteriormente era parte del juego.” Es cierto, te referías a la crítica literaria, pero tal afirmación apunta, puede apuntar, a otras disciplinas. Los críticos de artes visuales cada vez son menos: los que escriben, muchos de ellos, se limitan al “maquinazo reseñero”, los adjetivos versus los argumentos; algunos suplementos o columnas bajaron, planean bajar, las cortinas; y los creadores, los jóvenes creadores, parecen seguir de frente. “Si hay una conversación viva –dices en el podcast de Letras Libres– la creación será un poco más intensa.” No lo dudo. En Oaxaca muchos hablamos de la crítica, nos preocupamos por ella y, sin embargo, no sabemos lo que significa. ¿Cuál es la función del crítico de arte: construir puentes entre los públicos y la obra o, como escribe Adolfo Vásquez Rocca, “nutrir un imaginario polifónico de significados”? ¿Debe ser, la crítica, otra vez parte del juego?

 

RL: Me temo que de seguir así, lamentando una y otra vez la suerte del crítico, terminaremos por caer en el más meloso melodrama. Es verdad: los espacios se cierran, la jodida publicidad desplaza al comentario crítico y los críticos sobreviven malamente. Pero hay que decir todo esto una vez, sin victimismo, y pasar de inmediato a la ofensiva. Porque esa, creo yo, es la función de la mejor crítica: tirar hacia adelante. La buena crítica toma una obra donde fue dejada por el autor y la arrastra más allá. Al leerla, digamos que la recrea y radicaliza. Tantos ejemplos: Baudelaire leyendo tan modernamente a Poe, Barthes afilando las novelas de Robbe-Grillet, Deleuze empujando las pinturas de Bacon más allá de la figuración. En todos estos casos, y en muchísimos más, la crítica agrega una nueva dimensión a las obras, crea algo que en principio no estaba ahí. Ahora: ¿que qué pasaría si, de pronto, se colapsaran todos los críticos –un puto coágulo, un imparable virus– y sencillamente se dejara de ejercer su oficio? Pues que las obras no tendrían ya oportunidad de vivir esa segunda vida que supone la crítica. Además: se perdería una actividad muy placentera, porque de veras divierte alterar y recortar y pervertir y desviar y copiar y extremar las obras de los otros.

 

SH: Es cierto. Dejaré las lágrimas y las pataletas.

 

Hace unos días, Heriberto Yépez escribió, en Laberinto, sobre la posible, quizá pronta, quizá supuesta, desaparición de las revistas culturales. “Internet podría ser la próxima sede de las culturas alternativas mexicanas. ¿El precio a pagar? La desprofesionalización y balcanización de las propuestas.” Estoy de acuerdo. Sin embargo, Internet, me parece, no sólo brindaría hospedaje, sino que empujaría la crítica hacia otro tipo de escritura: breve, contundente, y por otro lado, se diversificarían los lectores. ¿Crees que, de seguir así, la red podría ser algo más que un espacio hospitalario y cómodo? ¿Podría “alterar y recortar y pervertir y desviar y copiar y extremar” la crítica, la escritura, las políticas editoriales, las prácticas periodísticas, la producción simbólica?

 

RL: Bah. Lo de las quejas y pataletas lo decía por mí, que tanto me he lamentado. Pero para no hacerlo esta vez: sí, de veras me entusiasma internet, las oportunidades que internet ofrece a la escritura, la crítica y demás. Ya ni siquiera creo necesario especular sobre si la red será sede o no de la cultura. Desde luego que lo será, y de hecho ya lo está siendo. Ya se ve: conviven bibliotecas públicas y virtuales, libros impresos y digitales, diarios en papel y en línea… ¿Para qué actuar como si todavía pudiéramos detener la digitalización de la cultura, y detallar tranquilamente nuestras reservas? Mientras lo hacemos, otros valientes se adelantan y aprovechan los nuevos soportes. Eso envidio estos días: no los respetables libros de nuestros patricios sino, para no ir demasiado lejos, la constancia con que Guillermo Sheridan actualiza su blog, las notas de lectura que Jorge Carrión sube a su sitio o los chispeantes videos que Julián Herbert cuelga en YouTube. ¿Riesgos? Claro, los que señala Yépez y otro par –el pensamiento-twitter, la sobrevaloración del eslógan, por ejemplo. Pero son demasiadas las ventajas objetivas de internet como para andarse con remilgos: la cantidad de información, la diseminación viral de los textos, la oportunidad de publicar sin la anuencia de editoriales y agentes y publicistas, la discusión inmediata con los lectores, la posibilidad –como dice Vicente Luis Mora en la cornisa de su blog– de hacer la crítica del mundo en tiempo real… Todo esto no sólo alterará –y ya está alterando– la escritura y las prácticas periodísticas y las políticas editoriales y el régimen de propiedad intelectual. También transformará, creo yo, los medios de legitimación: los nuevos prestigios culturales, las nuevas autoridades intelectuales, ya no se sostendrán exclusivamente en el papel. Ahora, si me dejas, una advertencia: no visites mi blog –mi aburrido, abandonado, redundante blog. Soy un bloguero frustrado, pero ya verás que me enmendaré.

