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Celebran 80 aniversario del hallazgo de la Tumba 7 de Monte Albán

Publicado por @Shinji_Harper el domingo, 8 enero 2012
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Oaxaca, México.- El descubrimiento de la Tumba 7 en Monte Albán, Oaxaca, el 9 de enero de 1932, es indudablemente un marcador temporal de la arqueología mexicana que significó, entre otras cosas, el inicio de la exploración de la arquitectura arqueológica monumental en México.

El hallazgo de la Tumba 7 fue espectacular, sobre todo por la magnífica ofrenda, compuesta por más de 400 piezas de materiales tan variados como oro, plata, cobre, obsidiana, turquesa, coral, hueso y cristal de roca, utilizados como materia prima para realizar collares, pendientes, narigueras, orejeras, pectorales, mosaicos, diademas, cráneos decorados y huesos tallados al estilo códice. La narración del momento del hallazgo hecha por Alfonso Caso en el Museo de lHomme en París, afirma el carácter romántico y aventurero de los inicios de la arqueología mexicana, y nos hacen envidiarle el hecho de “haber encontrado su tesoro”.

 

“….. Esta tumba que descubrimos el 9 de enero de 1932, es la que se conoce con el nombre de la Tumba7 de Monte Albán, y es en la que hemos encontrado tan gran tesoro que la coloca en primer lugar entre todas las tumbas descubiertas en este Continente.

Voy a relatar a ustedes cómo hicimos el hallazgo.

Durante los últimos días de la primera temporada de exploraciones en Monte Albán, habíamos descubierto ya la situación del cementerio. Algunas tumbas saqueadas alrededor de la carretera que conduce a la ciudad de Oaxaca a la Plaza Mayor de Monte Albán nos habían revelado la riqueza de este lugar.

Precisamente uno de los montículos cercanos a la carretera estaba siendo explorado por uno de mis ayudantes, el señor Valenzuela. No parecía extraordinario por su tamaño, per su situación junto al camino nos decidió a emprender la exploración. Pronto empezamos a descubrir los muros de un antiguo templo y encontramos que entre los escombros formados por la caída del techo y las paredes, había una ofrenda que consistía en un collar de jade, unas orejeras del mismo material y un gran caracol que había sido usado como trompeta.

Ahora bien, esta ofrenda entre el escombro del templo, indicaba que en su interior se encontraba algo de excepcional calidad. Por esa razón abrimos el pozo y pronto aparecieron las grandes piedras que forman el techo de una tumba zapoteca. Quitando algunas de estas piedras, dejamos un hueco suficiente apenas, para poder bajar y entonces el señor Valenzuela, pudo deslizarse por ese hueco y llegar al interior de la tumba llevando una linterna eléctrica.

Lo esperaba ansiosamente para saber que era lo que había dentro, y poder ampliar la exploración, pero sus exclamaciones de entusiasmo me decidieron a bajar, a pesar de que siendo más corpulento que Valenzuela, todavía no me explico cómo pude hacerlo.

Al observar el interior de la tumba, entendí el porqué de las exclamaciones de mi ayudante. Todo lo que se podía ver en lo que abarcaba la luz de nuestras linternas, era una rampa de tierra en la que estaban esparcidos huesos humanos, pero revueltos con la tierra y brillando a la luz de las linternas, se veían innumerables cuentas de oro, de cristal de roca, de jade y las plaquitas de turquesa que formaron alguna vez los espléndidos mosaicos.

Piezas de mayor tamaño y de una belleza inimitable, también podían verse sobresaliendo de la tierra. En un lugar, todavía ensartadas en los huesos del brazo de un esqueleto, se veían 5 brazaletes de oro y otros tantos de plata. Al centro de la tumba un gran pectoral formado con placas de oro, de exquisito dibujo, lucía como si acabara de caer del pecho de uno de los caciques, y una gran urna blanca enmedio de la tumba, se volvió translúcida cuando iluminé su interior con la linterna eléctrica, pues era de alabastro. En una esquina, una copa negra de cristal de roca, y el color negro se debía a que estaba lleno de tierra.

Cerca de uno de los nichos de la tumba, un craneo humano decorado con mosaico de turquesa, tenía sobre los ojos dos discos de concha y enfrente de él, unas largas placas de hueso, esculpidas, mostraban la filigrana de sus relieves. Pectorales, orejeras, mascarillas de oro, de jade, de obsidiana, cristal de roca y ámbar, sobresalían en parte de la tierra que las filtraciones habían ido acumulando sobre esos tesoros.

Medimos entonces rápidamente Valenzuela y yo la longitud de la tumba para poder abrir otro pozo de exploración y entrar por la puerta, que estaba tapada con grandes piedras y totalmente cubierta de tierra y salimos por el mismo lugar que habíamos entrado.

