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Reconocerán a Marco Antonio Cruz, maestro del fotoperiodismo mexicano

Publicado por shinji_nerv el martes, 22 agosto 2017
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Oaxaca.- Vestido de oscuro frente a las blanquecinas paredes del departamento de fotografía del semanario Proceso, Marco Antonio Cruz luce tan contundente como una imagen en blanco y negro. Con 40 años en el oficio, su nombre es ya indisociable a la historia del fotoperiodismo mexicano y más bien sobran motivos para que este año sea uno de los galardonados con la Medalla al Mérito Fotográfico, por parte del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH).

 

Dos terceras parte de su vida han estado vinculadas a su pasión por la fotografía y al ejercicio de la crítica social a través de ella, como lo podrá constatar quien visite su exposición retrospectiva Relatos y posicionamientos, en el Centro de la Imagen hasta el 24 septiembre.

 

La cereza del pastel es el reconocimiento que le otorgará —junto con sus colegas Eniac Martínez y Lourdes Almeida— una “institución que quiero y respeto mucho que es la Fototeca Nacional. La meca de la fotografía en México”, como la califica, en el marco del 18° Encuentro Nacional de Fototecas, el próximo jueves 24 de agosto, en Pachuca, Hidalgo, la Ciudad de Luz y Plata.

 

Con 50 pesos en el bolsillo, Marco Antonio Cruz llegó hace 43 años de su natal Puebla a la capital del país. Desde los cuartos de azotea de la colonia Roma, donde llegó a vivir en sus inicios, la Ciudad de México se le abrió como un mundo de realidades infinitas.

 

Su formación en artes plásticas, particularmente en pintura, le sirvió para asistir a un célebre escultor que en sus noches de bohemia organizaba fiestas en su casa; ahí conoció a lo más granado del ámbito cultural del país, incluido un “fotógrafo de calle” demasiado respetado llamado Héctor García, que tras ver algo de su trabajo lo invitó a trabajar con él.

 

Resumiendo, dice Marco Antonio Cruz con voz cavernosa, “empecé a trabajar con Héctor García, pero también para la prensa del Partido Comunista que fue muy importante porque ahí adquirí una visión social de mi país. La formación visual en una escuela de artes plásticas, las lecciones con Héctor García y ver el trabajo de tantos otros, como Nacho López, Mariana Yampolsky, obviamente Eugene Smith; tener una perspectiva social, fueron factores para formarme como fotógrafo”.

 

Como él mismo expresa: “Logré conocer la Ciudad de México a otro nivel, uno más íntimo, más fuerte, más duro. Esos años de formación me enseñaron cómo retratar a una ciudad”. La hizo su hogar a fuerza de caminarla y capturar sus rescoldos habitados por personajes a la sombra: parejas de enamorados en fila  en el bajo puente del Estadio Azteca, un hombre de elegante silueta al interior del ‘Buencafé’, cruces y grúas que ascienden al cielo en la representación de La Pasión de Cristo en Iztapalapa, niños jugando fútbol en la verticalidad iluminada de la calle República de Nicaragua…

 

“Ahora después de 40 años de hacer fotografía, sobre todo en la Ciudad de México, me impresiona lo que he hecho, desde fotografía de calle que siempre será una historia de trabajo para mí, ese interés por la cultura popular; hasta documentar momentos históricos como el terremoto de 1985, la elección presidencial de 1988, el levantamiento del EZLN en Chiapas, y la Revolución Sandinista en Nicaragua, que me ilustró muchísimo. Son cuatro décadas que se suman con cientos, miles de experiencias”.

 

El experimentado fotógrafo recuerda uno de los proyectos fotográficos que ahora es referente del fotoperiodismo en México: Imagenlatina, la cual nació de la necesidad de un grupo de jóvenes fotógrafos: el brasileño Jesús Carlos, Pedro Valtierra, Luis Humberto González y él,  “de tener un espacio independiente en el que fuéramos dueños de nuestra producción y de seleccionar lo que íbamos a cubrir, porque cuando trabajas para un medio estás sujeto a su línea editorial y aun cuando hay cosas muy importantes, no le interesa”.

