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Sin Derecho a Fianza/Istmeños, descendientes de egipcios, cretenses, fenicios…

Publicado por @Shinji_Harper el miércoles, 14 septiembre 2011
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Juan Manuel LÓPEZ ALEGRÍA/Segunda parte

 

Oaxaca. México. (Los huaves, hijos de vikingos) Ese redactor que publicó “Conjunción de pueblos”, en El Universal (citado por Rojas en su libro Sandunga. Música sublime), se basó en el libro La era Nahoa de Joel Verdeja Sousse, publicado un año antes.

El “historiador” Verdeja Sousse (muchos años después lo escribirán Soussa) también escribió una novela histórica: La Carambada. Realidad mexicana (Editorial Polis. 1941), donde cuenta la vida de Oliveria del Pozo, “La Carambada”, mujer criminal del Bajío, que “asesinó” a Benito Juárez.

Esta obra es importante porque de aquí nace el mito de que Juárez fue envenenado por  Oliveria con “veintiunilla”, la yerba que mata a los 21 día de ingerida. Este será tema de otra ocasión; pero podemos adelantar que en esta obra también tiene dislates históricos.

Sobre ella el Efraín Huerta, dudó de su veracidad y dijo que la obra era “una realidad imaginada”. (Comentó eso en su columna “Libros y antilibros”, en el El Gallo Ilustrado, suplemento de EL Día, en mayo de 1978). Tenía razón el autor de “Los hombres del alba”.

¿Escritor fantasma?

Curiosamente Verdeja Sousse, no aparece en los diccionarios de escritores (ni en los de literatura ni en los de historia) consultados; tampoco pude obtener ningún dato de su biografía por ningún lado, sólo una mención de “La era Nahoa” por  Asención H. de León Portilla en su diccionario.

Hay una referencia sobre su profesión en “Las mujeres de mi general: corridos de la Costa Chica y del Bajío”, de Juan Diego Razo Oliva (publicado en la Revista de Literaturas Populares, julio –diciembre de 2002) quien dice:

“Recientemente el escritor Joel Verdeja Soussa reeditó su novela titulada  La Carambada. Realidad Mexicana”.  […]  la novela del sacerdote Verdeja Soussa […]”

El especialista en corridos se refiere a la edición de editorial Cimatario de 1994. Ahora el apellido es Soussa (podrían ser dos personas, pero es demasiado sospechoso que ninguna aparezca).

Es decir, si es el mismo Verdeja de “La era Nahoa”, para 1994, tendría cerca de cien años y no es posible que no existan datos de tan longevo escritor. O, que Razo no es tan buen historiador ya que ignora que la novela existe desde 1941, por eso dice “recientemente”.  

Y sobre lo de la investidura sacerdotal de Verdeja, también podemos dudar un poco, ya que es inusual que un sacerdote escriba novelas y no se sepa.  Hay otro autor que menciona que  La Carambada, está “fechada en  la ciudad de Tepic en 1940”; pero no da mayores datos sobre esa edición. 

Con tal  ausencia de  información, supongo que Verdeja Sousse fue un seudónimo o que, con tan poca obra, no fue tomado en cuanta por los autores de biografías y diccionarios de escritores. Quien esto escribe también puede estar equivocado y falló en su búsqueda. Disculparán ustedes  al diletante en historia.

América, nueva Torre de Babel

El redactor anónimo del artículo “Conjunción de pueblos” de El Universal (citado por Rojas Pétriz en su libro Sandunga. Música sublime) coincide con Verdeja

Sousse de que, al continente americano, además de la gente de “Cartago, Creta, Egipto y Fenicia” llegaron otras razas del mundo, ya que, afirma: 

“Está aceptado que los ‘vikings’ llegaron a la costa oriental de los Estados Unidos y que de ahí bajaron al golfo de México. A este propósito Joel Verdeja Sousse (¿seudónimo?) […]”.

El “periodista” anónimo que le sirve a Rojas para su libro, supone que es un seudónimo el nombre de su consultado, por eso pone la interrogante entre paréntesis, sin embargo, lo sigue al pie de la letra. Rojas Pétriz debió leer esto y, no obstante, lo consideró un historiador serio como para armar sus propias conclusiones sobre la historia zapoteca del istmo. ¡Qué valor!, dicen por allá.

“¿En qué lugar se unieron los zapotecas y la raza mediterránea? En Tehuantepec”, señala el articulista (sólo le faltó la fecha exacta), y más adelante dice:

 “Se afirma que los huaves (mareños) son de origen normando (vikings) y que llegaron y se establecieron en la región que actualmente ocupan mucho antes de que los toltecas pasaran por Tehuantepec”. ¡Bófonos! Diría Catón. 

