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Cuando Lucio Cabañas secuestró a Álvaro Carrillo

Publicado por Naked snake el Jueves, 2 julio 2015
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Mónica Ocampo / SoHo México

Un machete y un rifle colgados en la casa de Álvaro Carrillo fueron pruebas del secuestro que padeció a manos del líder guerrillero Lucio Cabañas, gran admirador del compositor oaxaqueño. Además de esta aventura, a ambos los une haber estudiado en la escuela normal de Ayotzinapa.

Oaxaca, México,..- Un machete y un rifle fueron los obsequios que Lucio Cabañas le entregó al compositor y cantante Álvaro Carrillo, a quien raptó durante tres días en su escondite en la sierra de Guerrero para negociar una tertulia musical a principios de los años 50.

Cabañas, el hombre que pasó de normalista rural a maestro, de dirigente sindical a militante del Partido Comunista Mexicano, y de líder guerrillero a fundador del Partido de los Pobres, en sus noches de nostalgia cambiaba la escopeta por la guitarra. Le gustaba imitar a Jorge Negrete y “convivir en fiestas con amigos y alumnos”, narra uno AlvaroCarrillode sus hermanos en el documental La esperanza y la guerrilla: Lucio Cabañas, de Gerardo Tort.

En una ocasión, Lucio se enteró de que entre sus compañeros de lucha se encontraba un hombre llamado Porfirio, que era medio hermano de Álvaro.

El líder de la extrema izquierda decidió hacer una pausa en su lucha por la justicia social para planear y ejecutar el secuestro del músico. “Le pusieron una capucha y se lo llevaron”, recuerda su hijo Pedro Álvaro Carrillo Incháustegui en entrevista.

Alvaro Carrillo era un hombre de raíces negras, originario de Cacahuatepec (municipio en la costa chica de Oaxaca), aunque cuando cantaba en las fiestas populares se autodefinía como un “hijo de crianza de Guerrero”.

En aquella época, Álvaro Carrillo trabajaba en la Comisión del Maíz de la Secretaría de Agricultura como ingeniero especialista en irrigación; sin embargo, seguía componiendo canciones para ofrecerlas afuera de la XEW a cualquier artista que decidiera escucharlo. “Mi papá era un desconocido en el mundo de la música. Nadie lo conocía ni le hacía caso”, recuerda Carrillo Incháustegui.

Era ignorado por la industria musical, pero reconocido en su tierra, pues sin importar de qué lado de Guerrero tuviera puesto el pie, Álvaro siempre cantaba donde lo invitaban: desde reuniones familiares hasta serenatas para las novias de sus amigos.

Cabañas y sus camaradas lo secuestraron luego que Porfirio, el medio hermano, diseñara un ardid para hacerle creer a Álvaro que quería verlo en Guerrero para entregarle un regalo.

Cuando el compositor llegó al lugar de la cita, un grupo de personas lo capturó y lo subieron a una camioneta que recorrió varios kilómetros de terracería.

Cuando se vio frente a Lucio Cabañas, sin embargo, no temió por su vida porque supo que se trataba de un encuentro bohemio en medio del sofocante calor de la sierra.

Antes de dejar en libertad al compositor de “Luz de Luna”, el líder guerrillero le obsequió un machete con las letras iniciales de su nombre y apellidos grabados en el mango de madera, así como un rifle de manufactura casera, una recompensa que con los años se convirtió en un trofeo de hazaña.

ENTRE LAS TORTUGAS

Además del gusto por las canciones románticas, Álvaro Carrillo y Lucio Cabañas compartían la misma formación como profesores de primaria en la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos, en Ayotzinapa, Guerrero, hoy conocida mundialmente por la desaparición de 43 de sus estudiantes en septiembre de 2014.

Álvaro no llegó ahí por elección, sino por casualidad. A mediados de la década de los 30, entró al Internado Agrícola Indígena de San Pedro Amuzgos, en Oaxaca, pero una revuelta causada por el reparto de tierras provocó el cierre de la escuela.

Para sobrevivir, cantaba chilenas y sones costeños en fiestas y bares y así poder solventar sus apuros económicos, pero un día recibió la noticia de que todos los exalumnos de ese internado podían reiniciar sus estudios en la Normal de Ayotzinapa, recién construida en el terreno de una hacienda porfiriana en 1930.

No era la primera vez que el compositor oaxaqueño hacía maletas para continuar con sus estudios. Antes de cumplir los 10 años, Álvaro abandonó San Juan Cacahuatepec porque el máximo grado al que se podía aspirar era cuarto, así que decidió emigrar para concluir la primaria en Ometepec, lugar que le dio el mote de “hijo de crianza de la Costa Chica de Guerrero”.

En Ayotzinapa (palabra náhuatl que significa río de tortuguitas), Álvaro componía canciones a petición de sus compañeros para llevar serenata a las jóvenes que pretendían de los poblados aledaños, como Tixtla, Chilapa o Tlapa.