 

El editor: Hola, visiten rafaellemus.net. Saludos.

 

SH: En la reciente entrega de la Revista Número Cero, Ignacio Echevarría entrevista a Paz Balmaceda a propósito del mercado editorial, de Roberto Bolaño, de literatura latinoamericana. Casi al final de la entrevista, Echevarría  pregunta si cree que la literatura latinoamericana pueda afincarse en su“diferencia” para resistir “los términos culturales que le impone España. Balmaceda responde que debería hacerlo. Creo que el arte mexicano –o parte de él– está afincado, y aferrado, quizá, en la diferencia: generacional y territorial. ¿Crees que los artistas deben afincarse en la diferencia para resistir los términos culturales que le son impuestos? ¿Radicar en la diferencia significa aceptar la colonización de ciertas categorías indentitarias?¿Tiene caso, ahorita, discutir esta pregunta?

 

RL: Tiene caso seguir formulando estas preguntas pero, desde luego, yo no tengo las respuestas. De hecho, no creo que haya una respuesta definitiva a la pregunta “¿el artista latinoamericano debe afincarse en sus diferencias regionales o debe desdeñarlas y montarse en las tendencias globales?” No podría haberla porque todo en esa pregunta está en movimiento: lo “latinoamericano”, las “identidades territoriales”, los “términos culturales” que impone España o la globalización o lo que sea. Las fronteras entre lo local y lo global, o entre el sur y el norte, o entre las metrópolis y las colonias, son difusas y movedizas, y así debería ser, creo yo, la acción de los artistas: móvil y flexible. Cruzar de un lado a otro las fronteras. Abrir boquetes en los muros. Apropiarse de un discurso, y luego del otro, sólo para pervertir ambos. Contagiar lo global con lo local, y viceversa. Pienso que la estrategia de Baudelaire sigue estando vigente: en vez de replegarnos, hay que ser más rápidos, más modernos, que la modernización misma. También me convence eso que escribió Nicolas Bourriaud en su último libro: en lugar de hundirnos en un solo sitio, hay que imitar a los organismos radicantes, como la hiedra, y multiplicar nuestras raíces y hundirlas donde quiera que vayamos. Lo intolerable es la docilidad y la fijeza: adoptar tibiamente el discurso universalista (“todos somos iguales”), cuando es obvio que sobreviven brutales diferencias entre regiones y países y clases sociales; o reproducir sumisamente el discurso nacionalista (“como México no hay dos”), cuando ya ha quedado claro que es mitad folclore y mitad invento e imposición de los estados nacionales.

 

SH: En “¿Quién le teme al arte contemporáneo?” hablas del horror que algunos intelectuales mexicanos manifiestan ante el arte que no se contenta con hacerle cosquillitas a los ojos. También, hay que decirlo, escribes sobre el temor de algunos escritores ante lo informe, lo abierto, lo no definido. Pienso, ahora, en el temor de algunos, muchos, creadores por el abandono de las exclusividades disciplinarias. El arte radicante –aprovechando que mencionas a Nicolas Bourriaud– implica el fin de tales exclusividades. Sé que hay, y siempre ha habido, y bien lo recuerdas en el texto que menciono, escritores y artistas y otros creadores que conviven tersamente, que no le temen al tránsito por otras disciplinas. Pareciera, sin embargo, que son pocos, unos cuantos,  y que el resto sigue siendo reticente a los cruces, al “pensamiento nómada”. Me interesa, y ya para preguntar y no caer en pataletas, las diagonales entre las distintas disciplinas.

 

RL: Acabo de leer el nuevo libro de Coetzee, Summertime, y créeme: es la gran cosa. Para rescatar un periodo de su vida –cuando tiene alrededor de treinta años, vive con su padre en Sudáfrica y escribe su primera obra–, Coetzee no se tira en el sofá y reflexiona honda, concentradamente sobre su pasado. Hace algo mejor: imagina una serie de entrevistas a personas que lo conocieron entonces, a veces sólo superficialmente. Es decir: para descubrirse a sí mismo prefiere las miradas sesgadas, diagonales, de los otros que la suya propia, demasiado fija y al centro como para revelarle algo nuevo. Ese mismo sesgo, creo yo, es necesario hoy para descubrir casi cualquier cosa. Nada más no veo cómo podemos estar donde supuestamente debemos estar –en el centro, mirando de frente, cómodos entre los límites heredados– y pensar o crear desde ahí algo valioso. ¿Leer otra vez la literatura mexicana desde el mismo sitio: Contemporáneos aquí, estridentistas allá, Reyes y Paz y Gorostiza al centro? ¿Acercarnos a la realidad confinados en el gastado género de la novela? Ya va siendo hora de mudarnos a los bordes entre disciplinas y géneros y escuelas. Allí, en esos pliegues, y no a la mitad de las convenciones, está pasando lo que más me interesa. De hecho, cada vez me importa menos lo que ocurre al interior de un libro y más ese punto en que el libro y el mundo entran en contacto.

