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Sincetismo cultural y religioso en las festividades decembrinas

Publicado por @Shinji_Harper el sábado, 25 diciembre 2010
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Gilberto BLANCARTE L/Conaculta

Oaxaca, México.– La celebración de la llegada de un nuevo año, que se cumple en el mundo Occidental, y en muchos países de Oriente, el 31 de diciembre de cada año, en nuestro país se mezcla con otras tradiciones ancestrales, algunas de ellas de origen prehispánico, cuyos pueblos originarios se regían por otra religión y otro calendario.

     Con la llegada de los españoles al Nuevo Mundo, se impuso una nueva forma de contar los días (los meses y ciclos anuales) y de celebrar las fiesta religiosas, no obstante, se creó un sincretismo religioso que perdura hasta nuestro días en algunas comunidades indígenas.

     Recordemos que el calendario que nos rige es el Gregoriano, llamado así porque fue impuesto en 1582 por el Papa Gregorio XIII, sustituyendo la cuenta juliana establecida por Julio César (que databa el nacimiento de Cristo en el año 1, dando lugar a nuestra Era).

     Con la nueva cuenta de 365 días, se siguió la costumbre ancestral de celebrar el fin de año el 31 de diciembre (que en el hemisferio norte coincide más o menos con el solsticio de invierno, el 25 de diciembre). No obstante, las culturas prehispánicas más importantes ya tenían sus propios sistemas para medir el tiempo, teniendo como base los ciclos del Sol y la Luna.

     La celebración del nacimiento de Jesús, o Navidad, el 25 de diciembre, se “instauró después del Concilio de Nicea, en 325 d.C., convocado por el emperador romano Constantino. Al discutirse la consubstanciación —presencia de Jesucristo en la Eucaristía—, fue necesario determinar el nacimiento de Jesús… Tomando el Evangelio de Lucas, declararon que si Cristo murió alrededor de los 30 años, un 6 de abril, y regresando los nueve meses de gestación, debió venir al mundo entre el 6 y el 8 de enero”, comenta la historiadora Elsa Malvido, en un artículo publicado en la revista Diario de Campo, editada por el INAH.

     Casualmente, refirió la historiadora, Jesucristo comparte muchas características con los dioses solares de las distintas culturas del mundo, es el caso de Buda y Shiva, en la India; Osiris y Orus, en Egipto, o Mytra, en Irán, por mencionar sólo algunos, y todos ellos nacieron en el solsticio de invierno.

     Esta “competencia” obligó a los teólogos a datar el nacimiento de Jesús en el solsticio de invierno, es decir, el 25 de diciembre; sobreponiéndola a las distintas fiestas paganas. Posteriormente, San Agustín afirmó en sus textos que “no se celebraba el nacimiento del Sol, sino del Creador del Sol”, detalla Malvido.

     En nuestro territorio, después de la Conquista, en 1521, la evangelización impuso distintas celebraciones católicas, entre ellas la Navidad, que ya tenía siglos de conmemorarse en Europa. Es así que los mexicanos realizamos las fiestas que el calendario litúrgico proporciona, como el día de la Candelaria y la Semana Santa, entre otras.

El fin de año

Después de un periodo de 12 meses, distintas culturas se dan a la tarea de celebrar el término de éste, entre la algarabía por el inicio del otro. El antiguo calendario mexica celebraba el inicio del año a una hora diferente. Los años Tochtli o Conejo principiaban al amanecer, los Tecpatl o Pedernal comenzaban al atardecer, los años Calli o Casa iniciaban a la media noche y los años Acatl o Carrizo arrancaban al mediodía.

     No debemos olvidar que el calendario azteca era más preciso que el Gregoriano, con meses más cortos, lo que les permitía dar mayor exactitud y evitar lo que nosotros llamamos año bisiesto.

     La Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas (CDI) informa que los calendarios más exactos creados por el hombre antiguo son atribuidos a los mayas, zapotecas y aztecas. Afirma que gracias a las observaciones registradas por estas culturas mesoamericanas, fue posible realizar ajustes de tiempo para compensar las fracciones de horas y segundos por día, surgidos por los grados de variación en la velocidad de la rotación e inclinación de la tierra.

