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Celebremos México, 200 años de traición

Publicado por @Shinji_Harper el martes, 21 septiembre 2010
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Fortino TORRENTERA O.

 

Oaxaca, México. La historia la escriben los vencedores, no los que fueron vencidos, los hoy muertos, “los derrotados” y la de nuestro país no es una excepción, por ello se han creado tantos mitos para dar culto a la personalidad, más allá de entender los procesos históricos, un afán por legitimar la institucionalidad.

 

Hemos confirmado el interés de las grandes empresas por “sumarse” a los festejos del bicentenario, de una lucha encabezada sí, por mestizos y la clase media, pero encarnizada por los indígenas, los campesinos que 200 años después están desposeídos de su esencia, la madre tierra.

 

 

mural

Aquellos improvisados ejércitos que lucharon por una identidad nacional, que con machete y palos dieron muestras de valor e hicieron frente a la corona, son los mismos que luchan allende las fronteras por mejorar sus condiciones; esos indígenas y campesinos que acompañaron a Hidalgo, a Morelos; pero también a Zapata y Villa en la revolución, son los abuelos de los pocos que se quedaron a sembrar una tierra que ni siquiera es suya.

 

En las escuelas, en los actos patrióticos se homenajea a los próceres y sus huestes que dieron su sangre por la ilusión de formar un país. La condición del campesinado y de las etnias del país es deplorable, como si aquellas gestas libertarias sólo hubiesen servido para beneficiar a otras clases sociales, confirmando lo que advertía el Benemérito de las Américas, “Malditos aquellos que con sus palabras defienden al pueblo y con sus hechos lo traicionan”.

 

Al menos podría ser motivo de celebración la Independencia de la deuda externa, la autonomía económica, pero no, festejamos a los muertos con sus restos en gira; la Independencia de qué, si la mayoría de los mexicanos apenas sobreviven trabajando para alguien. ¿Quiénes entonces celebran su verdadera independencia mientras el grueso de la fiel población es explotada laboralmente?.

 

Traición al final, pero desde su inicio y a lo largo de la historia, hizo sucumbir a aquellos a quienes hoy homenajeamos, quienes dieron su vida para llegar a un México donde la traición se ha hecho cotidiana, de los políticos al pueblo, de dirigentes a sus seguidores, de grupos entre sí, donde los partidos políticos son la arena más común.

 

Hace dos siglos

Si, son dos siglos de felonía que inician con el adelantado levantamiento Independentista, al delatar Joaquín Arias, en Querétaro el 10 de septiembre de 1810 y Juan Garrido, en Guanajuato el día 13, la conspiración de Querétaro.

 

Con sus virtudes de libertario y sus defectos humanos, Miguel Hidalgo y Costilla irrumpió con sus sueños de Independencia, que le fueron arrebatados con su fusilamiento y el de importantes próceres del movimiento armado.

 

Tras ser vencidos los insurgentes el 16 de enero de 181 en Puente de Calderón, cerca de Guadalajara, Hidalgo y Allende marcharon al norte para comprar armas en la frontera, pero en Coahuila, fueron traicionados por un elemento militar, el coronel Ignacio Elizondo y apresado junto con Aldama y José Mariano Jiménez.

 

El investigador, Rafael García Ortega, explica que una de las versiones, que consta en el libro de Eleuterio González, se habla de que el obispo del Nuevo Reino de León, Primo Feliciano Marín de Porras, hizo creer al cura Miguel Hidalgo que estaba de su lado, para entregarlo en manos de Elizondo, el general que lo traicionó.

 

“Se dice que el obispo maquinó el plan para la detención de Hidalgo, según el doctor Eleuterio González, basado en una entrevista al hermano de Ignacio Elizondo.

 

Recordó que el día de la detención, viajaban en una primera carroza las mujeres y los niños, mientras que en la segunda iban personajes como Allende, Jiménez, Juan Ignacio Ramón y Manuel de Santa María, quienes fueron cayendo uno a uno en manos de Ignacio Elizondo, quien cometió el acto de traición a los insurgentes.

 

Mencionó que existe también una versión sobre la muerte de Ignacio Elizondo, pues se dice que Joaquín de Arredondo mandó matar a Elizondo, porque era considerado el héroe en la detención de Hidalgo y eso no le gustaba.

 

El historiador habla de la fundación de la Villa de San Agustín de Laredo y de varios personajes que, según algunas versiones, estuvieron involucrados en la detención de Miguel Hidalgo, como el sacerdote Juan José Vásquez Borrego, quien abrazó la insurgencia, y su hermano, quien se fue del lado de los militares.

 

A su vez, el historiador, Lucas Martínez, refiere que el tejano Enrique Neri “El Barón de Bastrop” y Sebastián Rodríguez, oriundo de San Buenaventura, Coahuila, inspiraron confianza en el círculo más cercano a Miguel Hidalgo y Costilla, a incluso se ofrecieron como guías en territorio desconocido para los impulsores de la lucha de Independencia.

