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Hace 133 años nació José Vasconcelos

Publicado por Naked snake el viernes, 27 febrero 2015
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Enrique Krauze

Siempre me he colocado del lado de los que procuran hallar

en la tierra aproximaciones concretas a la belleza absoluta.

José Vasconcelos

Para leer las Memorias

En un transparente prólogo a las Páginas escogidas (1940), Antonio Castro Leal comparó algunos cuentos de Vasconcelos con los paisajes del pintor holandés Ruysdael, en los que una angosta faja de tierra sostiene un cielo inmenso.

Este símil sería apropiado no sólo para la obra de Vasconcelos sino también para su vida, si el acto de sostener reflejase tensión permanente, una lucha a un tiempo voluptuosa y amarga. De haber asumido el destino místico al que propendió siempre, Vasconcelos habría logrado separar de modo natural sus dos esferas, desvaneciendo sin esfuerzo la faja terrena. Pero lo extraordinario de su vida está precisamente en la formidable tenacidad con que intenta, sin lograrlo y por los caminos más contradictorios, desasirse. Su vida no es una estación: es tránsito que se reinicia siempre. O mejor: es el lugar moral de un desgarramiento.

Jorge Cuesta percibió estos elementos antes que nadie, y más claramente que el propio Vasconcelos:

vasconcelos1La de Vasconcelos es la vida de un místico; pero de un místico que busca el contacto con la divinidad a través de las pasiones sensuales. Su camino a Dios no es la abstinencia, no es la renunciación del mundo. Por el contrario, tal parece que en Dios no encuentra sino una representación adecuada de sus emociones desorbitadas y soberbias, que no admiten que pertenecen a un ser hecho de carne mortal. Su misticismo es titánico.

¿Qué lectura corresponde a un destino así? No, desde luego, una lectura fáctica, aristotélica: recuento honrado y curioso de fechas, actos, fundaciones. Sería tanto como cerrar los ojos al cielo inmenso y reducir el paisaje a la franja terrenal. Cabría más bien una lectura inversa que comenzase por las nubes, una lectura descaradamente idealista donde la vida no transcurre sino que flota en sus esencias. A partir de ese perfil espiritual la mirada platónica intentaría lo más difícil: reconocer los momentos de tensión con el mundo, comprender lo que algunos hombres padecen y gozan por llevar el cielo a cuestas o por querer abarcarlo.
Leer a Vasconcelos en sus propios términos puede no ser más que un ejercicio de circularidad. También de comprensión. No todos los lectores lo han entendido. Hay la convicción de que su vida se explica por la vida del país, por sus azares políticos, sus conflictos sociales, su mentalidad colectiva. Por mi parte, creo que su destino obedeció a voces ajenas o indiferentes a su tiempo y entorno. Las claves de su desgarramiento son dos estados del alma: el amor y la religión.

Leídas así, como la historia de un extravío místico en el mundo, como historia de amor y de fe –no como novela de la Revolución–las Memorias, en particular Ulises criollo y La tormenta, descubren su verdadero rostro. Los hechos terrenales se reducen a la condición de meros accidentes. Los hechos que cuentan son otros, y deben leerse paralelamente a la autobiografía: los poemas, cuentos, ensayos, himnos, cartas que atestiguan el tránsito del alma por una tormenta no nacional sino íntima. Una revelación espera a todo el que lea platónicamente las Memorias: Ulises criollo es, en verdad, José Vasconcelos.

Alma Máter

Hay casos famosos de edipismo en la literatura mexicana: la sombra que se interpone entre Rosario y Manuel Acuña, la de Arturo “el bohemio puro”. Memorables Edipos en verso. El Edipo en prosa de Vasconcelos, sin embargo, ha pasado un tanto inadvertido, aunque es sin duda mucho más profundo, significativo y complejo. Más abierto también. A evocarlo dedica la tercera parte del Ulises criollo. La primera historia de amor narrada en sus memorias es, antes que la pasión por Adriana, la pasión por la madre: Carmen Calderón. Todas las vidas de Vasconcelos parten de ese vínculo y en él concluyen.

El recuerdo de pasadas grandezas y abolengos por el lado materno habitaba aquella casa en Piedras Negras. Venían de Oaxaca, tierra de déspotas ilustrados: Benito Juárez y Porfirio Díaz. Quizá en reacción al mundo protestante que los circundaba y con seguridad por una arraigada vocación, la madre instruye a sus hijos, especialmente a José, en la práctica cotidiana y devota de la religión católica. Práctica no restringida al rito; también, en cierta medida, intelectual, que no excluye ni el diálogo ni la polémica, las lecturas iluminadas de San Agustín y Chateaubriand, aun cuando en un momento de ira contra un tío librepensador incurre en la quema de libros heréticos. Junto a su madre, José vio aparecer fugaces objetos de otros mundos y vislumbró una sonrisa milagrosa en la Virgen del Carmen. Si Vasconcelos inventó estos hechos, o si los soñó, lo cual es improbable, su significación no cambia. Ficticios o reales, revelan el dato fundamental de su vida: la religiosidad matrilineal.

La niñez de Vasconcelos transcurre en ámbitos apartados del catolicismo: la frontera norte; Campeche, ciudad liberal, cuna del agnóstico Justo Sierra; Toluca, donde había oficiado su fervoroso ateísmo el Nigromante. En estas circunstancias, más que una educación religiosa formal, lo que la madre podía ejercer con su prédica y ejemplo era un rito de iniciación. Este carácter privado y defensivo, no social ni institucional, con que Vasconcelos accede al catolicismo, tendría consecuencias profundas en su religiosidad: la haría volátil, heterodoxa y –excepto, acaso, en su vejez– marcadamente personal: transmitida por personas, encarnada en personas.

