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Revela Israel Nazario la sensual levedad del escenario natural

Publicado por @Shinji_Harper el jueves, 15 abril 2010
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Fortino TORRENTERA O.

 

Oaxaca. México. Cadenas montañosas que asemejan sensuales muslos que convergen en la sobra de un árbol solitario de los Valles Centrales, reflejan la carga erótica en lienzos que Israel Nazario exhibe en la Casa de la Cultura Oaxaqueña.

 

Este jueves a las 19:00 horas presentará el catálogo referente a esta muestra de una veintena de cuadros en gran formato, donde el concepto de paisaje se pierde ante el manejo de un espacio que proyecta un discurso más hondo.

 

 

Israel Nazario, comparte sus atmósferas internas con la naturaleza.

Israel Nazario, comparte sus atmósferas internas con la naturaleza.

Comenta el autor que la mayoría de estos cuadros se realizaron tomando escenarios de los Valles Centrales, llanos, laderas, campos y cerros de Ejutla, Ocotlán, Etla o Tlacolula, integran esta serie.

 

Desde el 2001, recuerda, empezó a trabajar sobre esta temática de la naturaleza, partiendo de la inquietud de experimentar el trazo y desarrollar la técnica.

 

“Esta experiencia me dio la oportunidad de entender que no puedo hacer una pieza compuesta por demasiado elementos, una obra alegórica me cuesta mucho, por lo que encontré una forma de expresión en un plano con un solo elemento y el ambiente”, apunta el autor.

 

Es por ello que su personaje central que a la vez se convierte en elemento del plano, es el árbol, el cual dice encontró en él las posibilidades de color y lumínicas para incorporarlo.

 

Ha encontrado en esos escenarios naturales que existe un discurso del color y la forma que expresan sensualidad, como el es caso de la gama de rosas que tiene las espigas, los pastos verdes y amarillos, los azules del cielo y las montañas.

 

 

La obra de Israel Nazario, muestra del talento artístico y el amor a su tierra.

La obra de Israel Nazario, muestra del talento artístico y el amor a su tierra.

 

En ese sentido reconoce que hay una intención de dar una carga erótica que espera que el espectador pueda notar y disfrutar de esta composición visual.

 

“Yo he considerado que no es paisaje mi trabajo, pues no está concebido como tal, pues algunos no tienen cielo o elementos como nubes coloridas que lo hacen bonito; no es mi intensión que sea bonito y las profundidades que logro es una cuestión meramente técnica”, detalla el creador.

 

Defiendo que para crear una obra en la pintura, no importa la temática, ni el concepto plástico, lo que importa es que pueda crearse un ambiente verdadero que realmente transporte al espectador, hasta entonces es obra”,

 

Al preguntarle sobre el diálogo que tiene con la obra, respondió que es difícil definirlo, pero en este caso, ha sido el elemento de El Arbol el que es el punto de partida para rodearlo de ese ambiente al que hacía referencia.

 

La muestra que se presenta en la Casa de la Cultura está acompañada de un interesante texto de Jorge Degetau, del que se reproduce un fragmento:

 

“Si definir implica trazar un área conceptual concreta, describir equivale a versar sobre lo que dicha área contiene, a deambular sus detalles y recovecos. Mientras que aquel que define cercena un trozo de realidad y lo sostiene entre los dedos, el que describe señala el área y sus partes, amplía los márgenes del objeto elegido y da noticia de los puentes que lo conectan con el mundo. Por paradójico que parezca, describir resulta mucho más preciso en su imprecisión: aún cuando nunca será tan concreto y unívoco como definir, siempre será más orgánico, más próximo a la complejidad real de lo descrito.

 

Para clavar los burdos dedos del entendimiento en la masa esquiva de la creación, debemos regocijarnos en la descripción de los elementos de la obra. Así debemos hacer con el trabajo de Israel Nazario: el mejor modo de comprender sus paisajes es caminándolos, visitando sus puntos clave. Andemos, pues: comencemos.