Al salir de la tumba era ya la caída de la tarde, pero decidimos continuar la exploración, pues no podíamos dejar abandonado en la montaña el enorme tesoro que estaba a nuestras plantas. Después de largas horas de exploración, otra vez pudimos volver a entrar a la tumba, a las 11 de la noche, y recoger y catalogar los objetos que se descubrían en su superficie, dejando para el siguiente día la exploración de aquellos otros, que estaban bajo tierra y que eran invisibles.

Durante 8 días junto con mi esposa y los señores Valenzuela y Bazán, exploramos la tumba, y en la contínua labor de exploración y catalogación de los millares de objetos que contenía, mi admiración por los antiguos orfebres que habían logrado esas magníficas obras de arte, iba creciendo, y recordaba las frases que parecían exageradas de los conquistadores, al descubrir el tesoro de Moctezuma, el Rey de México, y al comentar otras preseas que tuvieron ellos en sus manos, como en ese momento teníamos nosotros en las nuestras las joyas de los caciques.

Teníamos allí la prueba palpable de una cultura refinada y exquisita. Los huesos humanos era todo lo que quedaba de los grandes señores que habían dominado el lugar, y a quienes habían pertenecido esos tesoros; pero en los grabados de las placas de hueso de jaguar, estaba escrita su historia que sólo ahora podemos empezar a descifrar. Se habla allí de conquistas; de los días y de los años en que ocurrieron los acontecimientos; de los astros, que como dioses regían los destinos de los hombres, y de las ceremonias que había que cumplir para honrarlos.

Todos los objetos encontrados en la tumba estaban hechos en materiales preciosos. Las mismas vasijas eran de plata, de alabastro, de cristal de roca. Encontramos más de tres mil perlas, una de ellas tan grande como un huevo de paloma, y aunque algunas estaban maltratadas por la acción de los agentes naturales, otras se conservaban todavía en tal forma que es casi increíble.

Pero cuando terminamos la exploración de la tumba, ya cerca del piso de ella, encontramos unos cuantos objetos de barro y de piedra, toscos y mal hechos, que indudablemente no pertenecían al entierro superior. Ya a la entrada de la tumba habíamos encontrado 3 grandes urnas de barro que, como veremos, nos daban la explicación de este enigma.

Es que la tumba misma, el edificio, fué construído en una época por los zapotecas que depositaron allí sus cadáveres e hicieron un entierro. Después la tumba fué tapada y construyeron encima de ella un templo. Pasaron muchos años, los zapotecas abandonaron Monte Albán y el techo y las paredes del templo se derrumbaron formando un montículo de escombro.

Fué entonces cuando los mixtecas conquistaron el Valle y se establecieron en las faldas de la montaña. Para enterrar a sus señores deben haber buscado un lugar cerca de los templos antiguos en que en una época habitaron los dioses, y abriendo un pozo en uno de esos montículos, encontraron la antigua tumba zapoteca.

Sacaron seguramente los restos de los esqueletos y la mayor parte de los objetos que se encontraban en la tumba; formaron con la tierra una especie de rampa que les permitía bajar fácilmente entrando por el techo, y depositaron sobre esta rampa los huesos de sus caciques y las joyas que les habían servido de adorno, en vida. Volvieron a tapar entonces la entrada por el techo, y acumularon sobre ella el escombro, pero antes de retirarse hicieron la ofrenda del collar de jades, de las dos orejeras y de la trompeta de caracol que, como he dicho a ustedes, encontramos ya entre el escombro del templo.

Como no entraron por la puerta, las grandes urnas zapotecas que estaban en la antecámara, permanecieron intactas, pero no así los objetos de barro y de piedra cuyos restos encontramos en el fondo de la tumba.

Así pues la Tumba 7 fué usada dos veces. Una vez por los zapotecas que la construyeron, y otra vez por los conquistadores mixtecas que hicieron el entierro de las joyas. La época de este entierro es comparativamente muy reciente, por supuesto hablando en términos de arqueología, es muy posible que estas joyas fueran enterradas en Monte Albán más o menos a mediados del siglo XV de Cristo…”

El hecho de haber sido el descubridor del invaluable tesoro de la Tumba 7, obligó a Alfonso Caso a dar una interpretación oficial de su contenido. Atreverse a sugerir tempranamente que el contenido de la tumba era en realidad un enterramiento y una ofrenda mixtecos le acarrearon severas críticas, no sólo entre la población común, sino también en el sector académico. Así el mundo tuvo que esperar más de tres décadas antes de conocer la real riqueza del descubrimiento.

En su libro El tesoro de Monte Albán, en el que finalmente describe el contenido de la Tumba 7, Alfonso Caso nos enseña, sobre todo, que el valor del hallazgo arqueológico se manifiesta exclusivamente a través del ejercicio científico de la interpretación.

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