     Asimismo, la CDI detalla que entre mayas y mexicas existían varios calendarios complementarios. Uno de ellos era el calendario del año solar de 360 días, llamado Cempoallapoualli, o sea la cuenta de los meses, dividido en 18 meses de veinte días cada uno, más cinco días “perdidos” al final. Otro, era el calendario ritual de 260 días, compuesto por 20 trecenarios, conocido como Tonalpohualli, entre los mexicanos, y el Tzolkin, entre los mayas, utilizado básicamente con fines adivinatorios, siendo la parte del almanaque agrícola muy importante.

     Así, el fin de año entre los pueblos indígenas coincide con el calendario occidental o Gregoriano, en por lo menos una de sus mediciones: la solar.  No obstante, algunos pueblos indígenas siguen celebrando rituales del fin del ciclo agrícola o de la cuenta de los ciclos del calendario ritual, que marcaba, por ejemplo siglos de 52 años, que daba lugar a la celebración del Fuego Nuevo.

     Cada fin de año, documenta la CDI, se llevan a cabo ritos como el cambio de poderes, de varas o de bastones de mando; además, los huicholes de Jalisco y Nayarit hacen numerosos rituales, que se prolongan por seis días, para conmemorar la renovación de poderes. Entre los tzotziles y tzeltales de Chiapas, se hace “El cambio de bastón” de las autoridades civiles y religiosas del pueblo.

     Pueblos originarios, como los zapotecos del Istmo, celebran sus velas o “veladas”, calendas y tiradas de frutas en los diferentes pueblos que conforman esta región. Al finalizar el año se dan dos manifestaciones peculiares: el regalo de los Tanguyu y la elaboración de El viejo. Esta celebración coincide también con antiguos ritos paganos europeos, que consiste en elaborar una figura para representar el año que termina, y se le quema en una pira para dejar atrás los problemas.

     Tanguyu, entre los zapotecos, consiste en regalar a los niños y niñas muñecos de barro, caballos con jinetes para ellos, muñecas con faldas de campana con bebés en los brazos y canastas de frutas sobre la cabeza, ollas, molcajetes y platos diminutos para ellas. La elaboración de El Viejo por los niños, usando ropas viejas y los huaraches más viejos que han sido usados durante todo el año, por cabeza se le coloca un coco, se le rellena de elotes y cohetes, se le pone un sombrero y un cigarro. Dos o tres días antes del Año Nuevo, este muñeco es puesto al frente de la casa con un recipiente para recabar su limosna, que es empleada para comprar más cohetes y golosinas. Al llegar el último día de diciembre, a las 11 ó 12 de la noche, se inicia la quema de El Viejo, con lo que se termina el año y se inicia otro.

     Sobre el año nuevo en los pueblos prehispánicos, la doctora Yólotl González Torres, especialista del INAH, dijo que en el mundo mesoamericano las celebraciones de año nuevo se regían por un calendario conformado por 18 meses de 20 días, más cinco sobrantes (mes corto), que iniciaba el año en fechas distintas, de acuerdo con cada cultura.

     Entre los mexicas, explicó, el calendario daba inicio en febrero, lo cual no tiene relación alguna con un acontecimiento astral de importancia, pues de “acuerdo con el calendario mesoamericano, el mes de 20 días que precedía a los Nemontemi (mes corto o cinco días aciagos) marcaba el fin de año”.

Año viejo

En el Continente Americano, vía la conquista española, llegó la costumbre del Año viejo, que consiste en elaborar un monigote que representa básicamente el año que termina, hecho con ropa vieja, cartón o papel, relleno de paja o aserrín y con frecuencia con artefactos pirotécnicos, para ser quemado a la medianoche del 31 de diciembre.

     El viejo o Año viejo se exhibe y quema con procesiones desfiles y en medio de una fiesta cargada de símbolos. Estos muñecos se elaboran en familia y se muestran en los barrios o colonias, generalmente representan a un anciano con pelo canoso y arrugas, con expresión triste o lastimera, si la máscara es muy elaborada.

     En la mayoría de las regiones donde hay esta tradición el muñeco es acompañado de músicos y de una comparsa o puesta en escena con personajes simbólicos como la viuda, la plañidera o el diablo. También, en muchos barrios, antes o después de la quema, se lee un “testamento”, que irónicamente hace recuento de los sucesos que caracterizaron el periodo que acabó y da recomendaciones para el nuevo año.

