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Chinantecos desplazados por presa Cerro de Oro, estafados por Duarte

Publicado por Naked snake el Miércoles, 11 mayo 2016
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por Roberto Díaz-Palacios

Veinticinco años, muy largos años de la expulsión de sus pueblos… Quedaron atrás amigos, recuerdos, herederos, muertos, fiestas patronales. Se acabaron las reuniones bajo las pochotas y en las tardes, con el templar de arpas y jaranas, revivir los sones regionales. Y claro, todas las décimas conocidas y otras creadas por los repentistas que ponen en cada verso su alma y su pasado. Todo se acabó. Quesque porque el “desarrollo” de la región necesitaba del sacrificio de los chinantecos. Entonces fue la segunda ocasión que los jodieron. Como a sus padres, cuando se construyó la primera presa, ésa que ellos llamaron Temascal y que otros le decían Miguel Alemán. Entonces sus abuelos y sus padres fueron dispersados por rumbos distantes, con tierras nada comparables a las que tenían en la cuenca, en que al año levantaban dos cosechas con mazorcas preciosas.

presa-miguel-alemacc81nAhora los habían desalojado sin consideración alguna. Con promesas igualitas que las de hacía años: buenas tierras, tan buenas como las que dejaban, pero en suelo veracruzano. ¡Ah, y además varios millones de pesos a repartir entre los “reacomodados”! La realidad fue otra. Los millones “volaron”, jamás se repartieron. Esto originó desgracias. El compadre Rubén Zaldívar, que esperaba ansioso una suma, cualquiera que fuera, empezó a palidecer, se vio mustio como los matorrales cuando se ponen trespeleques. Los demás le hacían bromas por su ilusión, que se fue como las nubes empujadas por los vientos serranos. Y un mal día apareció colgado de uno de los guayabos de su terrenito traspatiero. No aguantó la frustración, el engaño de los burócratas que a lo mejor, como es su costumbre, se quedaron con el dinero que era para los campesinos, para los indígenas pobres. Nunca volvieron y la promesa se puso amarilla como los retratos viejos.

Los “reacomodados” estaban a la vera de la carretera federal. En casitas con techo de lámina que algunos habían ido cambiando por las palapas que acostumbran. Porque esas pichoneras, como llamaba a las casitas, eran calurosas al máximo. Con ese calor jarocho, seco, golpeador que hace llorar al mediodía. Y como remate, al poniente y lejos se veía la serranía oaxaqueña, verdinegra y con color sepia en los atardeceres. Esa visión les hacía repasar sus recuerdos, como las viejas las cuentas de sus rosarios.

El progeso...

—Felipe, ¿cómo estás?

—Pues como siempre, compadre, tristeando, y siempre a la espera de noticias de lo que sucede en nuestro pueblo.

—Supe que al reacomodarlos les dieron más tierra de que la que tenían, que en el nuevo centro de población cada reacomodado tiene más tierras.

—Puro jarabe de pico, como dicen los de por acá. Los burócratas y los dos gobernadores, el de Oaxaca y el de Veracruz, nos prometieron todo. Mejores tierras, apoyo para producir, escuelas, centros de salud, servicios. Puras mentiras. Las tierras son de mala calidad comparadas con las que teníamos. Varias con apenas un mantillo para sembrar. Abajo, tierra dura, apretada por tantos años de uso sin subsolear o siquiera con roturación profunda. Lluvias escasas y nada seguras, con mucha pendiente que facilita las cárcavas y la erosión que se lleva la tierra de a poquito o toda de repente. Puro fraude. Cuando en protesta cerramos la carretera federal, vino un perfumadito de Xalapa a prometernos el recurso, el dinero que ilusionó a mi compadre Rubén y que nunca llegó. Entonces se colgó. También prometieron que llegarían tractores, crédito y programas sociales. Peor fue que calcularon mal acerca de hasta donde subirían las aguas de la presa al llenarse. Sobraron muchos kilómetros en toda la orilla. Dijeron nos la decvolverían.

—¿Y cumplieron?

