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La función del escritor es diseminar la palabra: Alejandro Rossi

Publicado por @Shinji_Harper el sábado, 1 mayo 2010
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Artemisa MENDIZABAL/CCONACULTA

 

Oaxaca. México. “El destino de un escritor es caminar más o menos solo y su trabajo es en su cuarto (o en un café, si le gusta mirarse en el espejo), no en los pasillos o en las cenas bravas donde se trama la política, menos aún en las plazas multitudinarias”, advirtió el escritor Alejandro Rossi, sobre los riesgos que corren los autores al estar demasiado cerca de la política.

 

Así fue Alejandro Rossi (Florencia, Italia, 22 de septiembre 1932-ciudad de México, 5 de junio de 2009) directo y sin ambages, como un prosa pulcra, destilada en el filtro de la reflexión.

 

 

El Colegio Nacional rendirá homenaje al autor de Manual del distraído este lunes 3 de mayo.

El Colegio Nacional rendirá homenaje al autor de Manual del distraído este lunes 3 de mayo.

Las palabras arriba citadas pertenecen al discurso que dio al recibir el Premio Nacional de Lingüística y Literatura, el 10 de diciembre de 1999, en Palacio Nacional. En esa ocasión, se refirió a la relación del escritor con el poder, ese “Ogro filantrópico”, como lo llamó Paz: “El escritor, sin embargo, debe estar alerta… Que piense la política, que la observe, pero que no se acerque demasiado a ese juego necesario y fascinante, porque la literatura debe estar en movimiento; de eso se trata: diseminar la palabra. Eso es la literatura, semillas para un himno”.

 

En su discurso de ingreso al Colegio Nacional en febrero de 1996, Rossi declaró no sentirse “a la altura” de tan grande honor, pues explicó “no soy un especialista en nada. No soy un científico, ni tampoco el deslumbrante erudito en algún autor o periodo y no puedo declararme poeta o novelista”. En su descargo aseguró haber redactado unos cuantos ensayos, pues explicó “he estado en la filosofía y en la literatura. Pero ¿qué significa esta afirmación? ¿Que por la mañana soy filósofo y por la tarde escritor? ¿O que he tratado de hacer una filosofía literaria o —al revés— una literatura filosófica?”

 

Su texto de ingreso se titula Cartas credenciales y en él relata su formación académica e intelectual, viviendo y aprendiendo en Italia, Argentina, Venezuela, Estados Unidos y México, para después concluir: “Le agradezco a la filosofía ese hedonismo de la inteligencia y la oportunidad de asomarme a auténticas hazañas imaginativas… ¿Y la literatura? Ha sido, más que la filosofía, mi santo y seña para mezclarme con la realidad. La literatura me ha dado la gramática básica para estar en el mundo.”

 

Apunte biográfico

Alejandro Rossi Guerrero nació en Florencia, Italia, de padre italiano y madre venezolana. Pasó su infancia y adolescencia en Caracas y Buenos Aires, antes de mudarse a la ciudad de México para estudiar filosofía en 1951. Ingresó a la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México, donde posteriormente fue profesor e investigador en el Instituto de Investigaciones Filosóficas; recibió el Doctorado Honoris Causa y también la categoría de Investigador Emérito de la máxima casa de estudios del país.

 

Alumno de José Gaos, “verdadero héroe de la filosofía”, en Mascarones, también realizó estudios de especialización en Friburgo de Brisgovia, en los seminarios de Heidegger, y posteriormente en la Universidad de Oxford (Reino Unido). Además fue cofundador y codirector de Crítica, Revista Hispanoamericana de Filosofía, publicación con la que abrió el debate a nuevas corrientes de pensamiento y contribuyó a actualizar el estudio de la filosofía en México.

 

En la ciudad de México, Rossi encontró su morada definitiva: se casó dos veces y tuvo cuatro hijos. Después de muchos años de radicar en el país, adquirió la nacionalidad mexicana (octubre de 1994). Con casi 40 años, comenzó a publicar ensayos en Diálogos, que dirigía Ramón Xirau. Después, por invitación de Octavio Paz, publicó en Plural una columna miscelánea: Manual del distraído. Fue además miembro del Consejo de Redacción de Plural, miembro fundador y director interino de Vuelta; además de colaborador de Letras Libres.

 

Publicó el estudio filosófico Lenguaje y significado (Siglo XXI, México 1968), las colecciones de ensayos Manual del distraído (Joaquín Mortiz, 1978) y Cartas credenciales (Joaquín Mortiz-Planeta, 1999), los tomos de cuentos Sueños de Occam (UNAM, 1982), El cielo de Sotero (Anagrama, 1987), La fábula de las regiones (Anagrama, 1997) y Un café con Gorrondona (Joaquín Mortiz-Planeta, 1999) y la novela Edén. Vida imaginada (FCE, 2006), por la que obtuvo el premio Xavier Villaurrutia.