 

Estos dos personajes proponen a Allende e Hidalgo tomar el Camino Real que iba de Saltillo a Monclova y luego a la frontera con Estados Unidos, en lugar de irse por el atajo a Monterrey.

 

Expone la historia que les dijeron que era más seguro, que habría agua y que ellos conocían el recorrido como la palma de su mano, argumento que los jefes insurgentes les creyeron.

 

“No me cabe duda que la aprehensión de Hidalgo, en Acatita de Baján, fue una enorme sorpresa para el Virreinato y el Comandante General de las Provincias Internas, Nemesio Salcedo, porque fueron civiles y no soldados los que lo detienen”, señala Martínez.

 

El investigador, señaló que el Capitán Ignacio Elizondo sólo fue una pequeña parte de la trampa gestada por los latifundistas Sánchez Navarro -dueños del territorio que hoy ocupan Coahuila, Nuevo León, Zacatecas y San Luis Potosí- en contra de los rebeldes que habían osado atentar contra el Virreinato de la Nueva España y el orden establecido.

 

En la ciudad de Chihuahua, Hidalgo, fue sometido a juicios civiles y religiosos y ejecutado el 30 de julio de 1811 cuya cabeza con las de Allende, Aldama y Jiménez, fueron expuestas en las esquinas de la Alhóndiga de Granaditas.

 

La lucha, la continuó José María Morelos y Pavón, quien a su paso por Oaxaca, integró un cabildo civil con mestizos e indígenas y fue aquí donde tomo un giro esa lucha, ya no por el reconocimiento de Fernando VII, sino por una autonomía como país, propuso la abolición de la esclavitud y la igualdad de todos los hombres ante la ley, lo que dejó expresado en “Sentimientos de la Nación”.

 

Después de elaborada la Constitución de Apatzingán -el primer conjunto de leyes mexicanas-, los integrantes del Congreso quisieron retirarse a Tehuacán, en Puebla. La comitiva iba custodiada por Morelos, Vicente Guerrero y Nicolás Bravo. Félix María Calleja se enteró de esto y en el camino, al salir de Uruapan, la comitiva fue atacada por las tropas realistas.

 

Morelos le pidió a Guerrero y a Bravo que continuaran el camino y siguieran escoltando a los congresistas, pero en la lucha fue tomado como prisionero. Los diputados pudieron llegar a Tehuacán, mientras Morelos fue identificado y traicionado por un soldado que había pertenecido antes a sus tropas.

 

Los miembros del consejo de Anáhuac, trataron de interceder por él ante Calleja, para que le perdonara la vida, pero éste no aceptó y Morelos fue llevado a las cárceles de la Inquisición.

 

Durante su juicio fue degradado como sacerdote y sentenciado a muerte. Lo fusilaron en San Cristóbal Ecatepec, en el Estado de México, el 22 de diciembre de 1815.

 

También objeto de traición fue Vicente Guerrero, continuador de la tercera etapa insurgente y segundo presidente de la República, quien murió fusilado el 14 de febrero de 1831 en Cuilapan, calificado por sus adversarios como un traidor a la patria.

 

Los últimos años de su vida estuvieron inmersos en la polémica. Ya desde su arribo a la primera magistratura, los problemas que tuvo que enfrentar fueron de gran calado. El propio proceso electoral que lo elevó al cargo estuvo rodeado de inconsistencias, lo que generó una disputa, que se resolvió a su favor mediante la famosa asonada de la Acordada.

 

Rodeado de enemigos, tuvo que sortear los difíciles avatares de la política siempre a la defensiva. Sin embargo, la fama y el prestigio que alcanzó por sus acciones en la gesta independentista son suficientes para no demeritar su imagen en la actualidad, a pesar de los inconvenientes que padeció en el último tramo de su existencia.

 

Se sabe que Don Anastasio Bustamante encabezó el golpe militar que derrotó a Guerrero, siendo consecuencia del disgusto de los conservadores ante la administración de carácter popular que provocó entre los diputados conservadores del Congreso que declararan que Guerrero estaba “imposibilitado para gobernar”.

 

Pero su alma guerrera no podía permanecer estática por lo que se encargó de desvirtuar el mandato que residía en la carta magna de 1824, tomó nuevamente las armas y se dirigió a la sierra a encabezar la resistencia.

 

Su perseverancia y conocimiento de las lides de guerra lo convirtieron en un verdadero dolor de cabeza para sus enemigos, por lo que se ejecutó un plan maestro para detenerlo, en el que la perfidia y la perversión fueron armas letales.

 

Es de sobra conocida la traición ejecutada por Francisco Picaluga quien, mediante engaños, condujo a su barco y puso preso al caudillo, aunque con el tiempo se supo que el propio ministro de guerra, el general conservador José Antonio Facio, había planeado la felonía, que costó al erario la suma de 50 000 pesos, que fueron entregados a Picaluga una vez cumplida su nefasta tarea.