 

En un primer momento el proyecto de la agencia arrancó, pero no tardó en fracasar. Valtierra tuvo la opción de emigrar al naciente diario La Jornada y poco después Marco Antonio Cruz se sumó a este equipo, donde asegura haber dado lo mejor de su producción fotográfica tanto en la cobertura diaria como en la búsqueda de temas de la vida cotidiana, una etapa decisiva en la concepción de varios de sus ensayos y reportajes.

 

Una imagen icónica del fotógrafo es la toma del derrumbe del edificio ‘Nuevo León’ como un trasatlántico naufragado en medio del asfalto. Pero él prefiere acudir a una anécdota del 31 de diciembre de 1985. Para despedir ese año demoledor, Carlos Payán y Miguel Ángel Granados Chapa le comisionaron encontrar una imagen esperanzadora para los mexicanos.

 

“Es una enorme responsabilidad que te pidan una imagen de esa naturaleza. Di varias vueltas por el centro de la ciudad y tras pensarlo subí a la Torre Latinoamericana, que en ese entonces tenía libre acceso. Al llegar al mirador vi a un señor muy humilde abrazando a sus niños, mirando el horizonte de la Ciudad de México. Fue la foto de primera plana del 1 de enero de 1986”.

 

Tras su salida de La Jornada, decidió relanzar Imagenlatina, ese segundo momento fue significativo y dilató 17 años, tiempo suficiente para convertirse en escuela de generaciones de fotorreporteros. El relato de Marco Antonio Cruz está salpicado de aspectos constantes como la dificultad de sostener un medio de vida ante la avalancha de los cambios tecnológicos y el consecuente abaratamiento del oficio.

 

Imagenlatina siempre estuvo ligada a una “cultura del esfuerzo”, sentencia. “Antes teníamos que conseguir la información, cubrirla, estar atentos al momento, llegar a la agencia para hacer un corte, revelar película, hacer fotografías en copias y ponerles datos, para después salir corriendo al aeropuerto y hallar un buen samaritano que las llevara a su destino, a cualquier estado del país. Era algo insólito por el esfuerzo que implicaba. A las seis de la tarde habíamos cumplido.

 

“Ahora los jóvenes fotógrafos ya no tienen que hacer eso, pueden tomar fotos desde el lugar de los hechos y enviar la información en tiempo real. Sin embargo y pese a la fotografía digital, creo que ser fotoperiodista requiere un gran esfuerzo. Para ser un gran fotógrafo se necesita un alto nivel cultural, de manera que el límite lo tiene el propio fotógrafo, además de estar informado de la situación social y política, debe tener interés en la literatura, el cine, las manifestaciones artísticas en general. El fotoperiodista que está enterado es el que realmente hace las cosas bien”.

 

Para Marco Antonio Cruz, el poder detrás de una imagen o de cientos de ellas es la denuncia. En su historia como fotógrafo hay algo muy parecido al destino. El sentido de la fotografía se lo dio una curiosa escena que observó en la cortina de un local en la ciudad de Puebla: tres músicos ciegos de cuyos cuerpos parecían emerger las figuras estilizadas y coquetas de tres chicos vestidos a la “Tony Manero”. Esa imagen condensaba la oportunidad, la composición y la crítica.

 

Tiempo después, se embarcaría por 16 años a retratar a los ciegos del país, denunciando con ello la perversa relación entre ceguera y pobreza, literalmente vivir en la oscuridad era vivir en la marginalidad. Con ese trabajo documental, en el que llegó a registrar severos casos de tracoma —que recientemente ha sido eliminado como problema de salud pública en México—, Marco Antonio Cruz evidenció existencias marcadas por la indolencia.

 

“El principal pensamiento de un periodista debe ser el nunca quedarse callado, y en nuestro caso, siempre hacer fotos de lo que nos incomode”.

 

Ese podría ser el mantra, la filosofía que resume la actividad de Marco Antonio Cruz en cada uno de los medios que ha pisado —desde hace once años al frente del Departamento de Fotografía de Proceso—, un hombre que sigue prefiriendo resguardar la memoria con el disparo certero de una Hasselblad, la cámara que viajó a la luna, a las ráfagas de la cámara digital; como un buen cazador tras la mirilla de una escopeta.

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