A principios de los años treinta, en un periodo de aguda crisis vital, Vasconcelos intentó los primeros ejercicios autobiográficos que lo conducirían al Ulises criollo. En uno de ellos, el cuento quizá más personal que escribió, admite con sencillez e inocencia “Yo fui primero mi madre”:

Desde antes de la pubertad, cuando comencé a tener conciencia, me empecé a sentir como una especie de prolongación espiritual de mi madre. No sólo interiormente la heredaba, con las mismas maneras de ver las cosas, los mismos gustos y un idéntico reflexionar profundo y mudo que nos hacía parecer melancólicos; también en lo físico yo era el retrato disminuido de aquella fuente de mi propia esencia: cara alargada, ojos tristes y cierta palidez un poco lánguida, sacudida por frecuentes descargas de nerviosidad vivaz y aun, a ratos, luminosa. Cuando platicábamos juntos, en las largas conversaciones de mi despertar, éramos lo mismo; éramos como una misma alma que se asomase a la vida por dos seres de sentidos iguales, unos más experimentados, otros más lozanos; pero era una, sin divisiones, nuestra conciencia.

Por no separarse de ella piensa por momentos en abandonar sus estudios preparatorianos en México. Las páginas que dedica en el Ulises criollo a narrar esta separación pueden equipararse con las que en La tormenta refieren la ruptura con Adriana. Su muerte lo sorprende lejos, a los 16 años de edad. Desde entonces, recuerda el personaje de “Las dos naturalezas”:

…yo viví para dos; para los dos que ya éramos: ella y yo; ese “ella y yo” que jamás vuelve a encontrarse en la vida. En cierta manera yo sentía que ella seguía viviendo y reencarnaba en mí: yo era como su propia conciencia trasladada a un nuevo cuerpo. Lo que ella había pensado yo lo volvía a pensar, y nuestros sentimientos se repetían en mi corazón a tal punto que no sólo vivía yo para ella, sino que me sentía tan anegado de su presencia que sus simpatías, sus parentescos y preferencias eran también la ley misma de mi corazón. A tal punto éramos idénticos la muerta y yo, que en sus más hondos resentimientos yo la heredaba por entero. Ni un solo resquicio de mi corazón dejó de sentirse anegado de su alma.

Hay seguramente otros hechos que dejan huellas en la vida de Vasconcelos desde su niñez: su experiencia cultural en la zona fronteriza, terreno de tensión, margen donde la identidad está en riesgo de perderse y por eso se atesora más. La errancia familiar prefigura futuras odiseas. Pero ninguna otra experiencia lo moldea tanto, de manera tan decisiva, como su adoración por la madre. Su legado fue doble: por un lado, la huella de una intensa armonía mística y erótica que Vasconcelos trataría furiosamente de recobrar toda su vida. Por otro, la actitud de reducir la religión al sujeto de ésta, paso previo a sentirse, a adivinar en sí mismo, un elegido.

Solo y único

Para procurar el reencuentro había que hacer y superar aprisa los papeles convencionales de la vida terrenal: carrera de abogado, temprana práctica profesional sirviendo a Dios, al diablo o a un bufete norteamericano, fortuna rápida. Casarse por accidente, tener hijos. En 1910, a sus 28 años, Vasconcelos había logrado ya lo que a otros esforzados seres humanos les lleva y colma una vida. Con todo, su verdadera búsqueda y su sitio no parecían de este mundo.

La vertiente religiosa de su afán encontró compañía hacia fines del régimen porfiriano en el Ateneo de la Juventud. En experiencia, Vasconcelos comparte la postura dominante de su generación, cuyo propósito es combatir al positivismo que “no encuentra el alma bajo el bisturí”. El Ateneo es el débil eco de una vieja crítica a la Razón y la Ciencia que se remonta al romanticismo y, aun antes, a Blake. En Nietzsche, el Ateneo encuentra el ideal heroico; en Schopenhauer, la estética de la voluntad, el misterio del desinterés; el gran personaje es Bergson, su prédica antiintelectual, la fe en la intuición como vía de conocimiento, el élan vital que se impone al concepto lógico y mecánico de la vida. Un aire espiritualista de familia corre en ciertas obras que en esos años escriben Reyes, Antonio Caso y Vasconcelos, un “dinamismo que se inicia en las cosas pero que, transformándose por intermedio del hombre se dirige a lo divino”. El tema es, en el fondo, idéntico: las escalas de la actitud humana, los rangos de la vida, desde las más inertes y biológicas hasta las de mayor calidad mística.

Pero entre Vasconcelos y los ateneístas son más las diferencias que las simpatías. Siempre se mantuvo un poco al margen de ellos. Les parecía cálido pero indescifrable. Vasconcelos no intenta el apostolado académico de Caso, el apacible humanismo de Reyes; la estoica sabiduría de Henríquez Ureña, la bohemia de Gómez Robelo. No busca conocer los valores sino, heroicamente, encarnarlos. No publica en ninguna revista literaria, y cuando lo hace es para introducir un sistema descabellado, pretencioso, totalizante y original, como su “Teoría dinámica del Derecho”. No imparte cátedras ni ciclos de conferencias. A las platónicas reuniones del Ateneo, presididas –para disgusto de Vasconcelos- por un busto de terrenal Goethe, acudía el “zapoteca-asiático” –como le decía Reyes– con los sermones de Buda. “El poderoso misticismo oriental nos abría senderos más altos que la ruin especulación científica. El espíritu [aquí Vasconcelos se refiere, claro, a su espíritu] se ensanchaba en aquella tradición… más vasta que todo el contenido griego”. Caso procuraba el saber para predicarlo: era un guardián de la cultura. Reyes y Henríquez Ureña perseguían el saber para trasmutarlo en literatura. Pero Vasconcelos despreciaba, en el fondo, los afanes del Ateneo. Andaba en busca, no del saber, sino de la revelación:

Mis colegas leían, citaban, cotejaban por el solo amor del saber. Yo, egoístamente, atisbaba en cada conocimiento, en cada información, el material útil para organizar un concepto del ser en su totalidad.

