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‘El cinismo es el mayor peligro para una sociedad’: Alma G. Prieto

Publicado por Naked snake el Lunes, 7 septiembre 2015
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Oaxaca, México.-La mexicana Alma Guillermo Prieto reflexiona sobre el periodismo actual y el drama de los migrantes.

“Alcen la mano los que sepan quién fue Pablo Escobar”, invita la maestra del periodismo narrativo Alma Guillermoprieto frente al público del Festival Visiones de México en Colombia, que se celebra hasta el 16 de septiembre en Bogotá. La respuesta, obviamente, es masiva.

“Ahora, ¿quiénes saben quién es Gregory Pincus?”, continúa. Y viene el silencio.

“Pincus fue uno de los científicos que inventaron la píldora anticonceptiva. A ver, ¿quién cambió más el mundo?”, reta al auditorio del Centro Cultural Gabriel García Márquez.

La pregunta tiene que ver con la nueva faceta de esta escritora mexicana, que durante casi cuatro décadas ha documentado e interpretado la realidad latinoamericana en cientos de reportajes.

IMAGEN-16346938-2Hoy, después de escribir sobre narcotráfico, revoluciones sociales y violencia, en libros como ‘Al pie de un volcán te escribo’ y ‘Las guerras en Colombia’, está concentrada en el periodismo científico, pues considera que su oficio tiene una deuda con el cubrimiento de los grandes avances del siglo XXI.

Eso no quiere decir que deje de escribir sobre los problemas de esta parte del mundo, entre otras razones porque, como ella misma afirma, su patria es Latinoamérica.

A los 66 años, Alma Guillermoprieto es una mujer pausada al hablar y delicada en sus maneras –quizás heredadas de la bailarina que fue antes de convertirse en reportera–, que se ofende con el cinismo y se avergüenza hasta la médula por la situación de los migrantes en todo el mundo.

Suele decir que llegó al periodismo por accidente, “por despecho”, después de ser rechazada por la escuela de danza de Marta Graham en Nueva York. De esta casualidad sin retorno y de su visión de América Latina habló con EL TIEMPO.

¿Qué visión tiene de México, su país natal?

La de un país de enorme creatividad, de gran arte, que sufre decepciones constantes de parte de sus gobernantes, una tras otra, y la de un país con un esquema de desarrollo que no ha logrado cumplir lo que prometen siempre sus dirigentes.

Acaba de escribir, para ‘The New York Review of Books’, sobre el asesinato de cinco personas en México (incluidos el reportero gráfico Rubén Espinosa y una ciudadana colombiana), y se hace la misma pregunta que nos hacíamos acá hace unos años: ¿cuándo tocarán fondo?

Sí. Yo viví acá del 88 al 92, de manera que lo que me mantiene en un perfecto equilibrio es poder comparar con esa época tan dura de Colombia, sabiendo que las personas, las sociedades, tienen siempre la capacidad de recuperarse de las situaciones más duras e injustas. Y lo que campean ahora en México es la impunidad, la sensación de indefensión de los ciudadanos y el cinismo, que es algo que me golpea mucho. Me preocupa que de pronto la gente tenga tanto cinismo que no sea capaz de movilizarse por un cambio.

Que se queden cómodamente donde están…

No cómodamente, incómodamente instalados en el cinismo, ese es el mayor peligro.

¿Y qué les recomienda a los periodistas mexicanos para evitar caer en eso?

Más bien ellos me dan lecciones a mí. Por ejemplo, los periodistas de a pie –y en general los reporteros– me dan lecciones de solidaridad gremial, que no existía; de valentía, de recursividad, de uso de plataformas múltiples, y en el fondo no tanto de optimismo, ni de esperanza, sino de una voluntad de seguir haciendo las cosas, a sabiendas de que el esfuerzo a lo mejor se pierde, pero hay que seguir haciéndolo.

¿Usted es optimista?

No, yo nunca he sido optimista respecto a nada, pero soy enérgica. El otro día, un personaje notable, que es George Soros, decía que él no tenía esperanza, que la esperanza muchas veces llevaba a la muerte, como ocurrió a tantos judíos que fallecieron esperanzados en el camino a Auschwitz. Lo que yo siento es que hay que hacer cosas, porque si no, ¿qué?

¿Y qué cree que se puede hacer?

No soy quién para dar recetas. Lo que yo sigo haciendo es reporteando, escribiendo, uno hace todo lo que puede hacer.

Hace unos seis años dijo que el periodismo se había acabado. ¿Ahora sí se acabó?

El oficio que yo he ejercido se está acabando, falta ver qué inventan los jóvenes. Pero yo creo que el periodismo siempre hace falta en todas las sociedades, porque necesitan información de alguna manera subversiva, información no condicionada, que vea lo que nadie más está viendo. Y eso me hace pensar que la reportería y el periodismo sobreviven en una sociedad moderna de una manera o de otra.

¿Cómo reinventarse cuando los formatos tradicionales han cambiado tanto?

