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“Dramón” en la Biblioteca Henestrosa proyectan este domingo

Publicado por @Shinji_Harper el sábado, 31 julio 2010
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Carolina QUEZADA

 

Oaxaca. México. “Lejos del Cielo”, es un melodrama otoñal en el que su director Todd Haynes convierte la sensibilidad con sensiblería, cinta que mañana será proyectada en la Biblioteca Henestrosa.

 

Este domingo a las 20:00 horas se proyectará en la pantalla de este centro cultural que se localiza en Porfirio Díaz 115 esquina con Morelos, en el centro de esta capital.

 

 

"Lejos del Cielo", un melodrama otoñal de Todd Haynes.

"Lejos del Cielo", un melodrama otoñal de Todd Haynes.

El largometraje de Todd Haynes (“Velvet Goldmine”) plantea una historia de falsas apariencias, de doble moral, de prejuicios, convenciones y embustes sociales; otro golpe al sueño americano, aunque en este caso se vea deslucido, y el golpe, por blando e insulso, apenas llegue a rozarnos como una dulce –y algo empalagosa– caricia.

 

“Lejos del Cielo” nos transporta, a través de su detenida puesta en escena y de su elegante estética retro, al Connecticut de finales de la década de los 50, donde seremos testigos de la deconstrucción de los Whitaker. Cathy (Julianne Moore) y Frank Whitaker (Dennis Quaid) son un matrimonio modélico, unos padres ejemplares que viven en una casa de catálogo, en un respetable barrio residencial, y mantienen una existen-cia de ensueño.

 

Ella es una mujer educada, distinguida y atractiva, una perfecta ama de casa, una anfitriona exquisita, una ciudadana irreprochable. Frank, empleado paradigmático de una importante compañía, parece ser el marido ideal: atento, cariñoso, correcto y responsable. Tan armónico equilibrio se viene abajo cuando Cathy descubre que su esposo mantiene ciertos escarceos amorosos con otros hombres.

 

Dada la mentalidad de la época, en que la homosexualidad era considerada una “enfermedad” (substituyan el pasado por el presente, porque para algunos las cosas tampoco han cambiado tanto), la pareja acude a un médico para que “cure” a Frank… algo que, obviamente, no tendrá “remedio”.

 

Por su parte, Cathy, hundida a tenor de los nuevos acontecimientos pero tratando al mismo tiempo de no perder la compostura, entablará una estrecha amistad con su jardinero negro (Dennis Haysbert), un hombre sensible y cultivado que es padre de una niña. Esta relación interracial e intersocial será mal vista por la comunidad –por blancos y por negros– y provocará que hasta las mejores amigas de Cathy le cierren las puertas y sea objeto de los chismorreos de los vecinos.

 

Haynes, quien es también el responsable del guión de la cinta, recupera en este film el espíritu de los grandes melodramas con ciertos ribetes sociales de la década de los 50, y más concretamente encuentra inspiración en algunos de los títulos de Douglas Sirk co-mo “Sólo el Cielo lo sabe” (All that Heaven Allows, 1955), estela-rizada por Rock Hudson y Jane Wyman, de la que toma muchos elementos sin que, por otra parte, se la pueda considerar un remake de aquélla.

 

Y es cierto que lo consigue, tanto en la forma como en el fondo. Es éste un melodrama-melodramón, con tragedia fa-miliar y amores prohibidos, que plantea ciertas cuestiones de orden socio-moral: aquí el racismo y la homosexualidad. Temas que, por desgracia, no han perdido su vigencia, en cuanto a discriminación se refiere.

 

 Sin embargo, el tono que preside esta película es tan ñoño y poco atrevido, y Haynes resulta a menudo tan cursi y almibarado –amén de su plana ejecución tras las cámaras– que su capacidad para conmover, sugerir o incomodar es prácticamente nula.