Búsqueda múltiple. La religión de la Ciencia lo sedujo mucho más de lo que admitiría en el Ulises criollo. En un breve recuento histórico escrito en 1916 hablaría de la “lógica honrada y precisa del inglés Stuart Mill”, de la “deslumbrante sociología de don Francisco Bulnes”, y “el razonar sólido y el amplio vuelo de Porfirio Parra”. En sus libros filosóficos había el prurito –casi siempre fallido o superficial- de no contradecir la verdad científica. Hacía 1908, Alberto Vásquez del Mercado lo recuerda disfrazado de riguroso mandil, dando órdenes apresuradas en un juzgado antes de una tenida masónica. En esos años practicó con fervor el espiritismo. Su gran consuelo fue Schopenhauer, bálsamo para el genio que espera, pesimista alegre, desdeñoso del éxito fácil y vacío. Toda lectura de anunciación profética lo seducía, y por eso mismo, con la probable excepción de Plutarco, hallaba pobres y decadentes –es decir, demasiado humanos- a los clásicos grecorromanos.

A pesar de que Vasconcelos fue un activo maderista de primera hora –otra diferencia con el resto del Ateneo– la historia y la sociedad mexicanas no eran para él, como tampoco para sus amigos, realidades visibles. Hay una abstracción en todo lo que entonces escribe Vasconcelos, tenues referencias al destino cuya voz parece insinuarse pero cuyo mensaje permanece obscuro. Esperanza e ideal eran las palabras del instante, plenas de tensión retórica pero vacías de contenido social o propósitos morales concretos. Los pueblos y los hombres deberían realizar un acontecimiento misterioso e incontrolable cuya naturaleza jamás se aclara. Lo único claro de Vasconcelos no está en su mensaje idealista sino en el tono, en su rara exaltación profética: “Al oírlo –recordaba Martín Luis Guzmán– quedábamos en suspenso, fulminados por su prosa.” Durante las fiestas del centenario pronunció la conferencia titulada “Gabino Barreda y las ideas contemporáneas”, epitafio personal –y, a fin de cuentas, histórico– a la ideología oficial del Porfiriato: el positivismo. Aquel discurso fue el primer anuncio de que Vasconcelos se sentía “solo, único y llamado a guiar”, un héroe nietzscheano capaz de cantar junto al abismo:

Y en el extraño dolor de la espera, un vislumbre del porvenir, rápido y trágico, muestra lo que nos falta inaprensible y lejano; sentimos la inutilidad de nuestro individuo y lo sacrificamos en el deseo de lo futuro, con esa emoción de catástrofe que acompaña a toda grandeza.

Águila maderista

Entre 1911 y 1920, mientras el país experimenta la mayor transfiguración de su historia, Vasconcelos vive una aventura personal ajena a la circunstancia política: su idilio con Adriana. Por estos años, asimismo, se inicia la lenta germinación de su fantasía filosófica. En esto, a pesar de su compromiso original y permanente con el maderismo, su actitud no es distinta de la de Caso predicando el Evangelio en medio de los balazos, o de la de Reyes y Henríquez Ureña huyendo para salvarse de la barbarie. De una u otra forma, todo el Ateneo se exilia. Unos deploran el levantamiento; otros pocos, Vasconcelos entre ellos, lo celebran o cuando menos lo aceptan como un cataclismo natural y necesario, “oleada devastadora y fertilizante”. Sin embargo, ninguno de estos intelectuales, aun viviendo en el torrente revolucionario, posee un horizonte social o nacional. Extraña paradoja: el espiritualismo, el antiintelectualismo, armas efectivas y hasta revolucionarias contra la liturgia positivista, les vedaban la comprensión social de la Revolución. Andrés Molina Henríquez, viejo juez positivista, conocía la realidad mexicana infinitamente mejor. Los ateneístas no intentaban siquiera conocerla. Vivían en Grecia, no en México.

Muy pronto, cuando se publique una biografía profunda de Vasconcelos, vendrán quizá las evidencias contra esta hipótesis. El propio Vasconcelos la habría refutado. Fue, en efecto, un maderista influyente desde un principio. Madero le tenía el mayor aprecio y confianza; tal vez lo habría visto, a la larga, como el heredero perfecto. Conoceremos los detalles de su labor periodística en apoyo de Madero, su desempeño como delegado diplomático del constitucionalismo. Se aclararán sus relaciones con Villa, Zapata, Carranza y sus fatigas como efímero Ministro del Gobierno de la Convención. Pactos, riesgos, alianzas. Incluso datos sobre su vida material: cómo financió su largo exilio. Podemos calibrar su influencia política, sus actividades de conspirador y, lo que es más importante, la consistencia moral que propone La tormenta.

Durante esos años su vida es intensa. Desde 1909 se involucra en el maderismo y vive en carne propia las persecuciones de la policía porfirista por su participación como jefe de redacción de El Antirreeleccionista, órgano de difusión del maderismo. Su precipitada huida hacia San Luis Potosí y la incertidumbre de esos días lo hacen dudar, por unos meses flaquea y guarda distancia. Es hasta marzo de 1911 cuando decide reincorporarse al maderismo y marcha a Estados Unidos para unirse al movimiento revolucionario, haciéndose cargo de la Agencia Confidencial de la Revolución en Washington, en donde permanece hasta el triunfo revolucionario.

De regresó en México, Vasconcelos opta por dedicarse a sus negocios particulares. Abre nuevamente su despacho jurídico, ubicado en la calle de Gante, y se dedica a “contemplar independiente y dichoso, el desarrollo de los acontecimientos nacionales”. Había rechazado colaborar en el gobierno maderista para evitar los ataques de la prensa que continuamente acusaban a Madero y a sus allegados de aprovecharse de los puestos públicos para su beneficio personal.

Estando en Tampico, se entera que un levantamiento en contra de Madero ha estallado en la ciudad de México. Su muerte marcará su rumbo político hasta 1929. Huyendo de los huertistas, sale de México y se une al constitucionalismo como agente diplomático. Después de la caída de Huerta, diferencias políticas con Carranza lo ponen del lado de la Convención revolucionaria en octubre de 1914 y acepta la cartera de Instrucción Pública y Bellas Artes en el gobierno de Eulalio Gutiérrez. Las pugnas internas, la derrota militar de los convencionistas y el triunfo definitivo de Carranza lo obligan a exiliarse hasta 1920, año en que regresará para ocupar la rectoría de la Universidad y posteriormente la Secretaría de Educación Pública.