     En México es muy común la elaboración y quema de efigies del Año viejo y de lo negativo en Veracruz, Oaxaca, Chiapas y Tabasco, en el Distrito Federal se conserva la tradición sobre todo entre los inmigrantes de dichos estados. El ritual puede iniciarse dos o tres días antes del Año nuevo cuando el monigote es puesto al frente de la casa con un recipiente para recibir limosna, que será empleada para comprar cohetes y golosinas. También se pasea por las calles acompañado de una comparsa compuesta por una viuda embarazada (que dará a luz al Año nuevo), una rumbera y un pequeño grupo musical.

     En Veracruz, los indígenas mixe-popolucas realizan una danza que es conocida con el nombre de El Chenu, lo acompaña una comparsa de niños y jóvenes disfrazados de diablos con ropa de color rojo, máscaras con cuernos, cola y un trinche largo construido de madera. Igual que en ciertos países andinos algunos participantes también se disfrazan de viudas, vestidos de negro y semejando estar embarazadas, y su papel es plañir estribillos y llorar a la hora en que se quema el Chenu.

Fin del mundo maya

Ante la proximidad del año 2012, fecha alrededor de la cual diversos sectores de la población mundial especulan acerca de una “transformación profunda” de la  humanidad, e inclusive sobre su fin (datada para el 21 de diciembre del 2012), el epigrafista Carlos Pallán Gayol, investigador del INAH, expresó categórico que en lo que respecta a los antiguos mayas “en ningún texto dejaron escrito que en 2012 sería el fin del mundo, porque incluso manejaron fechas posteriores a ese año”.

     De acuerdo con el director del Acervo Jeroglífico e Iconográfico Maya (Ajimaya) del INAH, tal creencia es moderna y su origen puede rastrearse a la década de los años 70 del siglo XX, con las primeras publicaciones de carácter esotérico en las que se “pronosticaba” el término de la civilización humana, coincidiendo con el décimo tercer ciclo B’ak’tun en la cuenta larga del calendario maya, que correspondería al 21 de diciembre de 2012.

     Los indígenas mayas siguen celebrando el fin del año solar en diciembre.  No obstante, el calendario maya que los indígenas utilizan actualmente, aunque con la misma estructura que el arqueológico, tiene algunas diferencias importantes en cuanto a fechas. Entre los mayas de lengua achí, el año nuevo se festeja entre enero y febrero y los nombres de los años y meses pueden diferir. El 10 de enero del 2009, los mayas achí festejaron el año 5,196 (de acuerdo con la cuenta larga), cuyo gobernante es wukub’ kawoq (la séptima tortuga).

     Este año, en Mérida Yucatán, para celebrar el solsticio de invierno se llevó a cabo una ceremonia celebrada en la Plaza Grande y en la que se citó al extinto líder maya Canek. La ceremonia fue bilingüe, español y maya, se quemó copal y se tocaron caracoles y se colocaron cuatro mazorcas de maíz de distintos colores apuntando hacia los puntos cardinales.

     Los antiguos mayas, informa fray Diego de Landa, en sus manuscritos conocidos como Relación de las cosas de Yucatán, celebraban cada uinal o mes maya, con distintos ritos para complacer a sus dioses.

     Para los mayas el uinal pop, era una especie de año nuevo, era una fiesta muy celebrada, renovaban todas las cosas de utensilios de casa, como platos, vasos, banquillos, ropa, mantillas, barrían su casa y la basura la echaban fuera del pueblo, pero antes de la fiesta al menos trece días ayunaban y se abstenían de tener sexo, no comían sal, ni chile, algunas personas ampliaban este período de abstinencia hasta tres uinales (60 días). Después todos los hombres se reunían con el sacerdote en el patio del templo y ponían una porción de copal en el brasero para quemarlo.

     Diego de Landa describe que, cuando se acercaba el fin del año maya, durante los meses kayab y cumku, en cada población hacían fiestas a las cuales llamaban zabacilthan, se reunían para presentar ofrendas, comer y beber preparándose para el uayeb, el mes corto de los cinco días nefastos. Cuando llegaban los “cinco días sin nombre”, los mayas no se bañaban, no hacían obras serviles o de trabajo, porque temían que al realizar alguna actividad, les iría mal.