 

SH: Otra pregunta, quizá familiar, quizá no, a las exclusividades literarias. Hace tiempo leí un artículo sobre No one belongs here more than you, de Miranda July. La también artista y cineasta editó el libro en Estados Unidos con ciertas características visuales que se perdieron al ser editado y traducido en otros países. Antonio Jiménez Morato –autor del mentado artículo– cita a Juan Ramón Jiménez: un mismo libro, editado de manera distinta, dice otras cosas. Morato subraya que el discurso gráfico, en ocasiones, es parte de los libros. El “acabado de un libro es más importante de lo que se suele pensar.” Ahora, honestamente, no sé cómo elaborar la pregunta. Pero, suponiendo que ya la tengo hecha: ésta trata sobre el discurso gráfico/visual que propone el autor frente a las maquetas de las grandes editoriales, el libro como un todo, como una exposición en donde importa tanto el contenedor como el contenido.

 

RL: Supongo que, por una vez, podemos permitirnos la debilidad de ser optimistas e imaginar que, en el mediano plazo, los escritores atenderán cada vez más el aspecto que mencionas: el discurso gráfico de ese objeto llamado libro. Hasta ahora, pienso, lo más común ha sido escribir desestimando ese asunto, como si escribir y escribir un libro fueran una y la misma cosa, como si el libro no impusiera sus condiciones –la inmovilidad del texto una vez que ha sido impreso, la sucesión lineal de las páginas, la lectura de arriba abajo, la imposibilidad de ir más allá de las dos tapas. Pero eso, ya digo, podría estar por cambiar. Ahora que se han consolidado los medios digitales, ahora que los libros empiezan a ser un soporte entre otros, será obvio para casi cualquiera que el libro es un medio más, no el único, y que tiene rasgos particulares –ventajas y limitantes–, y que hay que explotarlo razonadamente en vez de habitarlo como por accidente. Hablando de eso: ¿has seguido la polémica en el mundo anglosajón alrededor de The Original of Laura, la obra póstuma de Nabokov recién publicada, no un libro sino un montoncito de tarjetas desprendibles y manipulables? No conozco aún la obra, pero sé que preferiría alterar una y otra vez el orden de esas tarjetitas antes que pasar por la tortura de leer otra vez, de la primera a la última página, Ada o el ardor.

 

SH: No, desconocía la existencia de The Original of Laura. Pero coincido contigo. La decisión de saltar o editar el orden sería una posibilidad de lectura bastante acertada, pues, entre otras cosas, serviría como dispositivo para accionar el juego y subrayar la libertad del individuo. Pienso en la revista Fanzine 137 (España) que, en sus inicios, estaba conformada por hojas sueltas, contenidas en un sobre.

 

Me gustaría hacer una última pregunta. Hace tiempo, creo que en el poadcast de Letras Libres, apuntaste que uno de los deberes del crítico es señalar las conversaciones o las discusiones que se dan en voz baja. ¿Cuáles son las discusiones que actualmente así suceden? ¿Cuáles son las discusiones que deberían estar sucediendo? ¿O cuáles son las discusiones que los escritores, artistas, e intelectuales han estado callando?

 

 

RL: Pesado que soy, terminaré seriamente: creo que deberíamos empezar a pensar y discutir nuestro fracaso. Porque es ya obvio que los artistas y escritores e intelectuales mexicanos hemos fracasado. Este país, es claro, se está yendo a la mierda, y algo de responsabilidad en ello tiene nuestra inteligencia. Hay que enumerar los descalabros históricos de la intelectualidad mexicana: no pudo colocar en la imaginación colectiva personajes e imágenes literarias, no pudo elevar el tono de la discusión pública, no pudo competir con el denigrante contenido de la televisión mexicana, no pudo crear siquiera un público para sí misma. Después de eso hay que pensar y discutir un plan de emergencia. ¿Qué haremos cuando todo esto termine de desplomarse? ¿De veras seguiremos rizando versitos? ¿Relamiendo nuestras obritas en un rincón, alumbraditos por la tibia luz de Conaculta? Porque así vivimos: expulsados de la plaza pública. También eso debería estarse discutiendo: cómo volver a ella… Pero, bah, ya no sé qué digo: es jueves y es tarde y etcétera.

 

– Puede consultar esta entrevista en http://www.hechoenoaxaca.org

Comentarios

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1 Comentario »

  • Tomás dijo:

    jeje, el de la foto no es rafael lemus, es iván thays, un escritor peruano, si no me equivoco.

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