A diferencia de Lucio Cabañas, quien antes de convertirse en combatiente comunista fue profesor rural, Álvaro no logró concluir su formación como educador, debido a que vivió el primer ataque gubernamental que recibieron los alumnos de la Escuela Normal Rural Raúl Isidro Burgos.

El 2 de abril de 1941, el entonces presidente Manuel Ávila Camacho divulgó que los estudiantes habían reemplazado la bandera nacional por la bandera rojinegra de la huelga estudiantil, por lo que varios alumnos fueron detenidos y acusados de delitos contra la autoridad y ultrajes al lábaro patrio.

En ese momento, Álvaro se encontraba cantando en la fiesta de la esposa del director de la Normal de Ayotzinapa. “Sabía que mi papá era un chico muy bohemio que componía canciones y tocaba la guitarra, así que le pidió que amenizara el cumpleaños de su señora”, explica Pedro Álvaro Jr.

—Entonces, ¿La música de alguna manera salvó a su papá aquel día? —le pregunto.

—Así es. Cuando mi papá se regresa a la normal y lo quieren detener para darle un escarmiento, la gente lo defendió diciendo que él acababa de llegar y no había estado, así que lo dejaron libre.

—Después de ese día, ¿su papá regresó a Ayotzinapa?

—No. Sabía que podía haber sido encarcelado de manera injusta como varios de sus compañeros, así que prefirió suspender sus estudios como profesor para cursar una ingeniería en la Escuela Nacional de Agricultura (ENA), en Chapingo.

Las escuelas normales rurales en el país nacieron en la década de los 20 del siglo pasado: “Cuatro escuelas agrícolas modelo serán inauguradas el primero de abril próximo”, era el titular de una nota publicada en el periódico El Universal el domingo 28 de febrero de 1920.

El régimen surgido de la Revolución Mexicana creó la Secretaría de Educación Pública (SEP) en septiembre de 1921, durante el gobierno de Álvaro Obregón. El primer titular de la dependencia, José Vasconcelos, impulsó la formación de maestros rurales con la apertura de escuelas agrícolas con el objetivo de promover la socialización de la educación pública como arma liberadora y trasformadora de la sociedad mexicana.

El mayor esplendor de las normales rurales fue durante el período presidencial de Lázaro Cárdenas, de 1934 a 1940, en el que se decidió que la formación educativa de los jóvenes estuviera basada en el modelo socialista. Sin embargo, a principios de los años 40 ese modelo educativo comenzó a padecer mutilaciones.

En 1942, Álvaro Carrillo ingresó a la Escuela Nacional de Agricultura (ENA) de la Universidad Autónoma Chapingo, pero justamente un año antes de concluir la carrera de ingeniero agrónomo, su talento como compositor e intérprete de sus canciones lo hicieron desertar. Entonces se fue a probar suerte a la Ciudad de México para cantar en algunos bares y fiestas privadas. Después de algunos meses de vagancia se encontró al director de la ENA, quien lo convenció de regresar al aula.

En 1945, el compositor recibió el título de ingeniero agrónomo, no sin antes componer la canción “Adiós a Chapingo”, que se convirtió en un himno para la institución. El orgullo que Álvaro sentía por su escuela fue tan grande que algunos años después decidió nombrar a una de sus dos hijas Ena Marisa.

El machete de la pared

Las únicas pruebas que durante varios años respaldaron aquella aventura que Álvaro Carrillo vivió al ser secuestrado en la sierra de Guerrero para complacer los gustos musicales del fundador del Partido de los Pobres, Lucio Cabañas, fue el machete y el rifle que recibió de parte de su propio raptor.

Como si se tratara de un par de trofeos, Álvaro siempre los presumió ante las personas que lo rodeaban. Sus hijos Pedro Álvaro y Mario se aprendieron la historia de memoria, debido a la infinidad de veces que la escucharon en su casa de la Campestre Churubusco en la Ciudad de México.
El machete —que en el mango de madera tenía grabadas las iniciales de Lucio Cabañas— y el rifle tenían una ubicación especial en la casa: ambos estaban colgados en la cantina que Álvaro Carrillo instaló en la sala, así que cuando las visitas llegaban, lo primero que veían era ese pequeño espacio que decía mucho de la personalidad del compositor.

Entre botellas de whisky y coñac, en los entrepaños había máscaras, una cabeza de jaguar, un trozo de textil elaborado en telar de pedal y lanzaderas, artesanía a base de carrizo y palma, así como un cántaro de barro negro con mezcal. En las noches de melancolía, Álvaro se refugiaba en ese rincón que lo hacía regresar a su origen para evitar sentirse embriagado por el sabor del triunfo que le llegó repentinamente.

Luego de ejercer durante algunos años como ingeniero agrónomo en la Secretaría de Agricultura, conoció a Pepe Jara, conocido después como el “Trovador solitario”, quien se convirtió en el principal intérprete de las canciones del compositor.