 

Con frecuencia, el realizador confunde sensibilidad con sensiblería, tacto con exceso de prudencia, o incluso autocensura, llegando a abordar determinadas situaciones con notable torpeza, como la manera en que retrata los encuentros de Frank Whitaker con otros hombres, especialmente ridículo en aquel que tiene lugar en la habitación de un hotel de Miami.

 

Lo que podría haberse convertido en un reflejo de la realidad acaba deviniendo un tópico –y no al contrario, como suele suceder, lo que todavía resulta más alarmante–, cuando decide introducir de-terminadas reacciones e incidentes manidos, presentados sin ninguna innovación (el ataque a la niña negra o la visita de Cathy al despacho de Frank), o ciertos personajes secundarios (como la vieja cotilla de la galería de arte) que rayan la caricatura y que, por tanto, se hacen poco creíbles.

 

Y es que, en definitiva, “Lejos del Cielo” pretende recoger la esencia del melodrama clásico, pero por el camino ha perdido toda su grandeza y esplendor, y tampoco ha ganado capacidad de incisión, ni ha sabido adaptarse a los tiempos que corren.

 

Los escasos destellos de calidad que provienen de “Lejos del Cielo” se deben únicamente a Julianne Moore (ganadora de la Copa Volpi en el Festival de Venecia y candidata a un Os-car por este papel), quien en gran medida salva los vacíos emocionales de la historia con su gran labor. Sin ella, esta película hubiera corrido peor suerte.

 

En un rol que por época y situación puede recordarnos a su personaje en la reciente “Las Horas”, Moore es todo prestancia y emotividad. A su lado, los otros dos vértices del triángulo –Dennis Quaid y Dennis Haysbert– quedan eclipsados.

 

El primero, después de una larga carrera poco proclive al éxito comercial y crítico, recupera cierta respetabilidad, más por las circunstancias que envuelven a esta producción que por su solvente pero mediocre desempeño.

 

Dennis Haysbert es igualmente funcional, pero acusa inexpresividad –o mejor dicho, mono-expresividad–, con lo cual su imagen acaba reducida a la del típico hombre sufrido, bonachón, de gesto humilde y parco en palabras.

 

El film cuenta con la asistencia de los cada vez más omnipresentes Steven Soderbergh y Geor-ge Clooney en la producción ejecutiva, y tal vez por ello el reparto se vea completado por algunos actores que habían trabajado con anterioridad en alguno de sus proyectos: Patricia Clarkson (“Bien-venidos a Collinwood”) –una secundaria que empieza a cobrar fuerza y que merece la pena tener en cuenta– como la íntima amiga de Cathy Whitaker, y Viola Davis (“Solaris”, “Traffic”) como su criada.

 

Mención aparte reclaman todos aquellos apartados técnico-artísticos que contribuyen a la ambientación de la Norteamérica interior, suburbial, de mitad de siglo, y que alcanzan un empaque visual fascinante, cercano a la fábula.

 

Es precisamente este tratamiento estético, entre el technicolor de los 50 y el fotograma coloreado, el punto fuerte del film. Ver “Lejos del Cielo” es como encontrarse en medio de un bosque otoñal: la profusión y riqueza de tonos marrones, verdes, rojos y amarillos, propios de las hojas de los árboles en esta estación, inundan la pan-talla gracias a la potente saturación de la fotografía, obra de Ed Lachman (también candidato al Oscar).

 

Esta paleta cromática, que en cierta manera nos remite al concepto de una mujer en el otoño de la vida, de sus ideales y sueños, se apodera también del vestuario –otra pieza de artesanía–.

 

Las prendas que luce la protagonista se completan con otros colores que parecen irradiar como piedras preciosas: rubí, amatista, esmeralda… Hay una escena, en concreto, que ejemplifica a la perfección esta fusión pictórica mujer-naturaleza: cuando las cuatro amigas se encuentran hablan-do delante de la vivienda de los Whitaker, con el jardín al fondo, y por sus ropas asemejan cuatro hojas incendiadas. Se trata, en ge-neral, de un cromatismo acentuado, irreal, próximo en muchos mo-mentos a la pintura de Edward Hopper.

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