Pero ¿cuál fue, en lo íntimo, su actitud frente a la Revolución? ¿Cómo la pensó? Ya en 1914, Alfonso Reyes –que nunca fue ni por asomo ideólogo social– se quejaba con Henríquez Ureña: “Vasconcelos no tiene noción de los valores sociales.” Y en 1926, Manuel Gómez Morín, representante de un grupo cuyo único horizonte es justamente el de los valores sociales, escribe esta respetuosa condena:

Del caos de 1915 nació la Revolución. Del caos de aquel año nació un nuevo México, una nueva idea de México y un nuevo valor de la inteligencia en la vida.

Quienes no vivieron ese año de México, apenas podrán comprender algunas cosas. Vasconcelos y Alfonso Reyes sufren todavía la falta de esa experiencia.

Hay pasajes en La tormenta y datos elementales –como su prolongada ausencia de México entre 1915 y 1920– que leídos ahora confirman en parte las palabras de Gómez Morín. El discurso de Vasconcelos ante la Convención de Aguascalientes es una prueba. En él toca y sanciona el programa económico y social de la Revolución, pero lo hace deprisa, como quien habla de medios, no de fines, de elementales problemas de la materia y no de trascendentales asuntos del espíritu. Vasconcelos se erige, quizá por primera vez, en conciencia histórica de la Revolución: la memoria viva de Madero. Se trata de una reducción del fenómeno revolucionario para ajustarlo a su anhelo místico personal: una encarnación. Desde la tribuna decreta que la historia desemboca en el sitio donde habla, y lo santifica. Todo intento de reforma debería basarse en el “código verdaderamente santo” de 1857, fuente, a su vez, de inspiración y legitimidad para Madero. Había que poner en práctica desde luego, con precisión quirúrgica, las ideas radicales de la Revolución, única vía para restablecer el orden constructivo y la concordia. Pero Vasconcelos advierte en términos de la más pura cepa liberal:

No olvide la Revolución, si quiere cumplir sus fines, el respeto que se debe la personalidad humana, única entidad que suele estar por encima aun de las mismas revoluciones.

Si la legitimidad histórica proveniente de la Reforma y de Madero confluía ahora en el presidente Eulalio Gutiérrez, su futuro secretario de Instrucción Pública José Vasconcelos podía pensar en rigor que todos los gobiernos siguientes, construidos, como el de Huerta, sobre la remoción violenta de aquel régimen, eran por necesidad usurpadores. A partir de ese momento él es ya, frente a sí mismo, en carne propia, un nuevo Madero. Cualquier liberal genuino, de entonces o de ahora, concedería que Vasconcelos entendió la naturaleza política del conflicto: la lucha por la libertad y la democracia.

Pero no la lucha por la tierra y el pan. Como ocurrió con Mariano Azuela y Martín Luis Guzmán. Vasconcelos no reconoció, no leyó la naturaleza social y económica de la Revolución. Para interpretar lo que ocurría ante sus ojos o encontrar analogías históricas, los escritores del Ateneo estaban más cerca del Facundo de Sarmiento –con su oposición entre Civilización y Barbarie– que de una historia social. Incluso José Clemente Orozco, ajeno al Ateneo, ve sólo una lucha festiva y macabra, no una querella social. Hasta entonces, la Revolución era sólo la Revolución: el maderismo y la bola.

Vasconcelos tampoco reconoció plenamente ciertas tensiones morales de la Revolución, de toda revolución. Le habría bastado una auténtica mirada cristiana. La caridad que predicaba Caso o la piedad de Orozco por los “pobrecitos peones zapatistas”, balaceados por los Batallones Rojos. O la indignación, la desesperanza, el asco ante la violencia. Pero ¿dónde están las obras, los panfletos, los llamados, los estudios de Vasconcelos en esa época, que se acerquen remotamente a La querella de México de Martín Luis Guzmán, o a Los de debajo de Azulea? El suyo es un vago dolor histórico. Le duelen las mitologías, no las personas. Lo que en el fondo lamenta y mitifica es su exilio. En Lima, en 1916, habla ya de sí mismo como “Ulises”. También en Lima, pronuncia el discurso “Cuando el águila destroce a la serpiente” en que decreta la genealogía del mal: “La Colonia, cruel, mezquina, dolorosa, sombría”, Iturbide, la dictadura porfirista, Huerta y, por último, el robo, la usurpación, la supuesta componenda del régimen que él mismo llamó “carranclán” con los Estados Unidos. Pero junto a esta galería de “serpientes”, Vasconcelos indica la filiación de las “águilas magníficas”:

los héroes fundadores, Hidalgo, Morelos, Mina, Guerrero… [La] docena heroica que se llama Ocampo, Lerdo, Prieto, Ramírez, Juárez, todos abnegados, firmes, buenos y libres.

“Danos –invocaba a Dios, finalmente– otra legión de héroes… y ponlos a gobernar.”

Una pequeña premisa –apenas disimulada– recorre los contados escritos que dedicó a su país en esos años de tormenta: “El águila mayor soy yo.”

Adriana o su alma

Mientras llegaba la hora de volver a Tenochtitlan, el águila remontaba el vuelo por Europa, los Estados Unidos y la América hispana en compañía de una “Venus elástica”, Elena Arizmendi, la hermosa y enigmática Adriana de La tormenta. En torno a su pasión por ella, Vasconcelos escribió una de las más intensas historias de amor de la literatura mexicana. Páginas ajenas al romanticismo, lo son también al erotismo manifiesto y al subterfugio moral. Una vida y una narración que –según Octavio Paz- sólo admiten un adjetivo: encarnizadas.

