Home » Literatura

Pérez Reverte presenta su nueva novela “Hombres buenos”

Publicado por @Shinji_Harper el jueves, 26 marzo 2015
Sin Comentarios


Marta Caballero/El Mundo

Oaxaca, México.- Se le ve contento a Pérez-Reverte. Ha logrado un hito en su biografía literaria, terminar una novela con una sonrisa. Él, que es un escritor amargo, que conserva en la memoria una vasta galería de imágenes desagradables, se siente incapaz de escribir novelas felices. Pero en el caso de ‘Hombres buenos’ (Alfaguara), centrándose, como se ha centrado, en personajes que, contra viento y marea, salen a buscar el bien -entendido aquí como la cultura- el regusto ha sido algo más dulce y hasta tierno. Se lo vino a decir anoche su amigo Antonio Lucas, aun a riesgo de que el lobo feroz pudiera soltarle una leche por asociarlo a semejantes cualidades.

El poeta y periodista de EL MUNDO presentó el libro en FNAC Callao, con una entrevista enmarcada en una velada con ínfulas de estreno cinematográfico y en la que se vieron demostraciones esgrima, teatralizaciones de los personajes de sus libros y, como siempre, una legión de seguidores que, una vez más, hizo cola para llevarse su ejemplar firmado.

perezreverteY aunque ‘Hombre buenos’ tiene mucho de ajuste de cuentas con el pasado y con el presente, la historia requería ese halo de optimismo, siquiera por haberle confirmado que la bonhomía y el gusto por el conocimiento existían en el siglo de las luces que en España fue más bien de sombras.

Y que existen hoy, donde la negrura campa a sus anchas. “La historia requería este final. Yo no soy un artista sino un novelista profesional, cuento historias y, además, resulta que las leen, pues estupendo. Pero en esta ocasión me he dejado pillar, me he enamorado de los hombres con los que he trabajado”. Se refería el novelista a los personajes con los que ha ido topándose en la vida real y, en particular, a sus días en la Real Academia Española, gente que, como Mingote o Francisco Rico, que ha inspirado uno de los personajes del libro, peleó o pelea por el patriotismo cultural, acaso el concepto clave de la obra y un binomio que al autor le encanta. “Estaban cerca de mi corazón y no he podido evitar que eso se trasladara a la historia”, dejó dicho.

Como destacó Lucas, esta nueva aventura del narrador mira de frente a “la España que pudo ser y no fue y a la que quiere ser y no la dejan”, un ejercicio de “potencia de ideas y autenticidad que contiene todo el galope de la escritura de Pérez-Reverte”. El argumento nos habla de dos hombres que reciben el encargo de la Real Academia de importar a tierras españolas un libro prohibido, la ‘Enciclopedia’ de Diderot, una obra que, definió el periodista, “intentó hacer al hombre mejor y que, en algunos casos, incluso lo consiguió”.

Para Pérez-Reverte, aquella coyuntura se corresponde con un momento en el que España tuvo la mejor oportunidad para cambiar: “Estábamos casi. Teníamos un rey que leía libros, que asombrosamente era culto, con ministros que también practicaban el patriotismo cultural, que sabían que España iría mejor si la cultura se extendía a las capas más bajas”.

Después, sin embargo, esa esperanza se perdió y toda la gente que trató de salir del agujero tuvo que meterse dentro nuevamente, lamentó Pérez-Reverte. Y es justo en este contexto de la esperanza perdida, de los intentos nobles que fracasan, donde el libro dialoga con el presente, como si esa condición española tan dramática del pudo ser y no fue fuera una constante, una lacra maldita que no vamos a quitarnos de encima jamás: “Intenté que la novela tuviera una lectura actual. Manejé mucho material, de manera que los personajes hablaban por Moratín, Diderot… y me daba cuenta de que todo era válido hoy, de que era un manual de supervivencia para el siglo XXI. Eran gente de una talla intelectual tan alta que todo sigue siendo válido. Sin yo quererlo, la novela se fue convirtiendo en una especie de luz que ilumina el presente para entender por qué somos como somos y qué nos impidió ser otra cosa”.

Mientras la escribía, se le coló un narrador que terminó de cuadrar este paralelismo entre pasado y presente. Preguntado por este asunto, Reverte zanjó: “Soy un escritor profesional. Cuento historias y aquí lo estaba haciendo de forma lineal. Vi entonces que había muchos tiempos muertos que requerían una explicación por parte del narrador, una figura que me permitía hacer elipsis, justificar y jugar con libros antiguos, modernos… Es una herramienta narrativa, una necesidad de la propia historia. Ninguno de los episodios ocurrió de verdad”.