 

Levedad

Israel Nazario sabe, como Ítalo Calvino, que una parte fundamental de su obra consiste en “quitar peso” a la estructura, en simplificar o editar su trabajo, pues intuye que igualmente puede explorar las inacabables posibilidades de expresión con sólo un par de elementos que sumergido en la más absoluta comple)idad.

 

Por eso -y porque se considera incapaz de más- se limita a tomar un punto, un árbol, y perderlo, con toda la gracia y contundencia que le sea posible, sobre el espacio limitado del lienzo blanco. En este sentido es un especialista: lleva años realizando este ejercicio de apariencia sencilla, explorando las facultades ocultas de la misma frugal combinación de elementos, “construyendo” lienzos con solo un par de componentes para estudiar, con ello, las posibilidades de extrapolar el erotismo a una imagen no erótica como lo es un árbol.

 

Árbol

No importa que el árbol sea a la vez falo y matriz, un símbolo doble con cargas sexuales complementarias, opuestas: en las pinturas de Israel Nazario es deliberadamente femenino, quizás [sin que el autor deba saberlo) por que en variadas culturas se asemeja a los árboles frutales con mujeres fecundas y en tribus de todas direcciones se supone a éstos como nuestros antepasados míticos.

 Los yakutas, por ejemplo, hablan de un árbol majestuoso ubicado en el ombligo del mundo. Se trata de uno cuya cima atraviesa el cielo, por cuyas ramas corre un líquido divino, que se encuentra en la Tierra desde tiempos remotísimos, previos a nuestra especie. Cuando el primer hombre por fin existió, se acercó al árbol severo

para descubrir que en su tronco tenía una cavidad donde se admiraba, hasta la cintura, la figura de una mujer desnuda: desde entonces estamos emparentados.

 

Descendemos de los árboles, sea porque mitologías divertísimas así lo suponen o porque de ellos bajamos cuando adquirimos verticalidad, cuando nos volvimos humanos.

 

Decir sin querer decir

Quizá Israel Nazario no busque tocar -por lo menos no conscientemente- esta gama inmensa de significación, pero lo hace incluso a pesar suyo. Seguramente esto ocurre pues existe cierta univocidad de los símbolos, cierto consenso entre lo que cada objeto de la realidad puede o no representar por el solo hecho de ser lo que es.

 

Árbol es mujer, cosa cierta alrededor del globo, pero Nazario no deriva de ello una madre cariñosa sino una amante vehemente. Nuestro autor pertenece al clan de los yakutas: él ha sido seducido como éstos, también ha visto una mujer desnuda en la comisura de algún tronco o en el parecido innegable que algunos de estos tienen con el pubis de la hembra humana. Y no sólo allí: así en las colinas, en los valles, en las fosas. En otras palabras: en las formas. También la naturaleza habla incluso a su pesar.

 

Decir sin nombrar

Desde luego que la labor de Israel Nazario no consiste simplemente en emular paisajes broncos que claman por una civilización elegante y estética. Allí están,  para probarlo, sus vistas aéreas, que más que paisajes parecen abstractos, y los abstractos pretenden más que representar fidedignamente la realidad: ambicionan que la esencia de las formas hable por sí sola, desprovista de un tema que sólo funja como pretexto o pre-lienzo para solucionar los retos de la técnica, de la expresión. Un abstracto intenta espulgar las formas primigenias de la imagen para hacer una metáfora de cierto tema utilizando sólo los componentes mínimos, adecuados.

 

Así Nazario: en su aparente rendición -pintar paisajes- se oculta un gesto revolucionario: cargar los atributos de algo en otra cosa, mudar el significado de significante, trasladar un valor a cierto objeto, aprovechar las similitudes, develar los universales. ¿Qué sentido tendría, si el arte es representación de la realidad, ver “negro” y decir “negro”? ¿Qué valor poseería la obra literal, aquella que no aporta ningún atributo a la realidad misma? Israel Nazario tiene fe en que, cuando menos en pintura, para llegar al blanco la Hecha no debe ir cierta hasta él, sino que debe pasearse por el bosque antes de arremeter contra el objetivo.