La historia, descrita por Vasconcelos, es conocida y verosímil. Para él un divorcio debió de ser casi teológicamente impensable. Desde un principio sabe que perderá a Adriana; pero construye su amor con base en esa certeza. Durante el maderismo, “la dicha los reclamaba a todas horas”. La plenitud es inexpresable, por eso en La tormenta nada más la sugiere y entreabre, una y otra vez, con un ritmo literario que en sí mismo resulta metáfora fiel del ritmo amoroso. Pero con Huerta y con la Revolución constitucionalista empezó el exilio y la caída. Contradicción insuperable: Vasconcelos es, antes que nada, un hombre tocado por el absoluto. “Sólo me conforma el infinito”, dijo muchas veces. No condesciende a un amor fragmentario. Para él, Adriana es sola e irremplazable, es seguramente la mujer que más amó en su vida. Pero es también un amor condenado de raíz a una existencia parcial, nunca absoluta. Fue su compañera y amiga intelectual, su amante y su soldadera. “Era espantoso –recuerda Vasconcelos en uno de sus frecuentes y admirables momentos desgarrados– no poder darle toda la protección, todo el fervor que su naturaleza extraordinaria demandaba.” Optaron por durar.

En La tormenta narra cómo los celos vertiginosos volvían amarga, provisional, insuficiente toda posesión. Actos de piedad y rencor, de simpatía y crueldad, regidos por leyes caprichosas. Ritmos, desdenes y reencuentros, formas misteriosas en que la pasión se reanuda. Astucias siempre fallidas para burlar a la naturaleza; huidas que son bienvenidas y, en el fondo, soportándolo todo, un abrazo de huérfanos y “desamparados”. Amagos de sacrificio como aquel en que Adriana se mutila la trenza que debió de ser prodigiosa; escenas absurdas, casi grotescas, como aquélla en que Vasconcelos y su esposa consuelan a Adriana y la disuaden de entrar en un convento. Es difícil escribir sobre esas páginas y expresar lo que reflejan. Páginas y momentos de humildad, ternura, miseria y humillación, aun a costa de la dignidad.

Pero quedaba el Infierno. Adriana lo abandona en Lima a fines de 1916 y viaja a Nueva York. A Vasconcelos lo obsesiona la mala yerba de los celos. Su afán –decía– era la reconciliación o la venganza. Quiso desasirse, descender hasta el fondo: “Contrariar una pasión es quedarse con el resabio de la ilusión mentida, agotarla es librarse.” Buscó el reencuentro en Nueva York y lo que halló fue el tragicómico affaire de Adriana con Martín Luis Guzmán, alias Rigoletto. Affaire que Vasconcelos, no cabe duda, vivió como traición liberadora.

La tormenta refiere encuentros posteriores en que el absoluto se ha corrompido. Escenas o fantasías marcadas por la tentación, la ferocidad, “la urgencia de echar el decoro al pozo”, “enternecimiento, excusas, piedad”. Ni siquiera la apuesta final, la del paso del tiempo, pudo ayudarle. Se repliega entonces a su antigua creencia en la autonomía del alma. Sólo halla consuelo en el pacto que alguna vez habían hecho, comprometiendo zonas más profundas del ser:

Lo único que entre ella y yo quedaba vivo era el lazo de las almas, el juramento nunca repudiado de la alianza para la eternidad. Su alma estaba atada…

Pero no su vida. Cuando Adriana se casa finalmente con un extranjero, Vasconcelos le envía a su rival, como delicado regalo de bodas, una carta con los pormenores de su relación con la novia. Nunca sabremos si Adriana respetó siempre –o si hubo– aquel pacto. Por su parte, Vasconcelos logró liberarse del amor absoluto mediante una caída en la abyección.

Desconocemos la versión de Adriana. en una carta a Reyes, hacia 1915, Pedro Henríquez Ureña describe un día de playa en Nueva York con Vasconcelos y la “admirable, la calumniada Elena Arizmendi, a la que estimo muchísimo”. El propio Vasconcelos despliega con saña su desdén –su incomprensión– por los propósitos independientes y profesionales de Adriana. Es más que probable que la pasión según Adriana haya sido distinta. Vasconcelos buscaba una totalidad, “la Carmen eterna que en Adriana encarnaba”. Elena Arizmendi era más real que esa imagen. En Vasconcelos no buscaba algo ulterior, buscaba probablemente a Vasconcelos.

¿Pero qué pensar de la versión de Vasconcelos? ¿Qué sentido trascendente puede tener, en el supuesto de ser verdadera? Todo el sentido. Luego de la pérdida de la madre, Vasconcelos había pasado largos años sin saciar la vertiente erótica de su afán. Hacia 1933 recordaría su primer bálsamo, “el refugio de los brazos cariñosos de la mexicana descalificada, única compañía de nuestra soledad de parias de cuerpo y alma” (aquellas prostitutas solían enamorarse). Otro refugio fue Serafina Miranda, su esposa, una oaxaqueña mayor que él, a la que no menciona por su nombre en sus libros y que seguramente no fue tan prescindible en su vida como él pretende. Pero Elena Arizmendi fue la que introdujo en su vida la fe y el caos absoluto. Algunos amigos de Vasconcelos recordarían esa relación como su mayor locura. Es posible que la disposición de 1935 –cuando escribió La tormenta– haya borrado ciertos contornos de la realidad tal como la vivió en 1916. Pero el hecho de que, en medio de la mayor bancarrota, solo, sin dinero y amargo, haya recordado con tal intensidad y frescura, incluso con alegría, su amor por Adriana muestra que esta historia fue, quizá, su tránsito más luminoso por la vida.

También fue un tránsito doloroso, más allá del interés anecdótico o del halo de paradigma que José Emilio Pacheco ha señalado (Adriana como la amante quintaesencial), hay un sentido que el propio Vasconcelos entrevé sólo parcialmente en La tormenta: Vasconcelos narra con valor su desgarramiento pero no sus extrañas derivaciones espirituales. Otros libros suyos las sugieren. En Divagaciones Literarias (1911), recordando su estancia en Lima, habla de los “cinco años (que) duró el monstruo, mitad pulpo, mitad serpiente enroscado en (su) corazón”. Adriana había sido –¿o era aún? una ponzoña, un narcótico, una permanente alucinación. En uno de sus cuentos, “El Fusilado”, el protagonista encuentra una muerte apacible y altiva tras una emboscada. Sus últimos pensamientos son de desprecio –y contenida nostalgia– por la “compañera de días felices”:

Ya la sentía yo, un poco atrás de mí, llena de aplomo, conversando con el capitán enemigo; pronto se las arreglaría la perra para salvarse, volvería al fasto de las ciudades, a despertar la codicia de todos los ojos… con esa rápida penetración que poseen los últimos instantes, me la representé ganándose amores nuevos.