El mundo en el que vivo

Sí, salvo aquello de que “todos quieran matar a Paco Rico”, bromeó Lucas, que seguidamente le preguntó por el París que en ‘Hombres buenos’ adquiere una categoría de protagonista. “Era muy seductor imaginar a dos abueletes académicos, el bibliotecario y el almirante, en ese París que bebía de inteligencia, cultura y agitación. El de los salones libertinos, los cafés con tertulias… Hay una cosa que me hizo muy feliz con esta historia y es que cuando uno va, por ejemplo, a México buscando a Rulfo o a Venecia con la película de Visconti, se da cuenta de que el autor ya no está ahí. Pero la realidad se borra y eres tú quien coloniza el lugar con la imaginación. París es hoy tan vulgar como cualquier otro sitio lleno de turistas, yo entre ellos, pero llevas los libros que has leído, las notas que has tomado, y puedes borrar el presente, jugar con tu imaginación. Iba allí y me sentaba con Voltaire, supongo que en la novela se tiene que notar”.

En esos días parisinos, la cultura, el concepto del que bebe la novela, era la salvación, la clave para soportar el presente: “A menudo no me gusta el mundo en el que vivo. Tenemos una larga historia de infamia, de violencia, de vileza. Supongo que eso surge de ocho siglos de moros y cristianos, de rojos y fachas… Muchos pueblos tienen eso, pero algunos de esos pueblos además tienen cultura. Hablo de la cultura de verdad, no de la de diseño. Hablo de conocimiento, educación, espíritu crítico, de la biblioteca como lugar para vivir. El único antídoto frente a la vileza o la envidia es la cultura. Con libros nos entendemos. La cultura como solución y como consuelo. No puedo cambiar el mundo pero sí tengo una biblioteca en la que refugiarme”, enumeró. Finalmente, la cultura aparece aquí como un analgésico que, si bien no elimina la causa del dolor, sí ayuda a soportarlo: “El gran problema que tenemos es que somos un país con mucha memoria de la infamia pero con poca cultura para diluirla y soportarla en la bondad y la convivencia”.

Como le recordó Lucas, hay una frase en la novela que parece estar escrita hoy o incluso mañana, el hecho de que los españoles sigamos siendo nuestros peores enemigos. Y, al escucharla, Pérez-Reverte volvió a hacer gala de su enfado: “Antes teníamos excusa. Cuando un campesino analfabeto en el 32 le pegaba fuego a la finca del señorito con el señorito dentro o cuando un falangista le daba el paseo al juez que le había condenado, cuando la barbarie despuntaba en todo su esplendor hasta hace cuatro días, había una excusa histórica, y es que aquellos hombres no habían podido elegir, les habían hecho así siglos de reyes imbéciles, curas fanáticos, ministros incapaces… Pero ahora hay educación obligatoria, periódicos, internet… El que ahora ve ‘Sálvame’ en vez de ‘Salvados’ es porque quiere. El problema del que he intentado curarme con esta novela es que cada vez sientes menos compasión. Puedo sentirla todavía por los perros, los niños, los ancianos…”.

¿En ese orden? Volvió a afilar Lucas. “Un varón de entre los 35 y los 40 años es lo que tengo en el peor lugar“, guaseó el autor antes de volver a arrebatarse: “El hombre cae siempre en los mismos errores y eso tiene el peligro de hacerte perder la compasión. Es algo que te aísla, que te quita humanidad pero no lo puedo evitar. En cambio, gracias a esta novela me he animado a buscar aquello que todavía hace compasivo al hombre. Es como reunir los restos del naufragio para ver que todavía puedes seguir a flote. Me ha devuelto parte de los afectos”.

