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Epidemias y hambruna atacaron al México Independiente

Publicado por @Shinji_Harper el martes, 14 septiembre 2010
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Antemio CRUZ/SuMédico

Oaxaca, México.- Como un golpe oscuro, que robó la vida de una de cada 10 personas que habitaba en lo que hoy es México, la guerra de Independencia iniciada el 15 de septiembre de 1810 por Miguel Hidalgo, demostró lo pobres e insalubres que eran las condiciones de vida en la llamada Nueva España.

Epidemias de cólera, sarampión, fiebre amarilla y tuberculosis, combinadas con los problemas de desnutrición, osteoporosis y caries, y sumadas a las muertes en el campo de batalla o por el tétanos derivado de heridas infectadas, hicieron que el sistema de salud colonial se colapsara y que pocos hospitales y médicos particulares se mantuvieran activos.

hidalgohabre4Si en 1810 había en este territorio 6 millones de habitantes, al concluir el movimiento armado habían perdido la vida 600 mil nuevos mexicanos, según diferentes estimaciones del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM, el Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) y la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH).

El agua que da y quita vida

Si en la historia contemporánea se considera a la toma de Berlín, en 1945, como una de las batallas más sangrientas del planeta, por la muerte de 50 mil soldados rusos, un nivel equivalente se debería a la primera campaña del movimiento insurgente contra el ejército español donde también se perdieron 50 mil vidas.

Sólo en un día, en la batalle del Cerro de las Cruces, donde Ignacio Allende ganó el grado de capitán, 5 mil hombres y mujeres expiraron por las heridas de fuego y hierro. Pero los efectos de salud tenían otras consecuencias indirectas entre quienes no peleaban.

En cada confrontación, los cuerpos maltrechos quedaban al aire libre o eran dispuestos apresuradamente, provocando que muchos cuerpos contaminaran el agua potable que abastecían los centros de población. Esto multiplicó los riesgos que ya provenían de una sociedad con malos hábitos de higiene y alimentación.

Bañarse no era una actividad cotidiana

Diez años antes del llamado Grito de Dolores, las enfermedades más comunes en la Nueva España eran la Fiebre Amarilla, el sarampión, la tifoidea, el cólera, la tuberculosis y la escarlatina. Pero una vez iniciado el movimiento de independencia, los brotes de cólera se multiplicaron y no fueron contenidos sino hasta 91 años después, en 1901.

Durante esos 91 años de infecciones masivas y repetidas por condiciones insalubres del agua, el cólera mató a 300 mil personas. De ellas, casi 100 mil habrían muerto entre 1810 y 1821.
Era el tiempo en el que el baño no era una actividad cotidiana, incluso la aristocracia colonial había desarrollado hábitos como retirar la grasa del cabello con harina y lavarse únicamente las manos, muñecas y cuello. Este era el caldo de cultivo que permitía a las enfermedades infecciosas transmitirse y atacar rápidamente.

Nace la salud pública estatal

La investigadora Claudia Agostoni, del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM (IIH-UNAM), afirma que el siglo XIX, con el movimiento insurgente y los primeros años del México independiente, fue testigo de “la recepción y adaptación de la medicina clínica y experimental europea, y de la creación de los primeros institutos nacionales de investigación médica. Se puede afirmar que entre 1810 y 1910, se transitó del sanitarismo a la salud pública estatal”.

En esa transición hubo hospitales y escuelas de la colonia que sirvieron como fundamento para construir lo que sería la atención a las enfermedades en el país que nacía, por ejemplo, el Hospital de San Andrés,  en la ciudad de México, que logró sobrevivir a la Independencia y, cien años después, a la Revolución.

Para marzo de 1790, ese nosocomio tenía 39 salas, y podía alojar a poco más de mil enfermos. En ese lugar se atendían todas las enfermedades, excepto sífilis y demencia. Durante el periodo de guerra de 1810 a 1821 los brotes epidémicos fueron frecuentes: En 1813 el brote de cólera morbus, en Cuautitlán;  también en 1813 se presentó un brote de hepatitis en el centro de México; en 1808 una epidemia de fiebre amarilla azotó a Yucatán y todavía al final de la guerra, en 1820, una epidemia de sarampión mató a miles de indígenas otomíes en Actopan Hidalgo. En todas estas epidemias intervino el agua contaminada.

Cada epidemia tuvo su historia, cada deceso en batalla sus complicaciones quirúrgicas o infecciosas, pero también cada muerte tuvo un sentido.  Pues como afirma la historiadora Claudia Pardo, del Instituto Mora, uno de los frutos de la guerra de 1810 fue poner en marcha los primeros esfuerzos de vacunación, diferentes a los que se reforzaron en el siglo XX, pero que sentaron las bases para un nuevo sistema de salud preventiva nacional que años después fue imitado por otros países de América Latina.

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