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Campaña de periodistas por el respeto de los DSYR de la juventud

Publicado por @Shinji_Harper el martes, 17 abril 2012
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Guadalupe Cruz J./CIMAC

 

Oaxaca, México.- Antonia Pedro Blas, indígena otomí de 26 años, tuvo al primero de sus cuatro hijos cuando todavía era una adolescente. La originaria de Querétaro salió de su pueblo sin concluir la primaria; al llegar a esta capital comenzó a trabajar en una panadería y después se “juntó” con su novio.

 

La joven, residente de un predio irregular en la colonia Roma, nunca ha utilizado un método anticonceptivo a pesar de tener interés en regular su fecundidad, ya que teme que dañe su salud, como le ha pasado a algunas de sus conocidas, dijo a Cimacnoticias.

 

En el DF hay 122 mil 411 personas de cinco años y más que hablan alguna lengua indígena, es decir una de cada 100 personas en la capital del país habla alguna lengua de este tipo, mientras que a escala nacional la proporción es de seis por cada 100, según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi).

 

Las principales lenguas habladas por las y los indígenas en esta ciudad son náhuatl, mixteco, otomí y mazateco. Esta población habita principalmente en las delegaciones Cuauhtémoc, Venustiano Carranza, Iztapalapa, Coyoacán, Iztacalco y Gustavo A. Madero, de acuerdo con la Secretaría de Desarrollo Rural y Equidad para las Comunidades (Sederec).

 

Rosa María Zabal, coordinadora general de la organización Kinal Antzetik-DF, indicó a Cimacnoticias que las y los indígenas, quienes comenzaron a migrar al DF hace 40 años, provienen sobre todo de entidades vecinas como Hidalgo, Estado de México, Morelos y Querétaro.

 

Una vez en la capital, padecen discriminación y carecen de las condiciones económicas para satisfacer sus necesidades básicas de alimentación, educación, salud y vivienda digna. “Ocupan casas y edificios deshabitados, se asientan en lotes abandonados”, y viven en alto grado de marginación, detalló.

 

IGNORADAS

 

Las necesidades de adolescentes y jóvenes indígenas, quienes forman parte de los 2.5 millones de jóvenes que viven en la Ciudad de México, son ignoradas “principalmente en cuestiones polémicas como los derechos sexuales y reproductivos”.

 

Ellas suelen ser víctimas de violencia en el noviazgo, se casan muy jóvenes o tienen muchos hijos, indicó Zabal.

 

La vida de Antonia Pedro Blas muestra la desigualdad de oportunidades para las personas indígenas en la capital, misma que repercute en su salud sexual y reproductiva.

 

La mujer estudió hasta segundo año de primaria en Santiago Mexquititlán, Querétaro, comunidad otomí que tuvo que abandonar junto con su familia porque en la localidad no había agua para sembrar y el maíz se secaba.

 

Su familia fue una de las primeras en llegar a la calle de Zacatecas número 74 en la colonia Roma. Luego ella buscó un empleo.

 

En 700 metros cuadrados viven 27 familias, cada una conformada en promedio por seis integrantes que habitan en “cuartos de lámina” de tres por cinco metros cuadrados. Cuando Antonia cumplió 19 años de edad se “juntó” con su novio y a los seis meses tuvo a su primer hijo.

 

MIEDO

 

A la otomí le hubiera gustado tener solamente un hijo, pero tuvo tres más porque no utilizó ningún método anticonceptivo. Dijo que en la escuela le dieron información, “pero como niña no le llamaba la atención; ya de grande te das cuenta de que hace falta saber”.

 

En México sólo 58 por ciento de las indígenas utilizó algún método, mientras que el promedio nacional es de 73.5 por ciento entre la población femenina en edad reproductiva.

 

La necesidad insatisfecha de anticonceptivos (NIA) entre las indígenas es de 21.5 por ciento, la segunda más alta en el país después de las adolescentes (24.9 por ciento), según la Encuesta Nacional de la Dinámica Demográfica 2009.

 

Antonia sólo cursó la primaria, la terminó en sistema abierto cuando tenía 15 años. Ella no quiso seguir estudiando y decidió seguir laborando en una pastelería cercana al predio, donde comenzó a trabajar a los 13 años de edad.

 

La joven, quien ahora se dedica al cuidado de sus hijos, refirió que además de no recordar cuáles eran los métodos y cómo los podía utilizar, no los usó por miedo.

 

“No soy de ir al doctor y ponerme algo (dispositivo intrauterino). Me da miedo porque las compañeras (sus vecinas en el predio) que se han cuidado dicen que duele la espalda”, señaló.

 

Además –acusó– ha sufrido discriminación y maltrato en los servicios de salud donde le han negado la atención.

 

PARTOS EN EL BAÑO

 

Prueba de ello es que sus dos últimos partos ocurrieron en el baño del Hospital Gregorio Salas de la Secretaría de Salud del DF, ubicado en el Centro Histórico, ya que a pesar de estar a punto de parir en el área de urgencias le dijeron que tenía que esperar porque las salas de expulsión estaban saturadas.

 

“Los tuve sola. Cuando se dieron cuenta fueron por nosotros, regañaron a mi esposo y a mí, pero ellos no me quisieron atender”, recordó molesta. Por ello Antonia sólo va al centro de salud cuando sus hijos se enferman o les toca la aplicación de alguna vacuna.

 

No obstante dijo que le gustaría tener más información sobre cómo “cuidarse” para evitar otro embarazo y de este modo cuidar a sus hijos, y continuar con su lucha por una vivienda digna, mediante la expropiación del terreno en Zacatecas 74, la cual solicitaron al Instituto de Vivienda del DF desde hace más de ocho años.

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