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Fallece la soprano australiana Joan Sutherland

Publicado por @Shinji_Harper el martes, 12 octubre 2010
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Claudia Ramírez Hein/La Tercera

Oaxaca, México.- Los aplausos fueron estruendosos. Los críticos de la época no encontraron palabras para definirla. Con su metro 72, su increíble agilidad, sus explosiones vocales y su facilidad para los sobreagudos, Joan Sutherland dejó atónitos a quienes la escucharon una noche de 1959 en Lucia di Lammermoor, de Donizetti, en el Covent Garden de Londres.

La soprano australiana conquistó a partir de ese momento al mundo de la ópera y pavimentó un camino que la tendría por más de cuatro décadas sobre los escenarios mundiales poniendo su nombre entre los más grandes de la segunda mitad del siglo XX y situándola entre las protagonistas de la revitalización de la temprana escuela operística belcantista del 1800.

joansutherlandEl domingo, luego de una larga enfermedad, Joan Sutherland falleció a los 83 años en su residencia en Suiza, donde vivía con su marido, el director de orquesta y pianista Richard Bonynge. “Ha muerto serenamente en las primeras horas de ayer (domingo)”, señaló en un breve mensaje la familia atendiendo los propios deseos de discreción de la cantante, que será sepultada de forma privada.

Nacida en Sidney el 7 de noviembre de 1926, y tras algunas incursiones líricas en su ciudad natal, se trasladó a Londres para perfeccionarse en el Royal College of Music y, de forma privada, con Richard Bonynge, a quien conocía desde Australia y con quien se casó en 1954. De esa unión nació su único hijo Adam, pero también emanó la figura de quien se convertiría en “la Stupenda”, como sus fanáticos decidieron nombrarla. Sería él quien insistiría en potenciar la facilidad vocal y el estilo que posteriormente la harían famosa. Ella misma reconocía que “no podría imaginarme la vida sin Richard, sin su sostén afectivo y artístico”.

Durante los años cincuenta, en el mismo Covent Garden, se dedicó a papeles menores hasta que se le dio la oportunidad de protagonizar la ópera de Donizetti, en una puesta de Franco Zeffirelli. Su Lucía trascendió todas las fronteras -al año siguiente la llevó a Milán y Nueva York-; le permitió ser catapultada a los más reconocidos escenarios mundiales y la puso en el sitial de las grandes glorias de la ópera, junto a Montserrat Caballé, Marilyn Horne y Luciano Pavarotti. Ellos mismos nunca escatimaron elogios para la diva. En su momento, el propio tenor la llamó “la voz del siglo”, y reconoció haber aprendido con ella a “respirar y a sostener la voz”.

Sin dejar de ser asidua a la sala londinense -donde se despidió de su carrera en 1990 con la escena de la fiesta de El murciélago-, los escenarios fueron testigo de cómo el renacimiento del belcanto -que comenzó con Callas- llegaba a la cima: Bellini y Donizetti encontraron en el arte de Sutherland a una de las más grandes intérpretes de todos los tiempos. Pero si hizo de este movimiento su caballo de batalla, junto con soberbias muestras de Haendel, no fueron menores tampoco sus incursiones en Puccini, Verdi y autores franceses.

El camino no fue fácil. La australiana debió forzar su profunda voz para rendir como soprano y tuvo que convencer a aquellos que pensaban que su figura no encajaba con la imagen delicada que se suele esperar en las heroínas del belcanto. Contra viento y marea se convirtió en una de las cantantes más elogiadas. Al reconocimiento de las audiencias alrededor del mundo se sumó también la realeza inglesa. En 1979 la soprano fue distinguida como Dama del Imperio Británico, título otorgado por la reina Isabel II (equivalente femenino al título de Caballero).

Querida por sus colegas por su generosidad, gran sentido del humor y alegría, la Stupenda -un apodo más que merecido- dejó un vasto legado de grabaciones (la mayoría para el sello Decca). Aunque muchas veces fue criticada por su carente dicción y falta de dramatismo, innegablemente Dame Joan Sutherland fue un fenómeno vocal natural cuyos medios vocales seguros y extensos, su sólida técnica, sus firmes agudos y sus deslumbrantes coloraturas, sin contar su afán por revitalizar las obras belcantistas y su ecléctico rango de personajes, no han tenido hasta hoy parangón alguno como la soprano de coloratura que era.

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