Esa búsqueda de la bondad y de la compasión en quienes todavía se rigen por férreos códigos morales la encontró incluso en sus personajes más pérfidos, los que son marca de la casa: “Son los que más me gustan, he conocido a Raposos y a Alatristes en muchos sitios. Gente muy mala. Torturadores, delincuentes, francotiradores… a veces trabajaba con ellos y era interesante. ¿Qué periodista profesional no se acerca a un torturador para ver cómo lo hace? Te metes en los rincones más turbios y oscuros del ser humano y es útil lo que descubres, sean buenas o malas las cosas que aprendas. Con estos Raposos yo escribo novelas. He conocido a voluntarios supuestamente de corazón puro dispuestos a sacrificarse, y he dicho dispuestos, no que se sacrificaran, que en el momento de la verdad habían ido a por tabaco. Sin embargo, toda esa otra gentuza tenía una especie de consecuencia operativa muy interesante. Esa profesionalidad del hijo de puta, esas reglas eficaces, son interesantísimas. Por eso el Raposo funciona como funciona, porque se basa en un Raposo real con el que yo tengo fotos”.

Por entender, entiende Reverte hasta el abate Bringas, un ser exaltado y dispuesto a cortar cuellos, como resumió Lucas, pero al que acabamos aceptando a lo largo del libro: “Es un personaje español que apuntaba en ‘El maestro de Esgrima’. Un fanático, un sanguinario, pero que es honesto. Porque otra cosa que he encontrado en la vida es hijos de puta honestos, con un fanatismo letal y un afán descabezador espeluznante pero honrados en sus mecanismos personales, creyendo que el baño de sangre iba a cambiar para bien el mundo en el que vivían. Quería introducir ese personaje, el fanático culto, inteligente, racional, no el payaso, actor, demagogo, populista, facilón, sino el de verdad peligroso”.

Más allá del territorio de los mezquinos, ¿Quiénes son las referencias de Pérez Reverte? Los hombres (“vivos, a ser posible”, pidió el presentador), cuya moral inspira al autor. “El día que enterraron a mi padre alguien dijo detrás de mí que era un hombre honrado y un caballero. De esos hay, los he conocido, alguno en la Academia todavía, pues esta institución también es parte del mundo en el que vivimos. En los peores momentos en los que uno mira y no ve a nadie habrá siempre dos o tres que actuarán como hombres honrados o caballeros. Sabes que están ahí”.

Al final de la charla, le requirió Lucas que explicara qué era eso de ser un escritor profesional o si tal vez esa definición era una forma de fastidiar a los que dicen no serlo, a los que escriben elevados a la categoría de creadores. “Profesional es el que no se plantea la novela como una obra de arte sino como un ejercicio complejo, como un producto de alta calidad al que le pone sentimientos, imaginación… no tiene nada de negativo, como no lo tiene un mercenario. Los periodistas lo somos, ponemos límites, pero cobramos un estipendio, hacemos nuestro trabajo puntual y rigurosamente”. Precisamente, en ‘Hombres buenos’ el plumilla es el personaje más siniestro: “Es que hubo un tipo de periodista en los siglos XVIII, XIX, XX y XXI que mandó a mucha gente al cadalso real o figurado. La prensa también ha sido un elemento de represión, no sólo de libertad”, lamentó.

Así las cosas, ¿sigue Reverte creyendo en su antiguo oficio? “La prensa continúa siendo necesaria, sin ella estamos perdidos. Pero en los últimos tiempos los medios han obligado a los periodistas a tomar partido. En ‘Pueblo’ había comunistas, fascistas… El editorialista era el que se mojaba con el medio, pero los demás éramos libres. Hoy, en cambio, hasta el becario está obligado a dar la puntadita para agradar a sus jefes. Ya no se puede ser honrado siendo un mercenario del periodismo. Había más dignidad en los medios informativos de la primera etapa del franquismo que en los de ahora”.

Lucas tuvo la deferencia de cederle la última pregunta a una lectora: ¿Qué buscarían esos hombres buenos en la España actual? Respuesta sentenciosa: “Lo mismo, libros. Es que no hay otra vía. No se dan cuenta los ministros de Educación, Cultura o como se llame eso”. Igual es que lo hacen a posta, sugirió el periodista. Y el cierre no pudo ser más revertiano: “No, no lo hacen con maldad, eso sería suponerles inteligencia, es pura estupidez. El día que el libro deje de leerse seremos pasto de los bárbaros. Es la única aventura intelectual que merece la pena. Lo demás son milongas de diseño y de pasarela Cibeles”.

Comentarios

comments

Comenta el articulo!

Agrega tu comentario, o trackback desde tu propio sitio. Tambien puedes suscribirte a los comentarios via RSS.

No se toleraran conductas inapropiadas. No spam.

Puedes usar estas etiquetas:
<a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <s> <strike> <strong>

Este sitio esta habilitado para el uso de Gravatar.