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Recibe Rafael Doniz la medalla al mérito fotográfico

Publicado por Naked snake el Sábado, 3 septiembre 2016
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Oaxaca.-Rafael Doniz (Ciudad de México, 1948) tiene una trayectoria innegable y un lenguaje propio cuyo eje es el ser humano, incluso sus series dedicadas al paisaje terminan siendo una reflexión sobre nuestra indefensión ante las fuerzas de la naturaleza. Este personaje, que se ha desarrollado en la fotografía como una especie de lobo estepario o —en sus palabras— un “llanero solitario”, recibió la Medalla al Mérito Fotográfico.

El galardón que otorga el Sistema Nacional de Fototecas (Sinafo), lo recibió junto con los maestros José Luis Neyra y Agustín Jiménez (in memoriam), durante el Decimoséptimo Encuentro Nacional de Fototecas que se desarrolla el 1 y 2 de septiembre en Pachuca, Hidalgo, bajo la organización del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH).

rafael doniz“Tardé tres años en entrenar el ojo avizor al lado de don Manuel Álvarez Bravo y llevo más de 40 en esto. Aún creo tener posibilidades de aprender a ver, de redondear varios temas para dejar una historia que contar, algo que trascienda. Finalmente es eso lo que uno intenta, transmitir algo al espectador, una idea que lo haga pensar, sentir, como lo hacen las artes, y la fotografía es un arte”, dijo al referirse a este reconocimiento.

Rafael Doniz es humilde, pero perfeccionista. Tuvo de quien aprender esa autoexigencia, por un lado su padre, un sastre cortador que le instaba: ¡Hágalo bien!, ¡vuélvalo a hacer!, y años más tarde, con don Manuel, cuya lección teórica se resumía en tres reglas: la primera, limpieza; la segunda, limpieza; y la tercera, saber fotografía.

Un par de semanas antes de que recibiera la Medalla al Mérito Fotográfico, en su estudio del sur de la Ciudad de México, Rafael Doniz evocaba esas palabras como un mantra y recordaba a su maestro como un hombre generoso, pero que solía aplicarle la ley del hielo cuando notaba que no asimilaba sus enseñanzas, entonces don Manuel prefería ensimismarse en la programación de alguna emisora de música clásica.

“Aprendí la fotografía como se aprende un oficio, haciendo de ‘chícharo’. Le seguía los pasos a mi maestro, cotidianamente en todo, así es como uno se compenetra con su mentor. Cuando salía con él, de repente me decía: ¿ya vio?, y bueno, me sentía muy mal porque no entendía a qué se refería. Pero empecé a cuestionarme hacia dónde dirigía la mirada, porque aprender a ver es fundamental para la gente que dedica su vida a la imagen”.

Como si fuera ayer recordó una anécdota: “Venga para acá, son Los novios de la falsa luna, me dijo. Vi la imagen, una composición perfecta, y sentí que mi respiración se entrecortaba. Ahí estaba el gran círculo hueco sobre una barda, aquel en que había reparado tantas veces yendo por el Periférico, la falsa luna que no capturé a tiempo. Pensé que mi maestro se me había adelantado, pero en ese momento supe que al fin había entrenado mi mirada”.

Doniz, un hombre que el pasado 29 de agosto celebró 68 años de vida, dice estar todavía en el camino, un andar que comenzó al atreverse a marcar un número que le había dejado anotado su hermano, el pintor Roberto Donís. Era el teléfono de Manuel Álvarez Bravo, él ya lo estaba esperando. Poco después dejó la carrera de sociología.

“Para mí las salidas con mi maestro resultaron muy formativas, me acerqué al mundo rural que me atrajo mucho. Yo sentía que no sólo era ir a ver algo bonito, sino aprender y conocer qué es México”, comenta.

Nunca le interesó un trabajo de planta para anquilosarse. Los descensos a las entrañas del país iniciaron sumándose a un proyecto de la Dirección de Educación Indígena de la Secretaría de Educación Pública, coordinado en la parte fotográfica por Mariana Yampolsky, para ilustrar las primeras cartillas de castellanización.

“Mariana Yampolsky confió en varios jóvenes, entre ellos, Graciela Iturbide, Flor Garduño, Jesús Sánchez Uribe, José Ángel Rodríguez, Antonio Turok, Carlos Blanco y un servidor. Fue un descubrimiento fundamental, recorrí a pie la Sierra de Juárez, en Oaxaca, jornadas de tres horas para llegar a una comunidad y encontré cosas monumentales. Siempre me sentí bien en esos ámbitos”.

Sobre los estantes de su estudio, están las fotografías que atestiguan su permanencia en este sendero, en ellas, las vidas laboriosas y dignas de Cafetaleros, Salineros, Héroes anónimos, Mujeres y de los Náyari-Cora, se intercalan con inhóspitos e inabarcables paisajes desérticos, agrestes e impenetrables orografías que evocan la obra de Hugo Brehme, y las formas macrocósmicas de conchas y caracoles.

Con pesadas cámaras de formato medio al hombro, tal vez su Hasselblad o una Zenza Bronica, el fotógrafo ha ido a todos estos lugares en calidad de peregrino. Con profundo respeto pide permiso al entrar en los territorios, lo mismo en volcanes, bosques, cañadas y ríos, que al caminar en antiguas ciudades prehispánicas: Calakmul, Toniná o Palenque, donde registró la morada eterna del rey Pakal.

“En efecto. Busco la belleza, la fuerza humana. Es una emoción que te invade, sientes algo visceral cuando te hayas con la esencia de una persona, un paisaje, los ecos de un pasado”.

La fotografía, expresa, “es un camino de corazón que te llena. Soy afortunado. No sé por qué me premian, si la fotografía me premió desde hace ‘un chorro’ con vivencias que me han hecho amar profundamente a este país”.

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