En un ensayo célebre, “Libros que leo sentado y libros que leo de pie”, también de esa época, Vasconcelos invoca “a la fiel Andrómaca [que] comparte el lecho del vencedor”. En otro escrito, un súbito profeta exclama: “Vengo de estrangular a la sirena”.

En cualquier mortal una separación amorosa provoca tristeza, no siempre ansiedad teológica. Pero Vasconcelos no era cualquier mortal. En Lima intenta todas las pócimas de salvación: correr hasta extenuarse, el consuelo de un buen amigo, el consejo de su humilde casera, un amplio surtido de confitería limeña, solidarias lecturas de Strindberg, Lope de Vega y hasta Kant, el recuerdo de una frase perfecta de un maestro de Leyes: “No persigas mujer que se va ni carta que no viene”. Pero para salvarse Vasconcelos necesitaba no un consuelo sino una conversión. Huérfano en su vertiente erótica, apuró con urgencia el camino de un particular misticismo.

Plotino criollo

Lima, 1916. Solo, exiliado, Vasconcelos escribe a Alfonso Reyes. Sus palabras dejaron una huella tan profunda, que Reyes las invocaría cincuenta años después ante la tumba de su amigo:

Qué hombre de una pieza voy a ser, si vivo desesperado y rugiendo interiormente, sin sombra de melancolía sino con puro humor que me muerde el corazón: todos nosotros lo de esta época que nos ha obligado a vivir trágicamente, vamos a morir jóvenes… y de ruptura de las venas del corazón pero déjalas que se rompan solas, que sea el cuerpo el que se raje no el espíritu.

Necesitaba alcanzar una liberación absoluta que, como condición, retuviese el amor de Adriana en una esfera más profunda. Sus viejas lecturas lo ayudaron.

Desde los años en el Ateneo había profesado filosofías inusitadas. En Lima las renueva: el yoga, la teosofía, el budismo, todos lo confirman: “El que sirve a la carne se inutiliza para el espíritu.” Esas lecturas, proseguidas de manera constante por más de diez años, rematan en sus Estudios Indostánicos (1920) pero no en su salvación. En el fondo, la premisa de insustancialidad humana era imposible de asumir para un hombre con la soberbia y la vitalidad de Vasconcelos. Necesitaba encontrar en este mundo claves absolutas de redención. Recobrar el paraíso. Halló el mensaje de Pitágoras: cierto “ritmo está en la esencia de todas las cosas”, un ritmo que asciende del orden material de la necesidad al orden espiritual de la belleza. Pero para atenuar la incomprensible pérdida de Adriana, justificar su desdicha y convocar un orden nuevo y absoluto, hacían falta más que álgebras iluminadas: le hacía falta una religión. Su redentor fue Plotino; sus Evangelios, las Enéadas.

Como se sabe, para Plotino (205-270 d.C.) el ser es una anhelante jerarquía de esferas. Cada esfera inferior deriva su existencia de una superior que la contiene en forma arquetípica y a la cual contempla en un anhelo reunificador. En la esfera límite –permanente, inmóvil y total– habita el Uno. A partir de él, en sucesivas emanaciones nostálgicas del origen, una realidad cada vez más imperfecta, fragmentaria y múltiple, desciende como en cascada. El Uno produce el Nous, una suerte de inteligencia cósmica. Esta se degrada en un alma universal que a su vez deriva en las almas humanas, huérfanas casi de realidad si no fuese por su potencia de contemplar la esfera superior hasta merecer su esencia. En un nivel aún más bajo está la materia: inerte, oscura, irreal.

Esta arquitectura del ser impone una ética purificadora. “La magnanimidad –escribe Plotino– es el desprecio de las cosas de aquí abajo”. Sólo mediante un profundo esfuerzo moral e intelectual puede el hombre domar y superar la deleznable vida del cuerpo y “despertar a otra forma de mirar, común a todos, pero que pocos ejercen”. Los pobres hombres, presos en la cárcel corporal, pueden vivir condenados a su comercio amoroso, eco pálido de otros géneros superiores del amor. Pero pueden también “huir”, fugarse en “contemplación hacia la patria del espíritu”. Son célebres sus últimas palabras: “Me esfuerzo en levantar lo que hay de divino en mí a lo que hay de divino en el universo”.

Liberación y camino de salvación, pero no sólo eso. Con el pensamiento de Plotino, Vasconcelos podía retener y sublimar –usemos por fin la palabra– lo más preciado de Adriana: la belleza. “Plotino –escribe Alfonso Reyes– ha dejado páginas imperecederas sobre la belleza… es uno de los fundadores de la filosofía estética”. Las Enéadas son

el remate de toda la cultura antigua, el punto en que por fin se aísla el concepto de belleza (ya no en homonimia con el bien)… y se explica como la expresión victoriosa del espíritu en las apariencias sensibles… cuando Plotino cierra el “arco tremendo de las emanaciones” a la hora final del éxtasis y cuando el alma humana retorna al cielo sumo, parece que todo el desfile de virtudes se le vuelve cosa instrumental y secundaria, que el bien mismo ha sido superado por otra especie más pura y más alta, la cual ya no es el bien sino la belleza, y acaba por concebir a Dios en términos de belleza.