—Jamás. Se la entregaron a los que dicen ser ganaderos de la cuenca. A los de apellidos conocidos, ricachones de los que muchos ya no trabajan tierra o ganado. Las revendieron con la mano en la cintura. Y nosotros, pues nomás rechinando los dientes de puritito coraje. Del dinero prometido ya te dije. El día señalado nos dejaron esperando y haciendo muinas por comprobar el engaño. Ni siquiera avisaron que se cancelaba.

—Pero me enteré que el gobierno de Duarte ha repartido fertilizantes, sembradoras, cosechadoras, asistencia técnica y…

—Mira: todo se lo entregan al dueño de la empacadora de piña del pueblo. Hombre poderoso en la región y además con un hijo diputado federal y su nuera, que ahora va que vuela para otra diputación. En su planta, al pasar como burla se exhibe la maquinaria que dicen nos han dado. Mentira. Sus bodegas están repletas. Ese hombre lo da a sus amigos. Ocupa esa maquinaria en sus tierras, las arrienda y hace negocios. Y nosotros mirando. Claro, está “hasta las cachas” con el partido tricolor. Su hijo sale en la tele aunque por acá jamás llega. Sólo sabemos que visita a sus padres, porque hace comilonas en su rancho. Entonces vemos pasar un titipuchal de camionetas de lujo.

—Pues como diputado federal rindió un informe y dijo que ha entregado muchos recursos a los campesinos. Aunque en verdad no es la responsabilidad de un diputado. Su obligación es promover, hacer leyes a favor del pueblo.

—¡Reparió! ¿A poco crees lo que dice ese vago?

—¿Y cómo la llevan con los jarochos de por acá?

—Mira: cuando llegamos, desconfiaban de nosotros. Ya ves que nosotros acostumbramos traer el machete sin funda bajo el brazo. Acá no. Creyeron que éramos muy agresivos; jaquetones, nos llaman. Nosotros, como comuneros, para techar los jacales cortamos las pencas de las palmas que son de aprovechamiento colectivo. Acá tuvimos problemas porque todos son terrenos de propiedad privada. Es un mundo distinto.

—Y, ¿cómo ves el futuro?

—Creo que me regresaré a San Lucas Ojitlán…

—Pero allá no tienes tierras…

—Sí, pero puedo jornalear con los viejos amigos que sí tienen. Hacerme de un camioncito para acarrear las cosechas y los productos que compran los campesinos para sembrar… en fin, irla pasando. Porque aquí hay jarochos que nos humillan, no nos bajan de oaxacos, de arrimados sin comprender que nos quitaron nuestras tierras para que miles de veracruzanos no sufrieran con las inundaciones.

—¿Y tus hijos y nietos?

—Algunos se acostumbran al medio. Pero hay otros que no entienden por qué los discriminan, por qué los orillan. No entienden y algunos se apocan ante los jarochos.

—¿Y tú?

—Pues sigo soñando con mi parcela y con mi pueblo. En las buenas cosechas de maíz, en todo el ambiente nuestro y en las riquezas que nos daba la tierra. Todos los días recuerdo y sueño mis ríos, mis montañas, los muchos animales de monte que nos alimentaban, todas las frutas de la región. Sueño con los amigos, cuando en las tardes nos reuníamos treinta o cuarenta enfrente de la escuela, todos con nuestras arpas. ¡Y era un sonido precioso el que salía del corazón de aguacate! Sones sólo conocidos por nuestros abuelos y padres y que cantábamos ahí, para el viento rumoroso y con aroma de cedro, de enhebro, de naranja y limones, como bendición de los bosques. Los sones se iban con el aire preñado de aromas y subían a las montañas, tal vez hasta donde algunos dicen esta Dios.

Felipe calló. Sentí que sus palabras me transportaban hasta la Chinantla, hasta la tierra en que nacen las aguas de muchos arroyos y ríos. Todos se juntan para nutrir al todoparidor Papaloapan, que los antiguos llamaron río de las mariposas y que corre apagando la sed de los ribereños o sin freno llevando la muerte y la destrucción. Y entonces volvieron a mi pensamiento, las notas vibrantes de sones que corren por la cuenca del Papaloapan hasta convertirla en fuente de alegría y añoranza.

Via EDUCA

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