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Premian a indígenas por combatir machismo en comunidades

Publicado por shinji_nerv el Jueves, 19 noviembre 2015
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Anayeli García Martínez/CIMAC

México.- – Con seis años apoyando a las mujeres víctimas de violencia familiar, la mazahua Guadalupe García Álvarez dice que en las comunidades indígenas se debe seguir hablando de derechos sexuales y reproductivos porque todavía “no es un tema resuelto”.

© César Martínez López

Originaria de San Felipe del Progreso, municipio mexiquense ubicado a tres horas de la capital del país, Guadalupe aprendió a ver la realidad social de su pueblo y proponer alternativas; así se convirtió en portavoz y fundó la organización Mujeres, Lucha y Derechos para Todas (Mulyd).

La activista afirma que en las comunidades del norte del Estado de México las mujeres abandonan la escuela porque se casan, tienen hijos y se adentran en una vida doméstica que en la mayoría de las veces está marcada por la violencia propia de los pueblos, donde las costumbres y tradiciones todavía están muy arraigadas.

“A través de mi propia historia de vida –una historia de violencia–, a partir de mi formación profesional y de la reflexión y preguntas que me hacía sobre la situación de las mujeres, decido fundar una organización”, cuenta a Cimacnoticias la mujer de 35 años de edad.

Como activista, todos los días ve la falta de servicios básicos como agua o drenaje, conoce mujeres analfabetas y apoya a víctimas de violencia familiar. Su inspiración para hacer este trabajo es singular, tanto así que su lucha fue tomada para la serie de documentales “Historias de Mujeres”, transmitida por Canal 22.

A sabiendas de que en su familia no era relevante que siguiera estudiando –según narra–, a los 16 años, la entonces adolescente decidió abandonar a su madre, su padre alcohólico y sus hermanos para viajar a la Ciudad de México y conseguir trabajo en lo único que podía hacer: la limpieza del hogar.

Guadalupe trabajó durante varios meses. En una casa encontró una biblioteca que le llamó la atención; cada noche tomaba un libro para leerlo y al otro día regresarlo. Se convirtió en asidua lectora y admiradora de la obra del colombiano Gabriel García Márquez; así fue hasta que sus empleadores se dieron cuenta y la despidieron.

Quedarse desempleada no fue una desgracia; al contrario, sirvió para sacudirse la obligación de quedarse en la ciudad, por lo que decidió regresar a su pueblo para estudiar y concluir la educación superior.

Ingresó a la Universidad Intercultural del Estado de México, que apenas en 2004 abrió sus puertas para estudiantes de raíces mazahua, náhuatl, otomí, matlatzinca, y ocuilteco-tlahuica.

Para obtener el título de Licenciada en Comunicación Intercultural, Guadalupe realizó su tesis sobre violencia contra las mujeres, recopilando historias de vida de su comunidad, entre ellas la de su madre.

“Esa tesis me permitió conocer a mi madre; fue una de las entrevistadas, yo no la conocía, para mí fue muy impactante”, asegura, y es que ese testimonio le permitió acercarse a la violencia que se vivía en casa.

Se graduó y aunque se fue a vivir con su pareja, ella lo hizo a los 23 años y siempre congruente con sus ideas. “Predicamos con el ejemplo”, dice Guadalupe, quien hoy es madre de un hijo de nueve años y una hija de cuatro.

A partir de este trabajo académico y de la reflexión sobre la vida de sus vecinas entrevistadas construyó la única organización civil en la región norte del Edomex, que promueve los derechos de las mujeres en los municipios de San Felipe del Progreso, Atlacomulco, Jocotitlán y Temascalcingo.

Mulyd se constituyó legalmente en septiembre de 2009. Guadalupe es la directora y trabaja con una abogada, una psicóloga, dos comunicadores y un puñado de personas voluntarias, así como 36 enlaces comunitarios, mujeres que tienen la encomienda de promover los derechos sexuales y reproductivos en sus pueblos.

Sin embargo la tarea no es fácil porque, afirma, “concientizar va más allá de una charla”. Hace unos meses ella impartió un taller en una escuela preparatoria donde había más varones que mujeres. Tiempo después encontró a una de las alumnas. “Me sorprendió mucho ver a una de las cuatro compañeras que egresaron de la preparatoria, embarazada”, lamenta.

Se volvió común que las responsables de la casa sean mujeres jóvenes desde los 13 años, que a veces sólo tienen la primaria o secundaria, algunas tres o hasta seis hijos, y viven en condiciones de pobreza, han sufrido algún episodio de violencia, y no tienen poder de decisión sobre sus vidas.

“Eso da cuenta de que las mujeres siguen sin tener las condiciones para acceder a otro tipo de espacios como la educación formal. La mayoría son amas de casa, y la tradición es que cuando una mujer se va con su marido tiene que irse a vivir a la casa del esposo y dedicarse a él y a toda la familia; esto la lleva a tener los hijos que el marido decide que debe tener”, cuenta Guadalupe.

A la organización, que se define como un equipo multidisciplinario que trabaja por el fortalecimiento de mujeres indígenas a través de talleres, charlas y campañas con voluntarios jóvenes, le interesa que las indígenas se den cuenta que tienen capacidades y derechos.

“El trabajo comienza ubicando liderazgos comunitarios con mujeres que ya tengan antecedentes de trabajo en la comunidad, como mujeres que tengan un cargo público, presidentas de la asociación de padres de familia, que tengan esta espinita de aprender y de organizarse, las invitamos y las formamos; les hablamos sobre diferentes temas, les hablamos sobre derechos sexuales y reproductivos, violencia, Derechos Humanos”.

Las indígenas mexiquenses no están ajenas al feminicidio, a la muerte materna, a la violencia familiar, pero tampoco a la falta de servicios básicos, de comunicación y de transporte.

Datos del Instituto Nacional de Geografía y Estadística (Inegi) dan cuenta de la realidad: en San Felipe del Progreso las mujeres entre 45 y 49 años tienen en promedio 5.8 hijos; de cada 100 personas de 12 años y más, 39 son casadas y 15 viven en unión libre, además de que de cada 100 viviendas, sólo 43 tienen drenaje.

“Al final lo que buscamos es que ellas regresen a su comunidad ya formadas, ya un poco empoderadas en cuanto a los temas que manejamos, y que sean ellas mismas las que compartan información con otras mujeres, que se conviertan en promotoras comunitarias”, destaca Guadalupe.

Este trabajo comunitario ha sido reconocido y este año la agrupación fue nominada al Global Prize 2015 “Transformative Justice”, que otorga el área de Liderazgo y Justicia Social del Kalamazoo College, un centro universitario ubicado en el estado de Michigan, Estados Unidos.

Mulyd fue uno de los 10 proyectos finalistas de la convocatoria que acogió propuestas de 82 países. En octubre pasado, Guadalupe y otra promotora viajaron al país vecino para participar en la ceremonia de reconocimiento; no obtuvieron el premio del jurado, pero ganaron el que otorga la audiencia.

Los sueños son muchos –adelanta Guadalupe–: la primera meta es organizar una feria sobre derechos sexuales y reproductivos; la segunda es consolidarse como organización, pero la más ambiciosa es que dentro de cuatro años abran el primer refugio para mujeres víctimas de violencia para apoyar a las indígenas de la región.

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