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“Si es que alguna vez la muerte ha tenido alguna voz”

Publicado por Naked snake el Sábado, 15 agosto 2015
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Por Romina España Paredes

Oaxaca, México.-A 60 años de la publicación de Pedro Páramo (1955) de Juan Rulfo, Comala sigue emanando el calor abrazador de su tierra, “en la mera boca del infierno”. Todavía se escucha al silencio poblar de vacío sus calles sin ruido, donde sólo viven las voces de la muerte, de sus personajes ausentes que palpitan para contar su historia, la historia de la esperanza perdida y el miedo de los vivos.

En esta célebre obra, Rulfo narra la tragedia de un pueblo condenado por él mismo, en el que la vida y la muerte se unen en un solo espacio a través del tiempo y sus generaciones. Cuando el hijo de Pedro Páramo, Juan Preciado, se dirige a Comala para cumplir la última voluntad de su madre que era exigir a su padre todo lo que no le dio a ella, en su memoria, como un recuerdo heredado, este pueblo era una especie de retorno esperanzador, alimentado por su madre: “Me contaba cómo llegaba la marea de las nubes, cómo se echaban sobre la tierra y la descomponían cambiándole los colores…”; “Allá hallarás mi querencia. El lugar que yo quise. Donde los sueños me enflaquecieron.

9-juan-rulfo-pedro-paramo1-180x300Mi pueblo, levantado sobre la llanura. Lleno de árboles y de hojas, como una alcancía donde hemos guardado nuestros recuerdos. Sentirás que allí uno quisiera vivir para la eternidad. El amanecer; la mañana; el mediodía y la noche, siempre los mismos; pero con la diferencia del aire. Allí, donde el aire cambia el color de las cosas; donde se ventila la vida como si fuera un murmullo; como si fuera un puro murmullo de la vida”. La imagen idílica de un Comala viva despierta en Preciado el deseo de ir a conocer a Pedro Páramo.

El pueblo sin ruido con el que se encuentra a su llegada, poblado por vidas pasadas que no tienen descanso ni en el cielo ni el infierno, se distancia a cada paso de aquella primera ilusión. Poco a poco, el silencio se interrumpe, los ecos surgen de entre las grietas de los muros y debajo de las piedras, las conversaciones sin fin, las risas y lamentos que fueron, pero que permanecen para recordar a los vivos que “Hay pueblos que saben a desdicha. Se les conoce con sorber un poco de su aire viejo y entumido, pobre y flaco como todo lo viejo. Éste es uno de esos pueblos…”. Estas voces que en un inicio confundía con el silencio se van convirtiendo cada vez más cercanas para Preciado, y le van revelando la historia de “el rencor vivo” que es Pedro Páramo y el de su propia muerte.

A Juan Preciado lo matan los murmullos de Comala, el miedo atrasado, acumulado durante su vida, que lo orilló hasta su último aliento. Murió “acalambrado como mueren los que mueren muertos de miedo”. Su miedo es aquel que crece en un mundo en el que los muertos viven y los vivos mueren. Donde la muerte es la prolongación de la vida trágica de este pueblo que huele a desdicha. “Este mundo, que lo aprieta a uno por todos lados, que va vaciando puños de nuestro polvo aquí y allá, deshaciéndose en pedazos como si rociara la tierra con nuestra sangre”. Y aún muerto, dice Preciado a la mujer con la que comparte su tumba, “siento como si alguien caminara sobre nosotros”.

Sesenta años después de su escritura, la novela de Rulfo nos recuerda que en México abundan los pueblos que saben a desdicha, donde las voces, como ecos que cada vez escuchamos más cerca en este “páramo frío de la ausencia” (retomando el artículo “El páramo frío de la ausencia” de Rosana Reguillo), son los murmullos de sus muertos que estremecen a los vivos. El recuerdo de sus numerosas y reiteradas tragedias (desapariciones forzadas, persecuciones y asesinatos de ciudadanos) una y otra vez vividas, una y otra vez contadas, que desaparecen las esperanzas e ilusiones de los mexicanos.

El horror de los recientes asesinatos de Nadia Dominique Vera Pérez, Rubén Espinosa Becerril, Yesenia Quiroz Alfaro, Olivia Alejandra Negrete Avilés y Mile Virginia Martín, ocurridos el 31 de julio en la colonia Narvarte en el Distrito Federal, despierta un miedo abrazador y desolador. A los mexicanos también los está matando el miedo como a Juan Preciado. Pero éste es el miedo a la violencia de las persecuciones y las represiones de un Estado mexicano cada vez más corrompido, de un país donde no existe un lugar seguro para la libertad y la vida. Al mismo tiempo, estas muertes impunes hacen resurgir los murmullos de los numerosos periodistas y activistas que han intentado silenciar. Sus voces siguen ahí, como en Comala, surgiendo de entre las grietas y debajo de las piedras.

“Si es que alguna vez la muerte ha tenido alguna voz” que se ésta, la de los que han sido perseguidos y asesinados, vulnerados impunemente, de aquellos que han sido silenciados por tener la esperanza (heredada, tal vez) de un México vivo.

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