Elena Poniatowska
Oaxaca, México.-Cuando María Sabina oficia el rito de los hongos alucinantes allá en la montaña de Huautla de Jiménez, Oaxaca, dice una letanía.
Es un canto antiguo que parece venir del centro de la tierra. Los hongos se toman por pares, sí, en pareja,casaditos, un hongo mujer y un hongo macho y se degluten con ese grueso chocolate pedregoso, el entablillado en forma de círculo, el que se muele en metate.
de una mujer que grita en un páramo inmenso, como dice Rosario Castellanos, la religión, la espera, el hermoso esfuerzo humano, el rumor que hacemos los hombres al amanecer, el alba que despunta en la neblina, la mujer intérprete, la que lleva las palabras del hombre al hombre, al niño, al enfermo, la consoladora, la traductora, la Malinche, la que sabe darles sentido a las palabras. Cuando uno lee los títulos que los pintores oaxaqueños ponen a sus originales:
Mujer de Oaxacao
Calabazao
Serpienteo
Ventana abiertao
Mujer en verdenos damos cuenta que se trata del mismo y eterno tema, la misma búsqueda de lo divino sobre la tierra; el campo y el agua florida precortesianos son los mismos que el paisaje después de la lluvia que más tarde pintarán el Dr. Atl o Luis Nishizawa o las tortugas y los conejos que Francisco Toledo convierte en guías para llevarnos paso a paso al musgo de la selva profunda y húmeda de la sierra mazateca, a los honguitos negros al pie de la corteza. ¿Qué es lo que los une? Esto tan misterioso que llamamos arte. Los pintores son de la misma sustancia que la de la sacerdotisa María Sabina que repite en un sonsonete:
Soy conocida en el Cielo. Dios me conoce. O
Soy una mujer de aire. Soy una mujer de luz. ¿Qué va a pasar con México?, se preguntaría ahora María Sabina ¿Por qué matan a los pobres? ¿Por qué la destrucción del país?
Proteja este jardín que es suyo, dice Malcolm Lowry en su Bajo el volcán. Sí, la tierra puede ser un inmenso jardín si la cuidamos. Y una forma de cuidar el jardín y de amarlo es enseñar a verlo. Los artistas enseñan a ver. Señalan, apuntan, dicen. Entonces crece el árbol frente a los ojos del que no veía, se ilumina el vitral, se redondean las manzanas, se abrillanta el rostro fresco de la niña recién salida del agua. Es entonces también cuando nos sabe el pan y la sal y cuando encontramos nuestro modo, nuestra forma, el molde exacto y sereno en que ha de transcurrir nuestra vida sobre la tierra.
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