     Los chamulas de las altas montañas de Chiapas, autonombrados hijos de San Juan; celebran además el final de cada año agrícola, con un vistoso carnaval para ayudar a renacer el Sol y el advenimiento de un nuevo ciclo calendárico maya.

     Esta celebración coincide con la fiesta cristiana del carnaval (febrero). A estos juegos del Fuego asisten 50 mil indígenas y durante cinco días (120 horas) llevan a cabo una serie de rituales bajo el mando de un grupo de personajes principales, organizados religiosamente, cuyas ceremonias culminan el día anterior a la conmemoración cristiana del Miércoles de Ceniza. 

     Realizan varios rituales como “La Guerra de los Niños”, en la que se enfrentan dos grupos que luchan de cerro a cerro con proyectiles hechos de estiércol de caballo; “La Purificación en el Fuego”, se celebra prendiéndole fuego a montones de paja a lo largo de una calzada, por donde corren descalzas todas las autoridades. Otra de las actividades de este día son las montadas de Toro, en la que sacan a correr entre la muchedumbre hasta seis toros, no faltando los valientes que intentan montarlos.

Fuego Nuevo

En el Estado de Michoacán los indígenas celebran el fin de Año católico, asistiendo a misas y celebrando con una cena en familia, y cantando pirekuas. Además, los purépecha, que guardan celosamente sus tradiciones ancestrales, celebran también el fin de año del 31 de enero al 2 de febrero, donde se realiza el ritual del Fuego Sagrado; que se enciende en honor de su deidad principal Kurikaueri. Es una celebración de unión para todos los descendientes de Purépecha, para reconstruir la Ireta (el pueblo) tomando en cuenta las raíces de sus antepasados. 

     En dicha ceremonia invocan a sus dioses para que los guíen y les ayuden a encontrar la sabiduría antigua para la unión y reconstrucción del pueblo, ante los ojos de los turhixi (hombres blancos). Se entregan los símbolos que representan a su cultura, la bandera de los purépecha, la piedra sagrada y el bastón de mando. Esta celebración, se lleva acabo en la isla de Jarácuaro, una de las nueve islas del lago de Pátzcuaro.

     Los  otomí-chichimecas o autonombrados hñañhu (asentados en la zona semidesértica de Querétaro e Hidalgo), al concluir un año se dirigen en peregrinación a la cima de esos cerros sagrados, cargando cruces para pedir el agua, la protección divina, venerar a sus antepasados y refrendar sus lazos de identidad y pertenencia.

     Los hñañhu tienen un ciclo anual de fiestas que se articula alrededor del agua como elemento fundamental de la vida y la sobrevivencia. Todos los años se congregan para ir en peregrinación a elevaciones sagradas (cerro del Zamorano, cerro el Frontón y la Peña de Bernal) llevando cruces milagrosas, a fin de impetrar la lluvia y la protección divina, venerar a sus antepasados y exaltar la identidad y continuidad de su comunidad.

     En el norte de México (en la Sierra Madre Occidental, que atraviesa el estado de Chihuahua y el suroeste de Durango y Sonora), los rarámuri, que significa corredores a pie, celebran algunas fiestas del calendario católico, siendo las más cercanas a su tradición la Candelaria, Semana Santa, Navidad y fin de año, particularmente, el día de la Virgen de Guadalupe, el 12 de diciembre. 

     El calendario festivo está estrechamente relacionado con el ciclo agrícola, y llevan a cabo las danzas de Matachines y Yúmari. En la Semana Santa se baila Fariseos y Pascola, y se ofrece tesgüino y comida a Onóruame, que se comparte con los asistentes a la celebración.

     Como en la mayoría de las civilizaciones precolombinas, los ritos del Año nuevo de los pueblos indígenas giran en torno a la armonía con las fuerzas de la naturaleza y los ciclos cósmicos. Algunas de estas ceremonias siguen palpitando en nuestras venas, en nuestro territorio y a pesar de que el manto de la modernidad cubre los vestigios de las antiguas civilizaciones.

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