Hay varias huellas de esta conversión vasconceliana a la doctrina de Plotino. En Lima proclamaba: “Vengo en línea recta de Plotino.” A Alfonso Reyes le informa –aun antes de la separación de Adriana– que trabaja en un ensayo sobre “la sinfonía como forma literaria” donde sostendría que el futuro de la literatura no estaba en el discurso, el ensayo o el tratado –formas de la razón y la pluralidad–, sino en el género sinfónico. Una literatura musical y de síntesis, acorde con la ley estética, como las Enéadas de Plotino. En julio de 1916 imparte una nostálgica conferencia sobre el Ateneo de la Juventud. A su juicio, el rasgo distintivo de la nueva generación era:

La inspiración en una estética distinta de la de sus antecesores inmediatos, un credo ideal… no es ni romántica ni modernista ni mucho menos positivista o realista, sino una manera de misticismo fundado en la belleza, una tendencia a buscar claridades inefables y significaciones eternas… noción de la afinidad y el ritmo de una eterna y divina sustancia. [Cursivas de Vasconcelos.]

Seguramente ninguno de sus amigos se habría reconocido en esta definición. Al perfilar a cada uno, Vasconcelos proyectaba también su propia imagen, su propia metafísica visual: Torri era un “extraño vidente”; Argüelles Bringas, un hipnotizador de “poderosas visiones”; Méndez Rivas, inspirado “luminoso”; Cravioto, “escultor de prosa”; Reyes, Euforión, “Hijo de Fausto y la Belleza clásica”; Caso, un “liberador de los espíritus”.

Es el primer momento en que su misticismo, vago e indeterminado, encuentra cauce. Había transitado de la exaltación nietzscheana al hinduismo, de los sermones de Buda a un fervor de iniciado por Pitágoras, pero la lectura de Plotino lo convirtió en monista estético. Sus escritos filosóficos de la época son variaciones obsesivas sobre el tema de Plotino: la liberación por el ascenso contemplativo a una esfera superior. En El monismo estético (1918) propone el pathos de la belleza como camino místico alternativo, y de hecho preferible al amor cristiano. Es el camino de los “grandes inspirados”, “los verdaderos Budas” que evocan y realizan, sienten y reproducen el aliento de belleza natural que aspira a la Divinidad. Su interpretación de la Séptima Sinfonía de Beethoven revela la misma pauta vertical, desde la “angustia al deseo” y la “pasión dolorosa del amor particular” hasta el pathos desinteresado que triunfa sobre todas las desventuras. En la interpretación de esa obra por el ballet de Isadora Duncan, Vasconcelos imagina cómo “los pies extraen el jugo de la tierra y lo levantan… en pos de aventuras celestes”. El tema final “avanza orgulloso… hiere y endereza, coordina y adapta sin gastarse como se gastó la vida en tanto esfuerzo inútil”.

Es claro que una de las fuentes primordiales de la desmesurada síntesis filosófico-religiosa que intentó Vasconcelos, desde El monismo estético hasta la Estética, se encuentra en las Enéadas. Pero Plotino fue para Vasconcelos mucho más que una autoridad filosófica. Su propósito no era predicar la doctrina plotiniana para un público culto –como ocurrió con el bergsonismo de Caso. Buscaba más bien encarnarla, traducirla en conducta práctica. Su primer paso fue proponerse escribir una obra filosófica como la de las Enéadas.

El bien, el Mal, la Dicha, la Inmortalidad, estudiados en tratados sucesivos según las luces de la época, según el plan del maestro neoplatónico… una sucesión de volúmenes, irregularmente espaciados. “Las Enéadas modernas de un neoplatónico americano”.

El segundo, menos explícito en La tormenta pero más decisivo en su vida y su destino literario, fue ejercer, realmente ejercer, la forma de contemplación que prescribía Plotino como vía salvadora. Al dejar Lima, y luego del rompimiento definitivo con Adriana en Nueva York, Vasconcelos viaja por el oeste norteamericano. Entonces escribe sus primeras estampas líricas, lecturas de la naturaleza con la partitura de Plotino. No son, seguramente, sus mejores páginas, pero sí son páginas reveladoras. Por momentos el paisaje no es más que una proyección biográfica o ideal de Vasconcelos: piedras que “en su seno llevan la discordia a semejanza de amores humanos deshechos”, soles presos de su Karma, confines redentores, “árboles que elevan su anhelo”, panoramas en los que la naturaleza, a diferencia del hombre, “llena su misión sin fallas”. Otros paisajes alcanzan cierto decoro y alguna autonomía, pero su felicidad literaria es menos importante que la actitud que los preside: una sed de contemplar, el afán de disolver la pasión personal en el “concierto de las cosas”.

Las pocas personas que aparecen en esas páginas no son personas, son motivos en el paisaje, modos fugaces de la belleza. Una linda mujer “pasea lánguidamente por el malecón y fija su mirada en el mar. Vasconcelos está a salvo: viene de “asesinar a Circe”. Aún recuerda “los días que las pasiones envenenaron”, pero se ha libertado (la palabra aparece con frecuencia) de aquel “poder malsano”. La mira y le señala –como un nuevo Zaratustra- dos caminos y una misma meta: librar los combates del mundo –amar, luchar, organizar y al cabo “triunfar para luego renunciar”. O el camino más difícil, predicado por gnósticos y maniqueos:

Ser castos o estériles para que desaparezca la raza dudosa de los hombres a fin de que es espíritu se informe en otras maneras de existencias: ángel, semidios o fuerza consciente y creadora.

Además de buscar una integración contemplativa o proyectar su estado espiritual en los paisajes, imaginó, más directamente, paisajes del alma. Un ejemplo notable es “El fusilado”, cuento en que lo decisivo no es la emboscada militar y la traición amorosa –la Revolución y Adriana– sino la liberación del personaje inmediatamente después de morir, la vida nueva que se inicia en el “bendito instante que nos arranca del hombre bestia que aspira a ser alma”. El cuento puede leerse como una fantasía de Metempsicosis. En realidad es una dramatización sobre algunos motivos muy obvios, de las Enéadas. El alma narra su viaje astral. No sufre cuando recuerda sus días terrenales ni la orfandad de sus hijos porque “El espíritu puro tan sólo conoce la alegría”, los blandos de corazón alcanzan la beatitud, los infames reencarnarán en especies inferiores; el pasado se va apareciendo “vivo y hermoso” lo miso que el futuro. Una muerte que justificaba una vida:

Y aquel mi apasionamiento excesivo que en el mundo me causaba martirios, y la censura de las gentes, aquí transformando en afán inmenso, me sirve para abarcar más eternidad… Al ir descubriendo estos prodigios comprendí que no andaba muy descaminado en el mundo cuando sostenía conmigo mismo la tesis de la conducta como parte de la estatuaria; es decir, resuelta, grande, de manera que pueda representarse en bloques; acción que merezca la eternidad. Porque lo ruin y lo mediocre no subsisten; el asco o la indiferencia los matan.