Una equivocación los llevó a iniciar su carrera de manera conjunta con el pie derecho. La canción “Amor mío” fue conocida en la radio debido a un “error” por parte de un ingeniero de audio de la XEW, quien escuchó por equivocación el Lado B del acetato que Jara y Carrillo grabaron para buscar una oportunidad en la industria musical. El tema que aparecía en el lado principal nadie lo recuerda.

Sin embargo, el éxito que los consagró como compositor e intérprete fue “Se te olvida”.

Pepe Jara había sido invitado para amenizar una reunión en Televicentro, pero después de un par de horas se quedó sin repertorio, así que decidió cantarla para “calarla” entre los invitados. Ahí se encontraba “El señor telenovela”, Ernesto Alonso, quien se le acercó para pedirle la canción para que fuera el tema de su telenovela La mentira, producida en 1965.

Por esos días, Álvaro se encontraba en un festival de boleros en Cuba, así que se enteró de la noticia cuando regresó a la Ciudad de México, justo cuando prendió la televisión y descubrió que el tema final de la telenovela protagonizada por Julissa, Enrique Lizalde y Fanny Cano, era su canción con un par de palabras cambiadas.

Ante la confusión, Álvaro se comunicó a la casa de Pepe Jara para pedirle una explicación. Al final, todo quedó en una anécdota, un secreto entre compositor e intérprete.

Ambos acordaron jamás revelar cuáles habían sido esas palabras. Fue un secreto que se llevaron a la tumba para no opacar el éxito del que fuera uno de los temas más grabados por celebridades internacionales como Frank Sinatra, Plácido Domingo, Vicky Carr y las orquestas de Ray Anthony y Ray Conniff.

El talento de Álvaro Carrillo era democrático. Sus canciones traspasaban fronteras, nivel educativo, religión y hasta clase social. Varias veces fue contratado por el entonces presidente de México Adolfo López Mateos. Cuenta la leyenda, que una vez le dio un cheque en blanco: “¿Cuánto le ponemos?”, le preguntó el mandatario, a lo que el oaxaqueño respondió: “No debo abusar”.

Álvaro dejó un legado de más de 300 canciones que son interpretadas en países como Alemania, Argentina, Australia, Austria, Bolivia, Canadá, Costa Rica, Colombia, Dinamarca, Filipinas, Estonia, Francia, Brasil, Grecia y hasta Japón, donde el cantante Yoshiro Hiroishi grabó “Sabor a mí”, una sentencia poética que surgió entre besos de whisky que Carrillo le daba a su entonces novia, Ana María Inchaústegui, en una cena de Navidad.

Días antes de su muerte, Álvaro decidió poner en el jardín todos esos recuerdos que decoraban la cantina de su casa sobre un petate para tomarse una fotografía.

“Sentí muy raro a mi papá, incluso, hasta colocó una pizarra que decía ¡Tierra y libertad!”, recuerda su hijo Pedro Álvaro.

A los 49 años, un accidente en la carretera a Cuernavaca, a la altura del kilómetro 12, puso punto final en la vida de Álvaro Carillo y su esposa.

Fue el jueves 3 de abril de 1969, cuando regresaba con su familia de Chilpancingo, tras acudir a la toma de posesión del gobernador de Guerrero, Caritino Maldonado. Tras el impacto, él, su esposa y su chofer, conocido como “El negro Rafa”, fueron trasladados al Hospital de Xoco, mientras que sus hijos, Álvaro, de siete años y Mario, de cinco, fueron internados en el sanatorio Las Américas.

Por suerte, sus dos hijas pequeñas, Ena Marisa y Lorena Georgina, se habían quedado en casa de una tía.

—Cuando mueren sus papás, ¿quién se encargó de cuidarlos?

—Mi abuela materna. El día del accidente, mi abuela estaba en Houston de vacaciones, pero se regresó de inmediato porque tenía miedo que nos enviaran a un internado. Mis hermanas estaban muy pequeñas: una tenía dos años y la otra nueve meses, por eso no fueron a ese viaje. Mi mamá las dejó con una prima que era enfermera y nosotros nos fuimos tres o cuatro días —explica Carrillo Incháustegui.

El recuerdo del compositor oaxaqueño ha sido transmitido por cada uno de sus hijos. De lo material no quedó prácticamente nada. Ni siquiera aquel machete que tanto presumía don Álvaro por ser regalo de Lucio Cabañas.

—¿Y qué pasó con el machete y el rifle?

—Aunque era de acero inoxidable, con el paso de los años se fue mermando. Nos lo rolamos entre los hermanos hasta que quedó completamente inservible. Creo que lo tiramos o algo así. Nos costó trabajo porque sabíamos que mi papá siempre lo atesoró por ser la prueba de su aventura estilo hollywoodense.

A 46 años de su fallecimiento, el legado musical de Álvaro Carrillo no tiene fin.

Las letras de sus canciones cautivan a todo aquel que las escucha. Académicos, productores de telenovelas, presidentes y, claro, hasta líderes guerrilleros. Todos por igual.

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