 

Dos años después del atroz sacrificio, exactamente el 16 de febrero de 1833, en la Cámara de Diputados del estado de Oaxaca, tres legisladores locales presentaron una propuesta para reivindicar la figura del notable insurgente.

 

Entre otras peticiones, lanzaron ante la tribuna un decreto para expresar que los restos mortales del valiente caudillo -depositados en el panteón de San Fernando, ubicado en la Colonia Guerrero de la ciudad de México-, por haber sido ultimado en territorio oaxaqueño, pertenecían “en propiedad” a la entidad.

 

Además, se solicitaba que Cuilapan cambiara su denominación a Ciudad de Guerrerotitlán. Los nombres de los postulantes eran: Francisco Banuet, Joaquín Mimiaga y Benito Juárez.

 

Finalmente se dice que Iturbide logra la consumación de independencia tras once años de lucha, sin embargo, un grupo de peninsulares y criollos que antes se opusieron a la lucha, se le unen.

 

Iturbide, hace su entrada triunfal a México el 28 de septiembre de 1821 acompañado del ejercito trigarante, para fundar un imperio, forma abolida al inicio de la lucha y cuyo actor principal, el pueblo resulta traicionado.

 

Revolución inconclusa

El proceso de la Revolución Mexicana no puede concebirse sin la figura y pensamiento del notable periodista, político, dramaturgo y anarquista, nacido en Eloxochitlán, Oaxaca, Ricardo Flores Magón.

 

Cuyas ideas liberales cobijaron el ideario revolucionario. Se dice que Magón mostró a Zapata el camino y de él tomó su lema “Tierra y Libertad”.

 

No sólo por su valor como periodista al enfrentar al gobierno de Porfirio Díaz, sino también por su arrojo en la lucha de las clases populares, especialmente de los obreros y campesinos, Magón fundó la revolución, por lo que fue perseguido.

 

Tras su exilio y posterior encarcelamiento, muy enfermo fue trasladado de Mc Neil Island a la prisión militar de Leavenworth, Kansas, en donde falleció el 21 de noviembre de 1922.

 

Aunque oficialmente murió por un paro cardíaco; su compañero y amigo Librado Rivera, afirma que fue ahorcado, aunque existe otra versión, que fue apaleado hasta morir por los custodios de la prisión.

 

Una vez muerto, el Estado contra el que tanto luchó, comenzó a reconocerlo como el gran precursor de la Revolución mexicana. El 1 de mayo de 1945, sus restos fueron trasladados a la Rotonda de los Hombres Ilustres en la Ciudad de México, pero la traición quedó demostrada.

 

Hablar de Zapata es tocar la esencia del movimiento revolucionario, de quien es considerado el más ejemplar de nuestros próceres y que como el resto, fue objeto de la traición.

 

El Plan de Ayala, que Zapata promulgó, es la demanda más coherente emanada de la revolución, de la que un siglo después no se ha hecho realidad, ideas traicionadas.

 

De igual forma, la muerte del general campesino, fue obra de la traición del coronel Jesús Guajardo, tras atraerlo a un encuentro secreto en la hacienda de Chinameca, en Morelos, donde juró que se uniría a su causa.

 

La misma suerte corrió Doroteo Arango “Francisco Villa”; personaje escurridizo que también a la historia pareció escurrírsele, porque cuando habla de él sólo nos da un personaje a media luz como se muestra en la infinidad de biografías que se han escrito de Villa en el mundo; desde la de Martín Luís Guzmán a la de Friedrich Katz, pasando por las de Elías Torres y Enrique Krauze, entre otros, todas con el mismo común denominador: su carácter detractor y descalificador.

 

Fue la traición la que jugó el papel más significativo en las derrotas de Villa; traición de gente que estaba en posiciones estratégicas y que probó ser vital: Tomás Urbina, Luís Aguirre Benavides, Eulalio Gutiérrez, Guzmán, y tal vez el mismo Felipe Ángeles en contubernio con Carranza, Obregón y Plutarco Elías Calles, el más siniestro de todos. 

 

Tras firmar los convenios de Sabinas el 26 de junio de 1920, Villa depone las armas y se retirarse a la Hacienda de Canutillo, Durango, que el gobierno le concedió en propiedad por servicios prestados; Álvaro Obregón llega a la presidencia de México, donde promovió o abiertamente toleró algunos planes para librarse de Villa. Durante la rebelión delahuertista que pretendía impedir la imposición del general Calles, ante el temor de que nuevamente se levantara en armas, se le prepara una emboscada y es asesinado la tarde del día 20 de julio de 1923 cuando se dirigía a una fiesta familiar en Parral.

 

Así la revolución quedó en manos de presidentes que a lo largo de un siglo han usufructuado esos ideales, convirtiendo a México en el país que hoy tenemos, donde la inseguridad, la falta de empleo, la corrupción y la manipulación mediática, traicionan con los hechos al pueblo.

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