Con razón, cuando llegaron, los españoles (ya habrían pasado tres siglos),  se enfrentaron a grandes guerreros  con cascos, espadas de metal y barcos acorazados (que después escondieron para que los historiadores no se enteraran). También pasaron muchos trabajos para ocultar a los descendientes rubios y de ojos azules de los mareños, tal como eran los escandinavos, de mayoría danesa, que invadieron Normandía, la parte de Francia que se encuentra frente a Inglaterra, a mediados del siglo IX durante el reinado de Carlos III llamado El Simple. 

Esta afirmación de que los ikoods (huaves) son descendientes de vikingos, seguro le pareció a Rojas Pétriz muy exagerado, porque no lo consigna en su libro sobre la tehuanidad.

“El que no conoce a Dios…”

De ese tipo son los disparates de los que hablan Verdeja Sousse y el redactor anónimo, y que cree fielmente César Rojas. 

En realidad ninguno de los tres conoce de historia. César cree que la cultura egipcia, la cretense, la cartaginesa y la fenicia, existían en el mundo al mismo tiempo que la zapoteca y tolteca; por eso dice que el traje de tehuana tiene “una sorprendente similitud con el de la mujer egipcia”. Tal vez, pero, ¿de qué época? Seguramente las egipcias eran tan tradicionalistas que, en tantos miles de años, no evolucionaron en su vestimenta.  

Si César Rojas hubiera cursado la secundaria, con la materia de Historia Universal, sabría que, cuando él y sus “historiadores” ubican la llegada de los mediterráneos a Tehuantepec (el siglo XII, años 1101-1200. Edad Media) el mundo conocido estaba casi “globalizado”: 

Egipto ya no estaba  gobernado por faraones; había sido invadido por los hicsos (que introdujeron el caballo y el carro de guerra); ya había pasado del dominio griego (Alejandro fundó ahí la más famosa de las Alejandrías), al dominio romano (recuérdese el amorío de Julio César con Cleopatra, de cuya cultura sacó nuestro calendario, que primero se llamó juliano) y luego al musulmán. 

Los romanos ya habían pasado del dominio de casi todo lo que hoy es Europa y otras partes del mundo. Constantino había implantado el cristianismo ( 325 D.C.) y fundado la ciudad con su nombre Constantinopla (Constantinópolis), sobre la antigua ciudad griega Bizancio, que sería sede del Imperio Bizantino y continuaría con el poder a la caída de Roma a finales del siglo V. Para el siglo XII ya había pasado la época de Carlomagno; la mayor parte de Europa estaba alienada con la religión católica; y entre católicos y los otros fanáticos musulmanes llevaban siglos  peleándose el mundo.

Creta ya había pasado de ser griega, después, del Imperio romano de Occidente (Roma), luego del de Oriente (Constantinopla), más tarde árabe, y otra vez bizantina: antes del año 1000, el emperador Focas, envió griegos, eslavos y armenios para aumentar la población. Después de 1204 sería de dominio veneciano por cuatro siglos.

Para el siglo XII, los fenicios, ya no eran los señores de Biblos, Sidón y Tiro (ciudades-estado en el actual Líbano y la costa de Siria). Mil 100 antes de nuestra era, ya habían desarrollado su alfabeto (que mejoraron los griegos)  y, a la caída de su última ciudad,  800 años antes de Cristo, habían fundado Cartago. 

Son míticas las Guerras Púnicas contra Roma. Se llamaron así porque los romanos llamaban poeni o punici  (fenicios) a los cartagineses (del griego “phoenix”,  púrpura. “Los de la púrpura”, por ser los inventores de este tinte que extraían del molusco murex, abundante en las costas fenicias). Así que, estos tramposos de la historia cuando dicen que llegaron al istmo zapoteca, gente de Fenicia y Cartago, no saben de qué hablan. Después Cartago formó parte del Imperio Bizantino (incluso les dio un emperador) y luego cayó bajo los musulmanes. 

Por otro lado, los que llegaron a fusionarse con los zapoteca —si fue cierto—  eran una cáfila de idiotas, ya que con tantos avances en varios milenios de civilización: la rueda,  el reloj, el papel, el vidrio, las matemáticas, la polea, la brújula, los barcos y la navegación y, sobre todo, el alfabeto y el conocimiento para la fabricación del arma de metal, nada de esto aportaron a los indígenas. 

Los nativos de nuestro continente no habían llegado a la Edad de Hierro, si no, otra cosa sería en el enfrentamiento contra los españoles (no habrían llegado ni a Perote). Sin embargo, estos precursores de la moda, que llegaron de tantas culturas diferentes, sólo se preocuparon por influir en el vestido de tehuana.

Así como investiga, si César Rojas escribiera sobre los “Atlantes” de Tula, diría que esas columnas toltecas, representan a guerreros de La Atlántida, y para probarlo argumentaría que, “de ello muy bien da cuenta Platón en el Timeo y Critias, dos de sus Diálogos”. No obstante que los estudiosos contemporáneos (no los artículos que consulta César, que ni firma llevan) descartan esos datos por su inverosimilitud: Platón era filósofo, no historiador.

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