Los eternos incrédulos alzarán los hombros diciendo: ¡Bah!, otra fantasía. Pero pronto, demasiado pronto, verán que tengo razón. Descubrirán, como he descubierto yo, que aquí no rigen las leyes corrientes sino la ley estética, la luz de la más elevada fantasía.

Con todo, en 1919 no lo define la beatitud sino la tensión. Se ha liberado de Adriana pero no lo sacia la vida contemplativa. En momentos de desfallecimiento escribe sus “Himnos breves”. En La tormenta recuerda que “hubiera querido aumentarlos hasta componer un volumen, porque sentía que era mi manera natural de expresión”. En uno de ellos el hombre interroga a su alma y la encuentra vacía:

Somos nada, una sola mañana en los campos vale más que todo el diario vivir de los hombres.

En la noche llena de estrellas hay más ternura infinita que en todos los corazones humanos.

El cielo, la pradera, la montaña, el viento, la luz, todo esto en perpetua armonía y en perpetuo conflicto, significa más que todas las inquietudes de la conciencia. El yo es mudo, la Naturaleza es elocuente.

Señor, somos nada. Danos fundir este pálido reflejo del mundo que es nuestra alma, en la esencia infinita de panoramas gloriosos. Y que la angustia nuestra se resuelva en el ritmo de júbilo que anima al cosmos.

Es el mismo afán de sus estampas de viaje, una voluntad inquieta e insatisfecha de absorción, olvido y paz. Por esos días da con una fórmula que había leído en Schopenhauer pero a la que impone una significación distinta. Es la expresión más pura de la tensión en que aún vivía:

¡Pesimismo alegre! Tal es la fórmula. Pesimismo respecto de la vida terrestre en todas sus formas. Horror de la vida social en todos sus arreglos malditos. Horror del cuerpo humano, que es modelo de ruindad y de absurdo. Horror de la vida de las especies; monstruo que vive de sí mismo, devorándose a sí mismo. Horror de nacer: accidente terrible que las antiguas religiosas califican de pecado. Horror de engendrar. Horror y asco de todo amor de sexos. Desdén y piedad de toda dicha meramente humana. Inconformidad aún con el más logrado y brillante de todos los destinos. ¡Horror del planeta! ¡Pesimismo del planeta! ¡Pesimismo de nosotros mismos, porque nuestra conciencia es una minúscula y el mundo es múltiple, infinito! Disgusto y horror tales, sí; pero de todo esto nace alegría.

Alegría porque ya todo lo perdimos, porque ya nada nos detiene, porque si todo se va también todo es vano. Alegría porque en el fondo inescrutable hemos advertido un proceso de tránsito. Alegría porque en lo más revuelto del plexo hemos percibido un curso que se sobrepone a los fenómenos: un ir que complace al corazón y se iguala con la fantasía. Una corriente libertadora. ¡Devenir estético y divino, nuevo y triunfante! Por todo el universo resuena, de todas las cosas se levanta, en todas las almas vibra. Pasa por el mundo como un gran himno de victoria.

La breve correspondencia que cruzaron Vasconcelos y Reyes en esos años confirma esta imperfecta aunque tenaz conversión plotiniana, y contiene una revelación sorprendente. Cuando Ulises criollo regresa a Ítaca-México se abre para él un hermoso futuro, un desenlace inusitado. El afán místico se resuelve y encuentra forma. El 16 de septiembre de 1920 –fecha más que simbólica–, siendo ya rector de la Universidad Nacional, anuncia a Reyes sus proyectos. Mientras escribe, en su despacho los jóvenes Samuel Ramos, Eduardo Villaseñor y Daniel Cosío Villegas inician la traducción de la primera obra clásica que editaría la Universidad; no es difícil adivinar cuál: las Enéadas de Plotino. La traducción parcial que finalmente publicaría la Universidad era del propio Vasconcelos. La carta de Reyes lo retrata por entero:

Amo la belleza, pero como un camino que conduce a Dios. El camino, eso es la belleza, y me aparto de los creyentes al pensar que Dios es un ser que no se parece en nada a los humano. Soy inhumano, no puedo amar lo humano, ni a los otros, ni a mí mismo; todos necesitan ser rehechos; porque todo esto que somos merece piedad pero no amor…

Ahora para mí el mundo no es más goce. Mi cuerpo todavía esclavo puede sufrir y a veces sufre, pero mi alma vive de fiesta. Eso, ya te digo, es la gracia que yo hallé por el triple camino del dolor, el estudio y la belleza. El dolor obliga a meditar; el pensamiento revela la inanidad del mundo y la belleza señala el camino de eterno. En los intervalos en que no es posible meditar ni gozar la belleza, es preciso cumplir una obra; una obra terrestre, una obra que prepare el camino para otros y que y que nos permita seguir a nosotros mismos.

La gran novedad está en el proyecto de obra pública que le insinuaba a Reyes, algo quizá no muy cercano al ideal de Plotino. Cierto, Plotino quiso construir una ciudad en memoria de su venerado Platón, pero hubiera visto con perplejidad los empeños de esa fugaz emanación mexicana que encarnaba José Vasconcelos. Habría condenado los desplantes nietzscheanos, el celo compulsivo con que su discípulo emprendería su “obra terrenal”, así como su excesiva contaminación política. Vasconcelos le habría parecido un filósofo demasiado “lleno de mundo”. La perplejidad mayor vendría, sin embargo, en 1921: Vasconcelos convertido en el San Pablo de Plotino… en México. Sus actos posteriores no fueron –no quisieron ser– una obra política sino una arquitectura espiritual”: una Enéada educativa.

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