 

“Habría que olvidar, por un segundo, los datos y recordar la prosa de Rossi —consigna su obituario publicado por la revista Letras Libres—, una de las más finas de nuestro idioma. Habría que anotar que allí, en su escritura, confluyeron elementos en apariencia contrastantes: el rigor del filósofo, el oído del poeta, la paciencia del artesano, la templanza del profesor, el humor del satirista, la gracia del conversador, el talento de uno de nuestros escritores capitales. Habría que señalar, además, que el brillo de su escritura no fue sólo retórico sino ético, pues pocos escritores han asumido con tanta responsabilidad la tarea de pensar, emplear, enriquecer nuestra lengua”.

 

La tremenda tarea de pensar

 “Cada relato era una lenta, cuidadosa, irónica, inteligente decantación de experiencias, objetos, personas, lugares, atmósferas, lecturas, ideas. La urdimbre callada e invisible de la vida diaria, al fin revelada”, escribió Enrique Krauze sobre la publicación de los primeros textos de Manual del distraído. 

 

La literatura de Rossi en general —añade Krauze— “son conversaciones corteses y elegantes, pausadas y rítmicas, una marea argumental que va y viene buscando con denuedo la claridad, la precisión y, sobre todo, la distinción. Tanto o más que el objeto de una reflexión, lo que uno lee, lo que uno toca, casi, en ellos, es –como diría el propio Rossi– ‘la tremenda tarea de pensar’.”

 

Dichas reflexiones las hizo el historiador en Letras Libres, en noviembre de 2007, a propósito de que la novela Edén. Vida imaginada recibió el Premio Xavier Villaurrutia.

 

Recordó que “de su cuidado artesanal con el lenguaje soy testigo (o víctima): siendo secretario de redacción de Vuelta (revista de la que fue cofundador y director asociado en los primeros números) Rossi me habló para detener el envío a la imprenta porque necesitaba corregir una coma. No en balde tituló La página perfecta otro memorable ensayo sobre Borges. Muchas de las suyas lo son también”.

 

“Un lector ingenuo —abunda— pensaría que el estilo es un ornamento en Rossi. Su estilo, en realidad, es indistinguible de su actitud ante el mundo, una disposición que cabe en una sola palabra, la misma con la que bautizó a aquella revista: Crítica”.

 

Por su manera de escribir y su manera de pensar lo escrito, Rossi —señala  Krauze—“ha construido, si no me equivoco, una verdadera preceptiva intelectual y literaria. Hay una lección moral en su crítica feroz y su melancólica ironía”.

 

Maestro y crítico

El escritor Juan Villoro aclaró en entrevista con Conaculta que Alejandro Rossi “no fue mi maestro formalmente; lo conocí siendo niño pues fue muy amigo y colega de mi papá (el filósofo Luis Villoro)”. Sin embargo, acotó que “aunque no fue mi maestro en el aula, sí lo fue de manera indirecta: leyó los manuscritos de casi todos mis libros, hasta la novela El testigo, porque para mí su opinión era muy valiosa”.

 

El autor de El disparo de Argón añadió que Rossi “fue un lector de mi obra bastante exigente, me hizo críticas y observaciones con mucho rigor, que es una de las formas más acabadas de la honestidad intelectual. Por mi parte, en el libro Efectos personales (Era, 2000), donde escribo sobre autores clave en mi formación como Calvino, Rulfo, Fuentes, Artl y Monterroso, entre otros, le dedico un largo ensayo a su obra literaria”.

 

“Aunque daba clases con académico rigor —apunta Villoro—, Alejandro pertenece al modo socrático en el que se enseña sin horario reconocido por el sindicato. No paraba de hablar a bordo de su coche y se irritaba cuando un vendedor interrumpía el relato de su infancia en Florencia, la relojería de Buenos Aires donde trabajaba un astro del River Plate…”.

 

“Octavio Paz lo invitó a escribir una columna en Plural, con tema libre. Fue un momento decisivo. De 1973 a 1977 Rossi escribió los textos misceláneos que integrarían Manual del distraído. En esas entregas mensuales adquirió irregateable carta de ciudadanía en la literatura”, escribe Villoro en el perfil del filósofo publicado en Letras Libres.

 

Villoro, quien describe al Rossi de los años setenta como “un fumador enérgico, que mordía los cigarros como si tuvieran vitaminas y dejaba en cada cenicero una instalación de colillas retorcidas”, destaca su capacidad de llevar la oralidad a la letra impresa, pues “ha pulido sus recursos en la ética de la conversación. La energía, el talento y el tiempo que pone en juego al hablar despiertan en sus interlocutores la vanidad de ser testigos únicos de un dilatado prodigio”.