No sé, eso les toca a los jóvenes. En Latinoamérica y Estados Unidos uno no se cansa de ver cosas nuevas, interesantes. Hay gente joven que sabe aprovechar la posibilidad de internet. En Colombia hay muchos proyectos y el más conocido es La Silla Vacía; en Centroamérica, Confidencial; y, por supuesto, El Faro, en El Salvador, que está muy amenazado. En México hay periódicos que ya tienen un público y no están en esa etapa transicional de ver cómo lo van a hacer. Siempre hay algo que se puede hacer.

Se habla de crisis del periodismo, ¿pero no será más bien una crisis del negocio?

El periodismo es un negocio. Yo creo que empezar con una visión romántica nos lleva por mal camino. Si el periodismo no es rentable, no sobrevive. Punto.

Usted participó en el proyecto 72 Migrantes, que rinde homenaje a las víctimas de la masacre de San Fernando, perpetrada hace un lustro en Tamaulipas (México). Después de ahondar en esas historias tan dolorosas, ¿qué siente cuando Donald Trump se expresa como lo hace sobre los migrantes de su país?

Donald Trump es un idiota al que no hay que inflarle la reputación. Me niego a hablar de él y a darle más espacio y más líneas. Es preocupante el problema de la migración en el mundo y necesita soluciones prácticas. Es un fenómeno que va a continuar, desde África hacia Europa, desde China, que ha mantenido un flujo migratorio importante. México también expulsa a su gente con cada una de sus crisis económicas.

Hay que crear economías más estables y equitativas, democráticas, para que esa expulsión no sea constante. Son una vergüenza las condiciones en las que llegan a la frontera los guatemaltecos, los salvadoreños; es una vergüenza la manera en que las autoridades tratan a los migrantes que llegan a su país, como es una vergüenza como tratan en la frontera de Estados Unidos a los mexicanos, pero es cierto que la migración es un problema y que llegan esos flujos de migrantes y no alcanzan las escuelas, los hospitales ni los servicios públicos. Entonces, en vez de negar que ese problema existe toca resolverlo con políticas a largo plazo.

¿Lo que se vive en la frontera entre Colombia y Venezuela también es una vergüenza?

Lo de Venezuela es otra cosa. Creo que lo que está pasando ahí es manipulación política.

Usted ha conocido líderes políticos de todos los pelambres, mejores o peores que los de hoy. ¿En manos de quiénes estamos?

Vivimos procesos cíclicos de populismo, dictadura e intento democrático que recurren; primero, porque no hay una cultura democrática y esta no se logra crear; no hay estabilidad en las economías de nuestros países; los ciclos económicos críticos llevan a zozobra, a miedo, a inseguridad, y en ese estado de zozobra quien habla más fuerte es el que promete los cambios imposibles y resulta más atractivo como líder. Son ciclos. Estamos pasando ahorita por un ciclo particularmente duro después de épocas de tantísima esperanza.

¿Cómo ve ese momento de esperanza en Colombia, frente a la época pasada en la que vivió aquí?

Me asombra. Voy a decir una cosa un poquito escandalosa, pero creo que esos años tan duros de aislamiento que pasó Colombia obligaron –por ejemplo– a los artistas colombianos a una creatividad propia y de ahí que la música, la arquitectura y el diseño colombianos que han surgido de estos últimos 30 años sean tan originales y tan fuertes, porque salieron de una máquina de presión. Salieron también de un aislamiento que obligó a buscar raíces e identidad muy profunda.

También me parece que, de todo este desastre que ha sido la historia colombiana, una cosa muy sana es que en gran medida se han acabado todos los esquemas izquierda-derecha. Antanas Mockus es la encarnación de eso.

¿Cómo ve el proceso de paz con las Farc?

Ojalá se dé. Por más complicado o más fallas que tenga ese proceso, es mejor un país sin guerra que uno con guerra. Suena como un poco a ‘Kid Pambelé’, pero así es. Creo que en el fondo de todo el eterno conflicto colombiano está la tierra, y mientras no se resuelva equitativamente ese problema no va a acabar la violencia, sino que se va a volver cíclica.

Finalmente, ¿cuál es el proyecto que la tiene aquí?

Estoy haciendo un curso, para la Javeriana, de cubrimiento periodístico de ciencia, concretamente de biología. Es un intento por crear un modelo de enseñanza de periodismo científico, porque me parece que los grandes cambios del siglo XXI son los científicos y tecnológicos, y los periodistas somos los encargados de traducir a la sociedad todos los conocimientos especializados.

En América Latina somos analfabetos en temas de ciencia, no somos capaces de tomar decisiones informadas sobre los cambios más grandes que se han visto en la historia de la civilización, como la reproducción no sexual de los seres humanos y de los animales; la inmortalidad mediante la robótica, que muchos científicos están planteando seriamente; y la conquista de otros planetas, para tener mundos habitables alternativos.

CATALINA OQUENDO B.
Redactora de EL TIEMPO

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