 

Erotismo

Para expresar algo sin decirlo explícitamente, Nazario crea una comparación tácita entre el significado recto de algo y su voz figurada. Si él escribiera en lugar de pintar, diría de los muslos femeninos: se presentaban como los frentes robustos de una cañada estrepitosa y violenta. Luego se extendería sobre la cañada: de su medio no resultará nunca un río seco que alimentará a la Mar, sino sólo una comisura sutil, un pliegue vano, coronado en su extremo último por una poza rebosante de agua de sabor, como endulzada por miel de abejas.

 

Y, ya que la admiración por las mujeres no termina nunca, continuaría describiendo las inmediaciones: Más al norte esa extensión, esa llanura que es el desierto de su piel de arena, mitigada sólo por la cueva de su ombligo, refugio del esteta; y mas allá de la estepa, las dos montañas altas, nevadas por las puntas y las colmas varias, a la vez inicio de sus brazos o de su cuello, de la pared de su cuello que emana como un tronco vasto y delicado y se corona de hojas que ondulan y obedecen a los capuchos del viento. Acaricio su melena como se atraviesa un bosque: a tientas visito la noche de sus ojos: para perderme en ella. Exploro el eco de su boca: con la lengua. Regreso a la cañada de sus piernas,

 

Nazario intenta que la esencia del erotismo permeé los lienzos y tina siquiera sutilmente, sus paisajes. Y sólo sutilmente: nuestro autor sabe que el erotismo que grita es pornografía; que el erotismo, para serlo, debe ser apenas un susurro, un vaho como el que emana de un río que se cuela entre surcos de montanas, insinuación de la carne.

 

Israel Nazario utiliza pliegues (en las cañadas de sus vistas aéreas o en los arboles que fungen como frontera sobre un fondo dominante) para sugerirnos su verdadero tema, pliegues de dimensiones tan variadas como de uniones discretas: Son las lomas queso unen a los desiertos, los montes que se apachurran entre ellos las sierras que definen su cuerpo. O el pliegue/armado por esa línea primitiva, la del cenote, lugar tropical dueño del fuego simbólico que lo abrasa todo que consume a los hombres y a las mujeres: a los amantes.

 

La obra Israel Nazario es una metáfora similar a la de estas líneas: Clama su Árbol de la vida, su zarza ardiente, por el dios ancestro de la mazorca. Sus dedos como raíces abrazan la tierra originaría, su boca como la mía se enlaza en una lucha sin aliento. Las pieles luchan, chocan como dos continentes diferentes pero amigos crean surcos que serán los de las sábanas o los del paisaje o los de ella o los de su confluencia conmigo: pliegues cuya dimensión no existe porque son tan nimios o tan inmensos tan contemporáneos o antiguos, tan particulares o del universo: son los dobleces de estos cuerpos que podrían ser un paisaje, uno de tantos, otro cualquiera

 

Paradoja

Israel Nazario es una paradoja: primero, como él afirma, no pinta lienzos: los construye. Segundo: para desarrollar el tema del erotismo no elige una modelo o dos, ni unos amantes, sino un árbol, una cuesta o una cadena montañosa: elementos paisajísticos.

 

Tercero: así, Nazario se evidencia como un inconforme que  se conforma con unas formas, las del paisaje, que representan lo más clásico y antiguo del mundo, y de ellas hace nacer la guerra o un abstracto, pero no un paisaje. Cuarto: como es un disidente de la convención, se aleja voluntariamente de la norma que dice para ser artista oaxaqueño tienes que explotar el color’ y él con su paleta, desmiente que eso sea cierto: por eso aborrece el color como fin último la pirotecnia del colorido injustificado y la cerrazón que lo sostiene. Él prefiere en cambio, hacer un cuadro gris que contenga una carga tonal deslumbrante: otra paradoja. Y una mas: hay una contradicción en sus trazos burdos, simuladamente impresionistas, que sorprenden por su precisión visual, por su fidelidad casi fotografica.

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