 

Y concluye: “Cuando Octavio Paz lo llamó a Plural, no pensaba en el experto en temas de filosofía sino en el conversador genial. Fue un fichaje de alta escuela: Rossi se convirtió por escrito en lo que ya era por hablado”.

 

El rostro del autor

Esposa del también escritor Salvador Elizondo,  la fotógrafa Paulina Lavista conoció a Alejandro Rossi primero como amigo cercano de su marido y luego como “cliente” de su estudio fotográfico. Además en 1999, con motivo del Premio Nacional y su designación como investigador Emérito, Lavista realizó un documental de una hora sobre el autor de Cartas credenciales.

 

Lavista lo recuerda “como un caballero, un gentleman, de una inteligencia sorprendente, además era un gran conversador y tenía mucho sentido del humor, un humor no exento de amargura”. Agregó que al filósofo “le encantaba que le hiciera retratos, solo, para la solapa de sus libros, y también con su esposa (la también filósofa Olbeth Hansberg), con sus hijos y nietos. En sus últimos libros aparecen los retratos que le hice. Además, es muy diferente tratar a una persona como amigo y otra como retratado, pues se crea una comunicación diferente, mucho más íntima, para hacer un buen retrato”.

 

Para el documental de Alejandro Rossi, realizado en 1999, añade, “tuve la fortuna de que Alejandro accediera a entrar a la sala de grabación para leer sus propios cuentos. Le pedí que leyera de La fábula de las regiones, que es el que más me gusta. Esto realmente fue muy importante, porque además él leía muy bien, y ponía demasiada atención en cómo se deberían de escribir y leer las cosas. En eso se parecía mucho a Borges, un autor que admiró toda su vida”.

 

Rossi por Rossi

Aunque fue un escritor tardío de ficciones, Alejandro Rossi recuerda como su iniciación en las letras una anécdota de su infancia, la cual le contó al periodista y escritor Álvaro Matus: “Cuando tenía como 14 o 15 años, supongo, empecé a escribir narraciones, que le dejaba a mi madre en su cama. Ella, que era una mujer de amplia vida social, regresaba cuando yo ya estaba dormido, pero leía ese cuaderno y, según su parecer, me colocaba una calificación y me daba un premio en dinero. Para mí era muy excitante y me levantaba con gran curiosidad para ver cuál era la nota y cuánto dinero había yo ganado con ello. Fue la primera que me pagó derechos de autor”.

 

En aquella conversación, Rossi reconoció como una de sus mayores influencias literarias a Jorge Luis Borges, pero también a los “filósofos ingleses, que en ocasiones suelen ser maravillosos escritores. Pienso por ejemplo en el tipo de filosofía de Gilbert Ryle, que fue un profesor muy famoso de Oxford a finales de los cuarenta”, además de Austin o Bertrand Russell.

 

“Uno de mis placeres es discutir y hacer filosofía charlando con los amigos —le confió a Matus—. La conversación sí ha sido una nota dominante, pero cuando digo conversación no sólo me refiero a la reunión en el café, donde por cierto pasé mucho tiempo, sino en un sentido más amplio, yo digo conversación en un seminario, en una clase, en una caminata. Nada me gusta más que charlar libre y gratuitamente”.

 

Sobre su literatura miscelánea, Rossi escribió: “Me interesan más las fisuras insidiosas de la vida cotidiana, obra de roedores, no de demiurgos”. Y, en alguna parte, socarronamente, añadió: “Pertenezco a una generación enamorada de minucias, incapaz, me parece, de inventar un mito poderoso o un símbolo de la condición humana.”

 

La invención artística —definió en su discurso del Premio Xavier Villaurrutia— “es un salto en el vacío, es el espacio de la libertad, donde no hay redes de protección y no hay seguridad alguna acerca del resultado. Siempre queda un resto de inseguridad y desconcierto y los premios pueden ser la palmada que da confianza”.

 

“Ser escritor es, por definición, una empresa de ejecución íntima, casi siempre muy aislada, porque el escritor está como del ‘otro lado’ de la escena social, a una distancia que lo convierte en observador más que en actor, condición necesaria para el artista de obra secreta y cifrada…”

 

Su literatura ha sido traducida al inglés, alemán, francés e italiano. Obtuvo las becas Rockefeller y Guggenheim. Fue miembro de las juntas directivas del El Colegio de México y el Fondo de Cultura Económica. Recibió la Condecoración de la Medalla del Águila Azteca, del gobierno de México y la Orden Andrés Bello, del gobierno de Venezuela. Los reyes y el gobierno de España le otorgaron la Encomienda de Número de la Orden de Isabel la Católica, entre otros reconocimientos.

 

El maestro Alejandro Rossi Guerrero murió en la Ciudad de México el 5 de junio de 2009.

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